Juan Carlos: de ser drogadicto en la Almería de los 90 a guiar a otros para que superen su adicción
Entró en Proyecto Hombre en el año 93, cuando la heroína arrasaba. Hoy tiende la mano a otros desde el mismo lugar que un día le salvó

Juan Carlos García, paciente y después 'monitor' de Proyecto Hombre, junto a Marina Cano, fundadora de Proyecto Hombre en Almería.
Hubo una época en la que su mayor ilusión era tener un hábito casi innato en una tierra como Almería: levantarse por las mañanas y tomarse un café humeante con una tostada. Juan Carlos García tenía entonces 21 años, y en lugar de ese pequeño ritual matutino, abría los ojos con otro pensamiento mucho más urgente; mucho más pesado: a quién tendría que robar aquella mañana para poder conseguir la droga que tanto creía necesitar.
"Al principio era fácil; siempre había un descuido, una puerta mal cerrada, alguien confiado... pero después todo el mundo te conoce. A mí no me importaba sentirme señalado. A mí lo único que me importaba era hacerme con la sustancia".
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Hoy habla desde otro lugar, uno que no regala nada; que se ha ganado él, a pulso. Juan Carlos lo confirma con la claridad y la contundencia de quien ha estado al otro lado: "Dejar la droga es fácil. Lo difícil es cambiar a la persona que la consume". Y ahí está la clave "para salir del hoyo". Por eso lo repite, casi como una promesa, a quienes cruzan el umbral de Proyecto Hombre buscando una salida: la sustancia se deja, lo que cuesta (y salva) es reconstruirse por dentro.
Otra época, otra adicción
El suyo no fue un caso aislado. En los 80 y los 90 los drogadictos abundaban. De la adicción al caballo, pasando por la jeringuilla compartida, hasta contraer alguna ITS solo había unos cuantos pasos. Con mayor acceso a sustancias, la epidemia de heroína y VIH mataba a montones de jóvenes: "Yo tenía muchísimos compañeros enfermos. También se me murieron muchos por sobredosis", lamenta el almeriense, al echar la mirada atrás.
Si bien era otra época, muy diferente a la actual, la principal causa que lleva a alguien a engancharse sigue siendo la misma: la adicción no empieza en la droga, sino en el malestar personal. El almeriense se crio en un entorno familiar complicado: "Me sentía muy solo; me sentía inferior. Yo era un chaval curioso y empecé a picotear, hasta que, sin darme cuenta, sobrepasé una línea invisible". Perdió el trabajo, los vínculos, y, de pronto, se encontró en mitad de un océano y sin un palo al que agarrarse.

Fotografía de archivo de una jeringuilla tirada en la calle.
En su historia no hubo relámpagos ni revelaciones de última hora. Ninguna voz solemne y sobrenatural le susurró que hasta ahí habían llegado. Lo suyo fue más terrenal y áspero: el golpe de timón lo dio su familia, que ya no podía mirar hacia otro lado y lo obligó a internar en el único centro que había en Andalucía de Proyecto Hombre, en Málaga.
Era septiembre de 1993, tenía 21 años, una pareja de 17 y un hijo recién nacido con un mes de vida. Demasiadas cuentas pendientes para alguien que sentía haberlo perdido todo. No fue una epifanía, fue un rescate. Y como él mismo reconoce con gratitud, "llegó justo a tiempo": "Si hubieran tardado un poco más, estaría muerto".
Proyecto Hombre, su salvación
Su llegada fue un shock. Él, que llegaba de la calle, de un ambiente rudo y manipulador, se encontró con hombres que se daban besos y abrazos. "Yo no sabía qué era todo aquello. En un primer momento sentí aversión, pero no tenía escapatoria: tenía que quedarme", recuerda. A aquello lo llamaban 'la Acogida', la primera de las tres fases con las que contaba Proyecto Hombre en aquellos años.
Comenzó a tener responsabilidades: limpiar la casa, fregar los platos, levantarse a una hora concreta... "Yo me preguntaba cómo iba a dejar la droga fregando. No sabía que, sin darme cuenta, yo estaba trabajando los valores de la constancia, el respeto, la disciplina, la responsabilidad, el esfuerzo y el orden; valores fundamentales para tener una vida ordenada".

Foto de archivo de un grupo de apoyo.
La segunda fase llegó con la llamada Comunidad Terapéutica. Ochenta y tres personas, todas consumidoras de cocaína, heroína y lo que se terciase, sometidas a una gran exigencia, confrontación, disciplina y orden.
"Allí es donde estaba la madre del borrego. Me pareció una casa de locos, pero, para mi sorpresa, aprendimos lo que eran los sentimientos y a ponerles nombre. A dejarlos estar dentro de sí, a sentirlos... Y, sobre todo, trabajamos el crecimiento y autoconocimiento personal". No era extraño, pues, encontrar a una persona llorando. Entre aquellas cuatro paredes, la gente rompía en llanto por aquello que, al asomarse, veía dentro de sí.
Allí aprendieron que el enemigo no está en la sustancia, sino en el espejo. Una vez se entiende esto, llega la Reinserción, la última estación del viaje y, paradójicamente, la más peligrosa. Es la verdadera prueba. Ya no hay muros que te contengan ni horarios que te sujeten: estás tú frente al mundo, con lo aprendido como única defensa. "Primero te sueltan para que des una vuelta a la manzana. Luego por la ciudad. Y cuando te quieres dar cuenta, estás de vuelta en Almería con objetivos claros: buscar trabajo y recuperar vínculos familiares".
Donde antes había impulsos, ahora tiene que haber criterio; donde antes mandaba la rabia, ahora toca templarla. "Se trata de cambiar la forma de reaccionar". Parece fácil dicho así, pero no lo es. Nunca lo fue. "Cuando dejas la droga, se te crea un vacío muy grande". Y ese vacío no se llena solo ni se tapa con parches. "Nosotros lo llenamos con valores. El más importante es el respeto a uno mismo". Sin eso, no hay nada.
No es cuestión de sustituir una sustancia por otra más limpia, ni de anestesiar el problema con soluciones cómodas. "No es tomar metadona, es trabajar a la persona, trabajarte a ti mismo". ¿La recompensa? "Vuelves a poder ser tú mismo".
Una llamada de auxilio
Hoy, desde el otro lado, el presente le devuelve algo que entonces ni se atrevía a imaginar: la posibilidad de ayudar a quienes están donde él estuvo. Y aunque los tiempos han cambiado (los perfiles, las sustancias, incluso las formas de caer) la esencia sigue siendo la misma. "Ahora hay más adicciones y se abordan de otra manera", reconoce, pero la base no se mueve: sigue tratándose de personas. De entrar en ellas, no solo en su consumo. De trabajar lo que hay debajo.
Y en ese camino, Almería juega un papel que él no duda en señalar con gratitud. La apertura del centro en la provincia no solo ha acercado el tratamiento a mucha gente, también le ha permitido a él cerrar un círculo vital.
Allí aparece un nombre propio, casi fundacional en su relato: Marina Cano, a quien describe sin matices como una persona extraordinaria, de esas pocas joyas con las que uno tiene la suerte de cruzarse en la vida. "Le debo mucho", admite, porque fue ella quien, de alguna manera, le devolvió ese puente que creía perdido: la posibilidad de volver a Proyecto Hombre no ya como paciente, sino como guía. Como alguien que acompaña. Como quien, después de atravesar el incendio, aprende a señalar salidas.
Y sin embargo, la historia no está completa si no se mira también su reverso más incómodo. Hoy Proyecto Hombre en Almería sobrevive con lo justo, sostenido en gran parte por la acogida inicial y por el empuje de personas voluntarias que mantienen encendida la luz.
Falta inversión, financiación y voluntarios para que el proceso sea completo y no se quede a medias. Porque la rehabilitación no se sostiene solo con buena voluntad: necesita recursos, estabilidad y futuro. Por eso el almeriense anima a todos aquellos que sientan cierto impulso a ayudar a los demás a que no se lo piensen: "Allí los recibiremos con los brazos abiertos. Que cada uno aporte lo que quiera y pueda".