La Voz de Almeria

Historias de Almería

La historia de tres mujeres en Vélez Rubio

Allí estaba, en la remota umbría almeriense, Kati Horna, una húngara disparando con una rolleiflex; allí, la nodriza Frasquita, amamantando a un niño en época de Guerra; y ahora, la investigadora Almudena identificando la imagen

Imagen de la Casa de Maternidad de Vélez Rubio durante la Guerra Civil, donde se ve en primer plano a una mujer amamantando un niño. Foto de Kati Horna.

Imagen de la Casa de Maternidad de Vélez Rubio durante la Guerra Civil, donde se ve en primer plano a una mujer amamantando un niño. Foto de Kati Horna.

Manuel León
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De esta imagen emerge la historia cruzada de tres mujeres: la fotógrafa que la creó; la nodriza que la animó; la historiadora que la documentó. Y en esa foto, revelada al mundo en 1983 y ungida un día de agosto de 1937, está recogido el relato de la maternidad, de la lactancia, el instinto infinito de aferrarse a la vida en un tiempo de muerte. El niño se agarra, ajeno a todo, a la ubre de su madre o de su nodriza; se sujeta con la naturalidad de un mamífero a quien le ofrece el pecho descubierto sobre el mandil, la misma que mira a la cámara de la fotógrafa con algo de perplejidad, con el ceño ligeramente fruncido, mientras otro niño a su derecha mira a su camarada infantil con el dedo en la boca. Y detrás, una mujer enlutada enmarca el retrato de un tiempo que se fue, que ya ocurrió y que sabemos que ocurrió precisamente por la fuerza de una imagen como esta. Una imagen que nos transporta, como digo, a un tiempo difícil, pero que se capta, en medio de esos días de sangre, trinchera y plomo, en una especie de oasis de paz; una estampa que nos embarca en una Arcadia, en un paraíso cautivador engendrado en la umbría de la provincia de Almería.

Los protagonistas de la foto forman parte de la Casa de Maternidad de Vélez Rubio, que tenía como objetivo acoger a las mujeres embarazadas durante la Guerra Civil y a los niños. Los desórdenes de la contienda ocasionaron éxodos continuos de las familias, especialmente tras el acoso a Madrid a partir de finales de 1936 por parte de las tropa de Franco. El Gobierno republicano se trasladó a Valencia y se crearon apresuradamente centros de refugio en las retaguardias, como, por ejemplo la Casa de Maternidad o Centros de Acogida, como el que se ve en la imagen, acoplado en el viejo convento de las monjas velezano. La artífice de la conmovedora estampa fue Kati Horna, una fotógrafa profesional húngara que llegó a esa zona remota procedente de Valencia y recorriendo poblaciones de Alicante y Murcia, disparando su rolleiflex para los anarquistas de la CNT que la habían contratado para documentar la vida cotidiana en los pueblos aún en manos de la República y plasmarla en la revista Umbral.

Kati no era una artista de la fotografía, era una fotógrafa militante que había llegado a Madrid procedente de París con apenas 25 años para luchar por la causa libertaria nada más estallar la guerra española.

Había mantenido amoríos en la capital del Sena con Robert Capa, otro fotógrafo que dejó plasmadas miles de imágenes de nuestro cruento conflicto civil. En compañía de su pareja Gerda Taro, Robert fotografió la llegada a Almería de la desbandá de malagueños que huían de los bombardeos de los militares sublevados. Allí estaba otra fotógrafa italiana, Tina Modotti, que también plasmó, además del médico canadiense Norman Bethune, la llegada de esa legión de civiles acorralados, familias enteras que recorrían la carretera de la costa huyendo de una muerte segura. Fueron, todos ellos, arquitectos indispensables de la imagen para reconstruir décadas después aquel tiempo sórdido que se convirtió en espeluznante por la fuerza de sus fotos. Pero de todos esos retratistas extranjeros, fue Kati Horna la más fecunda, la que más disparó su cámara para reflejar aquella Guerra: más de 6.000 negativos se han llegado a conservar en el Instituto Internacional de Historia Social de Ámsterdam y en el Centro Documental de Memoria Histórica de Salamanca.

La mujer que aparece en la imagen amamantando, que observa a la fotógrafa húngara con algo de extrañeza hace ahora 88 años, es Francisca Fernández Quesada, Frasquita para los suyos. Era de Alhama de Granada y se casó con un campesino anarquista, Miguel Jiménez Guerra. Durante la Guerra huyó de Granada coincidiendo con la Desbandá y logró llegar a Almería y encontrar acogida en la Casa de Maternidad. Su padre, Cristóbal Fernández, iba con ella y se empleó como pinche de cocina en la misma Casa de Maternidad. La foto de Kati en Vélez Rubio ilustró la portada de uno de los números de la revista Umbral de aquella época.

La húngara realizó esos reportajes, que relataban la vida fuera de los frentes, acompañada de Lucía Sánchez Saornil, una escritora anarquista madrileña. Debían documentar, la fotógrafa y la relatora, la campaña impulsada por Federica Montseny, ministra de Sanidad y Asistencia Social durante la República, quien curiosamente tenía un secretario que era de Almería: el médico Juan Morata Cantón. A la Casa de Maternidad llegaron entonces para cumplir ese objetivo y allí se toparon con Frasquista que hacía labores de ama de cría en ese antiguo convento dirigido por el doctor Carreras e impulsado por el alcalde y también médico velezano Salvador Martínez Laroca.

La identificación de la protagonista de esta fotografía -la postrera tercera mujer de esta tierna historia- es Almudena Rubio, una investigadora especialista en historia anarquista, quien consiguió averiguar la filiación de la mujer retratada a partir del mensaje inesperado de Cristóbal Fernández Monteagudo, un sobrino de la nodriza, quien le escribió: “Esa mujer es mi tía Frasquita”.

Francisca Fernández, la retratada, y Kati Horna, la retratista, sobrevivieron a la Guerra, así como la fotografía revelada del negativo ungido esa tarde de agosto del 37 bajo la sombra del Maimón. Francisca emigró con su marido a la Barcelona de Postguerra a trabajar en un almacén de patatas y allí acabó sus días; Kati se autoexilió a México, donde falleció en 2000, tras vender en 1983 una parte de sus valiosos negativos al Estado español por dos millones de pesetas.

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