La periodista de La Vanguardia que lleva 40 años descifrando la Casa Real y siempre vuelve a Almería
Mariángel Alcázar, reportera catalana habitual de El Toyo, abre a LA VOZ una libreta de viajes, fuentes y recuerdos que pasan también por Lady Di

Mariángel Alcázar en la terraza del Ático HO, con vistas a la Alcazaba
Medio siglo de periodismo deja muchas vidas dentro de una misma. Aeropuertos, hoteles, redacciones, llamadas a deshora, confidencias que nunca llegan al papel y noticias que obligan a guardar la libreta porque, antes de escribirlas, hay que entenderlas. Deja países recorridos detrás de una historia, personajes observados a pocos metros y fuentes que un día decidieron confiar y siguieron haciéndolo muchos años después.
Las máquinas de escribir desaparecieron, los archivos de papel cedieron a las pantallas y la información aprendió a viajar en segundos. Entre tanto cambio, algo permanece: estar, mirar, preguntar y cuidar una confianza que cuesta años ganar y apenas un instante perder.
De todo ello habla Mariángel Alcázar (Barcelona, 1956), corresponsal de La Vanguardia en Casa Real, en uno de los lugares donde ha aprendido también a detenerse. Después de tantos destinos, Almería se ha convertido con el tiempo en un punto de regreso. Pasa temporadas en su apartamento de El Toyo y, estos días, cambia por unas horas la orilla del Mediterráneo por una terraza de la capital, donde conversa con LA VOZ frente a un zumo de naranja natural.
Habla con la seguridad de quien lleva más de cincuenta años cerca de la noticia y con la naturalidad de quien no necesita convertirlos en una hazaña. Ha seguido a la Familia Real por España y por medio mundo, ha contado bodas, crisis y cambios de reinado y ha conocido de cerca a quienes casi siempre se observan desde lejos. Pero su historia no comenzó en Zarzuela, ni en Mallorca, ni a bordo de uno de esos viajes oficiales. Comenzó mucho más alejada de los palacios: en diciembre de 1973, detrás de una ventanilla de anuncios y esquelas en El Noticiero Universal, ya desaparecido.

Mariángel Alcázar en la terraza del Ático HO, con vistas a la Alcazaba
Empezar casi por casualidad
Su llegada a una redacción no estaba escrita de antemano. Alcázar se había matriculado en Económicas, pero una peculiar reforma educativa había trasladado el inicio de aquel curso universitario a enero de 1974 para intentar hacer coincidir el calendario académico con el año natural. Con varios meses por delante, encontró un anuncio de El Noticiero Universal: buscaban una auxiliar. "¿Puedes empezar mañana?", le preguntaron. Y al día siguiente estaba allí, ocupándose de anuncios y esquelas, mientras unos pisos más arriba, en la redacción, empezaba a descubrir un mundo que despertaba cada vez más su curiosidad.
No necesitó mucho tiempo para verlo en plena ebullición. El 20 de diciembre de 1973, alrededor de las nueve y media de la mañana, las carreras y el trasiego se apoderaron del periódico. Alguien bajó con la noticia: ETA había asesinado a Carrero Blanco. Alcázar empezó entonces a acercarse a los redactores más jóvenes, a observar lo que hacían, hasta poner palabras a lo que ya había decidido: "Oye, yo quiero hacer esto". Al curso siguiente comenzó Ciencias de la Información en la Universidad Autónoma de Barcelona, que durante un tiempo compaginó con Económicas y con su trabajo.
También el país comenzaba a cambiar. Tras la muerte de Franco, sindicatos, asociaciones vecinales y reivindicaciones de los barrios ganaban un espacio hasta entonces limitado en los periódicos. "Yo puedo hacer barrios", propuso. La periodista divisó ahí sus primeras historias. Y salió a buscarlas por Torre Baró y otros rincones de una Barcelona en transformación. De los anuncios pasó a la calle y, de allí, definitivamente a la redacción. La casualidad había abierto la puerta. El resto ya fue elección.

El Noticiero Universal
Interpretar el "cine mudo"
La especialización que acabaría ocupando buena parte de su carrera volvió a llegar sin haberla buscado. En 1982, se incorporó a El Periódico de Catalunya, primero en información local y laboral y, después, en una nueva sección de Gente. Allí encontraron sitio historias que no encajaban del todo en las páginas de Internacional o en otros apartados: las monarquías europeas, el fenómeno de Lady Di o las crónicas sociales de Barcelona. La puerta hacia la Casa Real se fue abriendo poco a poco.
Mallorca terminó de empujarla. En 1986, Diana de Gales llegó al Palacio de Marivent invitada por los Reyes y Alcázar viajó a la isla para cubrir su estancia. Lo que halló allí iba mucho más allá de aquella visita. "Esto de Mallorca es un filón", recuerda haber pensado. Durante aquellos veranos empezó a reconocer caras, estrechar contactos y conocer a quienes se movían alrededor de la Familia Real. Después llegaron los viajes oficiales: primero por España y más tarde fuera del país, con destinos como Finlandia o Islandia. Sin una frontera demasiado clara, acabó relatando las dos caras de la Corona: la institucional y la más humana.
Pero acercarse no significaba necesariamente obtener respuestas. Durante años, cubrir Zarzuela se parecía, en sus palabras, a ver "cine mudo". Había que observar gestos, escuchar alrededor, conocer a los protagonistas y acumular horas cerca de ellos para aprender a interpretar lo que no se decía. "A fuerza de ver muchas veces la película, acababas descubriendo el argumento". Era otra forma de ejercer el oficio, cuenta, en una época en la que el contacto con las fuentes era más directo y los gabinetes de comunicación todavía no habían levantado tantos muros entre el periodista y quien protagonizaba la noticia.
A veces, todas aquellas piezas terminaban encajando de golpe. Ocurrió en 2003. Alcázar publicó en El Periódico que la amistad del entonces príncipe Felipe con Letizia Ortiz había desatado los rumores de boda. Ni siquiera ella terminaba de creer que aquella relación fuese a acabar en matrimonio. Un día después se anunciaba el compromiso. Y, mientras todavía cubría una de las noticias que marcarían la historia reciente de la Corona, sonó otro teléfono: era La Vanguardia. Cambió de periódico, no de lugar desde el que mirar. Ahora, después de más de dos décadas como corresponsal de La Vanguardia en Casa Real, Alcázar ya prepara su relevo. "El periodismo te atrapa, pero también hay que saber dejarlo", comenta.
El valor de estar
Aquella forma de descifrar el "cine mudo" sigue presente en su manera de entender el oficio. Alcázar habla con frases rápidas y seguras, sin recrearse demasiado en lo vivido. Salta de un nombre a una fecha y de una fecha a una escena con la facilidad de quien lleva más de medio siglo almacenándolas. Pero hay una idea a la que regresa una y otra vez: para contar hay que estar. Haber visto. Haber preguntado. Conocer a quien se tiene delante.
Quizá por eso sonríe cuando habla de la cantidad de voces que hoy analizan cada movimiento de la Corona. "Das una patada y hay 200 expertos en Casa Real", ironiza. Hace una pausa antes de completar la idea: "Gente a la que yo jamás he visto hacer esa información". No cuestiona que el escenario haya cambiado. También ella reconoce todo lo que el oficio ha ganado. Un dato que antes obligaba a bajar al archivo y revolver entre papeles aparece hoy en cuestión de segundos. El problema comienza cuando esa velocidad sustituye al contacto directo.
"Se ha perdido el contacto con la fuente". Ahí cambia el tono. Una información aparece en un medio, otro la recoge y un tercero vuelve a repetirla. A fuerza de circular, una especulación puede terminar adquiriendo apariencia de verdad sin que nadie haya regresado al principio para comprobarla. Ella lo resume en una frase: "Tu fuente de información no puede ser otro periódico o medio de comunicación. Y muchísimo menos las redes".

'Erase una vez Marbella' aborda la visita de Lady Di.
Cambios en la Corona
Su trayectoria también le permite mirar hacia atrás y distinguir los cambios de la institución que lleva casi cuatro décadas siguiendo. Recuerda el protagonismo que Juan Carlos I tuvo durante la Transición y observa en Felipe VI otra manera de ejercer la Corona: más próxima, a su juicio, al modelo de las monarquías del norte de Europa y más ceñida a su papel constitucional. También percibe en los actuales Reyes una mayor cercanía con las preocupaciones sociales. Y, de nuevo, responde con una escena antes que con una teoría: Felipe VI y Letizia permaneciendo entre los vecinos de Paiporta después de la DANA.
Después de tantos años observando escenas como aquella, Alcázar podría medir su trayectoria en países, viajes oficiales, bodas, crisis o cambios de reinado. Pero quizá la mejor medida esté en todo lo que ha aprendido a mirar para poder contarlo. Buscar una fuente, ganarse su confianza, escuchar, contrastar y no traicionarla. En la terraza almeriense, apenas queda ya zumo de naranja en el vaso y ella se prepara para regresar a su apartamento de El Toyo, ese rincón desde el que, con los años, ha aprendido a querer Almería.
Desde aquella entrada casi por casualidad en una redacción, el oficio ha cambiado tantas veces como las noticias que ha contado. Alcázar ha aprendido a moverse con él sin renunciar a lo esencial. Porque después de tantas ideas, reinados y páginas escritas, el periodismo sigue empezando para ella en el mismo lugar: allí donde hay una historia y alguien dispuesto a salir a buscarla.