La Voz de Almeria

Tal como éramos

Los zapatos que llevamos en la memoria

Las botas Chiruca parecían de acero; los Gorila servían para ir a la escuela y también para salir los domingos

En los años 60 se pusieron de moda los zapatos Gorila, que lucían hasta en las primeras comuniones. En la foto, cuatro niños delante de la fachada de la iglesia de San Sebastián.

En los años 60 se pusieron de moda los zapatos Gorila, que lucían hasta en las primeras comuniones. En la foto, cuatro niños delante de la fachada de la iglesia de San Sebastián.Fausto Romero

Eduardo de Vicente
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En un lugar de nuestra memoria descansan todos aquellos zapatos con los que caminamos la infancia cuando éramos inmortales. Si hurgas en el lecho donde fueron a parar todos aquellos objetos que nos acompañaron a lo largo de la vida, es posible que te encuentres con aquellas botas Chiruca que una tarde de otoño te compró tu madre en la zapatería de confianza. Entonces había tiendas familiares y zapaterías donde lo sabían todo de ti; con solo mirarte el pie, de reojo, ya sabían el número que calzabas.

Las Chiruca eran unas botas de alta resistencia, creadas para los exigentes pies de los niños de los años sesenta y setenta, que se pasaban media vida corriendo por las calles. Con aquellas botas marrones que tenían un aire rural, parecíamos pastores de ciudad. Las Chiruca te valían para ir al colegio, siempre que le pasaras un trapo mojado por encima para quitarle el polvo acumulado del día anterior; te valían para jugar al fútbol porque tenían una buena puntera de caucho que te permitía darle más fuerte al balón y te valían para subir cerros cuando los domingos ibas con tus padres a comer al campo o a las ramblas de Tabernas. Las Chirucas eran tan completas que podías navegar por los charcos sin temor a mojarte en una época donde pisar charcos después de la lluvia era un motivo de felicidad para cualquier niño de barrio.

Si la lluvia iba en serio y se prolongaba durante varios días, llenando las calles de lodo, teníamos el recurso de las botas de agua de toda la vida que se guardaban en el desván, entre los trastos viejos. Te ponías las botas de agua y eras el capitán Nemo en medio de un charco. Es verdad que eran incómodas y que con ellas no podías jugar al fútbol, pero te daban la libertad de poder pisar y chapotear los charcos y el barro con total impunidad.

En ese recoveco de la memoria donde guardamos el calzado que nos vio crecer, están también aquellos zapatos de charol con los que fuimos por primera vez al cine en una tarde de domingo, y aquellos zapatos blancos, como caídos del cielo, con los que una mañana de mayo hicimos la Primera Comunión. Formaron parte de nuestro equipaje infantil, como las sandalias de goma baratas que llevaban los niños de los barrios pobres, o los inolvidables zapatos de la marca Gorila que para muchos de nosotros fueron nuestro calzado de cabecera durante muchos años.

El éxito de los zapatos Gorila se basaba en su versatilidad y en su resistencia. Los utilizabas para ir al colegio y también para jugar al fútbol en medio de la calle, desobedeciendo los consejos de las madres que tanto empeño ponían en que los zapatos nos duraran al menos un invierno y si es posible que sirvieran después para el hermano que venía detrás.

Cuando llegábamos a la casa traíamos todo el polvo de la calle metido en los zapatos y para evitar que nos regañaran o que nos impusieran un castigo, solíamos recurrir a un antiguo remedio que heredábamos de los otros niños mayores: el viejo truco de los escupitajos. A fuerza de saliva intentábamos enmendar el entuerto, casi siempre sin conseguirlo, ya que el remedio solía ser peor que la enfermedad y dejábamos los zapatos hechos un Cristo.

En los veranos dejábamos los ‘Gorila’ guardados en una caja en el armario y nos colocábamos las sandalias. Algunos teníamos el privilegio de contar con dos juegos de sandalias: unas de diario y otras de domingo. Las primeras eran de batalla y terminaban casi siempre en el quirófano del zapatero remendón; las segundas, las de color blanco, eran para los días señalados.

Los más humildes se tenían que conformar con montarse en aquellas sandalias de goma que se hicieron tan populares a lo largo de varias décadas. Eran de goma pura, lo más barato que había entonces en los mercados. Cuando por los efectos del calor y de la tierra de las calles empezabas a sudar, por el filo de la goma se iba quedando un rastro de roña que se grababa en el pie como un tatuaje.

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