La Voz de Almeria

Tal como éramos

El chocolate y el hambre de los niños

El chocolate se convirtió en un alimento de lujo durante la posguerra, destinado solo a la población infantil

Alumnos del colegio La Salle de los años 50, disfrutando de un suculento desayuno, un tazón de chocolate con churros.

Alumnos del colegio La Salle de los años 50, disfrutando de un suculento desayuno, un tazón de chocolate con churros.

Eduardo de Vicente
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Si Carpanta en los tebeos soñaba delante de un escaparate con un suculento muslo de pollo, los niños de la posguerra y también los que vinimos después soñábamos con el chocolate, el alimento que todos venerábamos. No conocí jamás a nadie que no le gustara el chocolate, aunque a veces se convirtiera en un enemigo para el estómago o en el causante de aquellas malditas ronchas que delataban nuestros excesos.

El pan con chocolate era una de nuestras meriendas preferidas. En aquellas tabletas, duras como piedras, nos dejamos los dientes más de uno, como nos dejábamos la vista delante de los escaparates de las confiterías para disfrutar del placer de mirar aquellas bandejas de chinitos cubiertos con una capa de chocolate y las inalcanzables cajas de bombones a las que solo podíamos aspirar en momentos excepcionales.

Los niños de los años 60 heredamos el culto al chocolate de nuestros mayores, que tuvieron que sufrir el hambre de la posguerra y las restricciones alimenticias. En los primeros meses después de la guerra, el mayor signo de distinción era sentarse por las tardes alrededor de una mesa del Café Colón y pedir una taza de chocolate caliente con bizcochadas mientras tocaba la orquesta y cantaba una vocalista.

Cuando hubo que apretarse el cinturón, cuando las restricciones empezaron a asfixiar a la gente, el chocolate se convirtió en una quimera debido a las medidas de protección que impusieron las autoridades. En el año 1940, la Comisaría General de Abastecimientos decretó la intervención del chocolate y un año después autorizó de nuevo su circulación, pero con duras condiciones para asegurarse el control. Todos los fabricantes de chocolate estaban obligados a destinar el 65% del cupo de cacao que recibían y la parte correspondiente de la harina y azúcar a la elaboración del llamado ‘chocolate familiar’ que fue el término que se eligió para considerar al chocolate como un artículo fundamental en la alimentación diaria de las casas.

El fabricante estaba obligado a utilizar la fórmula marcada por las autoridades: un 28% de cacao tostado y limpio de cascarilla, un 14% de harina de trigo o arroz y un 58% de azúcar. El precio de venta del ‘chocolate familiar’ era de cinco pesetas del fabricante al detallista y de cinco con cincuenta para la venta al público.

A medida que las restricciones se fueron endureciendo se hizo más complicada la circulación y venta del chocolate, que pasó a formar parte de uno de los elementos más deseados en las cartillas de racionamiento. A mediados de los años cuarenta, cuando más apretaba el hambre, el chocolate se restringió en los cupos de racionamiento y se destinó exclusivamente como alimento infantil. En esas cartillas para niños se incluía el azúcar blanca, que entonces se consideraba de mayor calidad que el azúcar moreno, la leche en polvo, la harina azucarada y la leche condensada, con la que tantas madres sacaron adelante a sus recién nacidos. En el caso del chocolate, se tenía derecho a media tableta por ración, al precio de una peseta y diez céntimos, con la entrega de su cupón correspondiente.

El chocolate era uno de los grandes placeres y un buen recurso para saciar el hambre. Para los niños pobres de los colegios no había mejor regalo cuando hacían la Primera Comunión que el desayuno que venía después, que consistía en un tazón de chocolate caliente con churros o con bizcochos. Se dieron muchos casos de niños que saltándose las normas hicieron dos veces la comunión para poder saborear aquella delicia que los acercaba un poco más a Dios.

Cada sorbo era un ejercicio de espiritualidad, cada vez que un niño mojaba la porra del churro en el chocolate caliente se le aparecía delante la Santísima Trinidad. Detrás, en aquellos momentos de éxtasis, siempre aparecía la figura de un cura o de un fraile que les recordaba a los chiquillos que acababan de entrar en el reino de los cielos.

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