La Voz de Almeria

Almería

Antonio (93 años): del niño que desafió la polio al maestro de la soldadura almeriense

Antonio ha atravesado la guerra, la posguerra y las secuelas de la polio sin renunciar nunca a su trabajo ni al humor

Antonio Fernández, en su taller de soldadura, con las gafas y las herramientas del oficio.

Antonio Fernández, en su taller de soldadura, con las gafas y las herramientas del oficio.Elena Ortuño

Elena Ortuño
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"Este taller era Dios en la tierra". Mientras lo dice, Antonio Fernández adopta el gesto de seriedad de quien habla con pasión, sobre uno de esos temas con los que no se puede bromear. Y es curioso porque, con el resto de asuntos, el molinero (que lo es por una suerte de gentilicio y no por oficio), lleva siempre el humor por estandarte. Tanto es así que bromea hasta con la muerte: "Cuando llegue, que me encuentre con los bolsillos vacíos, para que no me puedan robar ni después de muerto".

A su alrededor se levanta una pequeña meca de la soldadura: hierro fundido, sopletes, herramientas y carbón vegetal, todo detenido en un tiempo en el que las cosas no se sustituían; se arreglaban. 

Sobre ese hombre que se ríe de casi todo, incluso de lo más serio, hay un siglo de España posado en sus hombros: la guerra, la hambruna de la posguerra, las cartillas de racionamiento, los billetes partidos por la mitad que él volvía a poner en circulación, una pierna paralizada desde niño, una familia numerosa y el taller. Sobre todo, el taller. Durante décadas apenas salió de allí, no le hacía falta: allí no solo estaba su trabajo, estaba su pasión. Y en buena medida, su vida.

Una esquina del taller de soldadura. En el centro, la silla en la que se sentaba Antonio para realizar su trabajo.

Una esquina del taller de soldadura. En el centro, la silla en la que se sentaba Antonio para realizar su trabajo.Elena Ortuño

La enfermedad que nunca pudo con él

Este domingo, Antonio cumple 93 años, una longevidad que convierte su prodigiosa memoria en un libro de historia. Tiene los recuerdos de quien no se ha limitado a vivir las cosas, sino que ha estado pendiente de ellas. Se acuerda de nombres y apellidos, máquinas, técnicas, calles... y de cómo la poliomielitis lo dejó, con tan solo tres años y al inicio de una guerra, en 1936, paralizado por completo de una pierna y parte de la otra.

En una España en la que la enfermedad podía cambiar para siempre la vida de un niño y en la que las opciones médicas eran limitadas, el pequeño Antonio comenzó a desplazarse arrastrándose por el suelo de una casa cuya fachada, por aquel entonces, apenas ocupaba tres metros en la Carretera de Níjar.

Niños reciben la vacuna en una guardería en 1963.

Niños reciben la vacuna en una guardería en 1963.Fondo Medios de Comunicación Social del Estado

Su madre, Matilde Rodríguez Felices, que atendía una tiendecilla de ultramarinos en la esquina de la calle en la que se vendía desde carbón, atrapa moscas y arenques hasta cualquier otro artículo de necesidad, tuvo que buscar la manera de transportarlo: "Me metía en un cajón y me llevaba de un lado para otro", recuerda el almeriense.

Con la ironía y la redundancia que caracteriza a la vida, la parálisis nunca consiguió paralizarlo. En 1945, las piernas de Antonio cayeron en las manos del doctor Eusebio Álvaro Míguez, un reputado gallego que devolvió parte de su movilidad a muchos almerienses con parálisis infantil. "Con aquella operación mejoré muchísimo. Desde entonces he podido caminar, aunque siempre apoyándome en la rodilla para avanzar".

Alumno de un maestro de carretilla, un hombre que iba a enseñarle a domicilio, nunca fue al colegio con el resto de niños. Comenzó a muy temprana edad prestando una mano en el negocio materno, que, durante la posguerra, tuvo un papel fundamental. 

"Trabajábamos con las cartillas de racionamiento. Yo ayudaba a rellenarlas, porque sabía escribir, pegaba los cupones, y pesaba los productos que correspondían a cada persona", rememora. La harina y el aceite, cuenta, eran especialmente importantes en aquellos años, y cuando algo no se encontraba en los negocios, quedaba el recurso del estraperlo, en "la que hoy es la calle Juan Lirola".

Cartilla de racionamiento.

Cartilla de racionamiento.

En aquella España de escasez, hasta los billetes tenían una segunda oportunidad. Se rompían con facilidad, muchas veces de tanto portarlos doblados y guardados, pero no por eso dejaban de servir. Antonio recuerda que también se dedicaba a repararlos: juntaba las dos mitades, las pegaba con pequeñas tiras de papel y goma y, una vez recompuesto, aquel dinero volvía a ponerse en circulación. Nada se desperdiciaba. Precisamente en arreglar consistiría el oficio al que llegó con apenas doce años y que ya nunca abandonaría hasta su jubilación.

El taller de Antonio 'Campoy'

La entrada del taller daba a la Carretera de Níjar, en pleno barrio de Los Molinos. Era un adosado a la casa en la que nació, de la que hoy solo queda, precisamente, ese museo de la soldadura. Conocido como una eminencia en su oficio y una de las más antiguas del sector, Antonio utilizaba en sus primeros años la soldadura autógena, especialmente para trabajar piezas de motores. Recurría al carbón vegetal para generar calor hasta tal punto que, en ocasiones, las temperaturas eran tan altas que se quemaba las gafas de protección e, incluso, la nariz.

Rodeado de paredes y puertas cubiertas con anotaciones en tiza con una caligrafía sorprendentemente estilizada, Fernández sonríe al reencontrarse con el soplete, las herramientas y las botellas de gas. Aquel es el legado que le dejó su padre, Antonio Fernández Muñoz, quien, a su vez, se quedó huérfano siendo niño: su propio padre murió en la guerra de Cuba.

Otra esquina del taller de Antonio Fernández, alias 'Campoy'.

Otra esquina del taller de Antonio Fernández, alias 'Campoy'.Elena Ortuño

Fue entonces cuando apareció Pepe Campoy, un maquinista de ferrocarril granadino que se convirtió en el padrastro de Antonio Fernández sénior; en quien legaría el apellido Campoy como sobrenombre de la familia —"es que siempre que veían a mi padre la gente decía: por ahí va el chiquillo de Campoy"—. Fue precisamente el padrastro de Granada el que le abrió la puerta al oficio que acabaría marcando varias generaciones de la familia. Lo llevó de aprendiz al depósito de máquinas de vapor de Almería, donde aprendió la soldadura autógena.

En 1912, la huelga general de ferroviarios lo dejó en la calle y tuvo que ganarse la vida recorriendo talleres y ciudades (Madrid, Sevilla, Barcelona...) hasta que decidió regresar a Almería y montar el suyo. Aquel taller de Los Molinos acabaría convirtiéndose en la herencia de su hijo, Antonio Fernández júnior, quien a los doce años tomó el relevo del soplete hasta 2005, año de su jubilación. Hoy, como muestra, un letrero que reza "abierto", atornillado de forma que nadie lo pueda colocar de nuevo: "Lo bloqueé el día que me jubilé, porque sabía que el taller no se volvería a abrir".

Soldaduras que son historia de la provincia

El taller de Campoy no tiene nada que envidiar a los gabinetes de curiosidades de siglos pasados. Allí, cubiertos de polvo, descansan tesoros con la huella apenas visible en su superficie del finísimo trabajo del maestro fundidor: "Siempre había algún cliente que me encargaba algo y luego no venía a recogerlo... por eso tengo muchas cosas aquí, conmigo", confirma encogiéndose de hombros.

Pasea por el taller en su silla de ruedas, lento y seguro. A sus 93 años, es tan independiente como testarudo: no acepta ayuda alguna a no ser que sea indispensable. La misma firmeza la transmite con sus técnicas de trabajo. Desde un motor de un Chevrolet de seis cilindros de 1954 hasta sartenes, ollas, figuritas de calamina o piezas de hierro fundido de un Perkins de cuatro cilindros... nada se le resistía. 

Una de las puertas del taller, escrita entera a tiza.

Una de las puertas del taller, escrita entera a tiza.Elena Ortuño

Ni siquiera aquellos trabajos que exigían algo más que dominar el soplete. Recuerda un encargo en La Mojonera para el que tuvo que reparar una bobina de aluminio en una instalación eléctrica elevada, subiendo hasta una estructura de dos plantas para llegar a ella. "El problema no es que estuviese alto. Era que el poniente soplaba con fuerza y podía arruinar la soldadura. Tuve que poner una manta de la casa del encargado para proteger la pieza del viento mientras trabajaba". Lo cuenta con naturalidad, como si soldar en lo alto de una instalación eléctrica peleándose con el viento fuera una jornada cualquiera.

No fue su único trabajo de escala. Para arreglar las culatas de los motores de la Transmediterránea, algunas de alrededor de 500 kilos, necesitó una grúa eléctrica que permitiera moverlas. Llegó a trabajar con motores que llevaban hasta doce culatas, lo que da una idea de las dimensiones de las piezas que pasaron por sus manos. En 1997 hizo tres de aquellos trabajos y cobró 300.000 pesetas por cada una.

Milagros

En su taller podrían haber ocurrido algunos de los eventos más canónicos de su vida. Fue allí, de hecho, donde conoció a Milagros. "Entró al taller acompañada de una amiga para que le arreglara una cazuela de porcelana que tenía un agujero", relata el molinero con un brillo especial en los ojos, para después reconocer con picardía que tras aquel encuentro buscó la manera de volver a acercarse a la joven que tanto había llamado su atención: "Ella era de La Cañada y yo de Los Molinos, pero como conocía a su amiga, siempre procuraba coincidir con ella en reuniones y encuentros", ríe.

Antonio Fernández de joven.

Antonio Fernández de joven.Elena Ortuño

La historia de amor entre Milagros y Antonio no está exenta de sacrificios y jugadas para conquistarla. El almeriense las cuenta con una fotografía de su difunta esposa tras él, una imagen que guarda con mucho cariño. "Un día fui a merendar a casa de la familia de Milagros. Allí, su abuela sacó un melón y a mí nunca me ha gustado el melón, pero aquel día me lo comí sin rechistar. La verdad es que estaba bastante bueno", reconoce.

Otro día, ya de novios, acudió a El Alquián, donde la familia de la chica tenía una finca con un pozo que se había quedado seco. Antonio conocía a gente que podía conseguirles una nueva máquina de sondeo que había llegado a Almería. "Cuando se enteraron que era yo el que lo pedía, nos trajeron la máquina sin dudarlo. Empezó a perforar y enseguida encontró agua. Todos se quedaron sorprendidos. Di una buena imagen". 

Al final, aquel niño que sufrió la polio a los tres años y que trabajó en la tiendecilla de su madre antes de ponerse al frente del taller de su padre siendo menor de edad, logró conquistar a la joven que terminaría convirtiéndose en su esposa en 1962. Con Milagros formó una familia de cinco hijos (Milagros, Matilde, Antonio, Carmen y Juan), a los que quiso dar las oportunidades que quizá él no tuvo: los cinco estudiaron una carrera universitaria.

Antonio y Milagros, el día de su boda.

Antonio y Milagros, el día de su boda.Elena Ortuño

Una lección de vida

A sus 93 años, Antonio no parece interesado en hacer balance. Cuando se le pregunta qué se lleva de todo lo vivido, vuelve a salir el hombre de los bolsillos vacíos. Después se pone serio. "Lo mejor que he vivido es todo, todo lo que he vivido". La guerra, la miseria, la polio, el taller, su boda, los viajes (tan innumerables que no han cabido en este artículo), muchos de ellos con sus hijos. Todo. "Lo que he pasado, no me importaría pasarlo otra vez, pero con conciencia". 

Y cuando, para cerrar, se le pregunta si ha sido feliz, no necesita pensárselo: "Sí. Yo estoy feliz con estar vivo". Quizá por eso, después de 93 años, Antonio no tiene demasiadas lecciones que dar. Solo una forma de entender la vida: hacer cosas útiles, hacerlas con gusto y no tener demasiada prisa. "Tener pasión es lo más hermoso que hay en la vida". Luego se queda tranquilo, como si hubiese finalizado una soldadura y supiese que va a aguantar.

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