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Almería

Angola pide ayuda a Almería para salvar a 1.500 niños: "La guerra terminó, el hambre no"

Manos Unidas Almería pide donaciones y voluntarios para sostener una escuela para los niños angoleños

La hermana Justina Soriano Méndez, colaboradora de Manos Unidas y misionera de la congregación de San Juan Bautista, junto a dos angoleñas.

La hermana Justina Soriano Méndez, colaboradora de Manos Unidas y misionera de la congregación de San Juan Bautista, junto a dos angoleñas.

Elena Ortuño
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El sol cae a plomo sobre el polvoriento barrio de Malanje (Angola), donde las casas de adobe se agrietan con la lluvia y el viento. Un niño camina solo por el sendero, cargando en su cabeza un cubo de agua que ha ido a buscar a kilómetros de distancia. Sus brazos tiemblan. Cada paso es un esfuerzo colosal: no ha desayunado ni cenado. 

Es la estampa de la que, día tras día, son testigos Margarita Flores Durán y Justina Soriano Méndez, dos misioneras mexicanas de la congregación de San Juan Bautista que han llegado a Almería para contar, cara a cara, lo que desde la distancia resulta imposible de explicar: la gente de Angola necesita de la solidaridad de los almerienses.

Niños de Angola durante el transporte de agua.

Niños de Angola durante el transporte de agua.

Angola, un país castigado

La paz que vive hoy Angola es frágil. Más de veinte años después del final de su devastadora guerra civil, gran parte del país continúa atrapada en la pobreza, pese a ser un territorio rico en petróleo y recursos naturales. En muchos barrios y zonas rurales, la sed, el hambre y las enfermedades no perdonan. La desigualdad es profunda y el descontento social lo es aún más.

A todo ello se suman las heridas aún abiertas de una guerra que, durante 27 años, dejó cerca de un millón de muertos y cuatro millones de personas desplazadas. Fue a esa Angola, aún en guerra y al borde del colapso, a la que llegó Margarita Flores en 2001: "Nada más llegar al aeropuerto hubo un ataque. Yo pensé: 'Dios mío, yo me regreso'. Pero entonces me di cuenta de que, precisamente por eso, estaba allí y de que debía permanecer", recuerda con el temblor en la voz de quien conoce la guerra por vez primera.

La gente esperaba todo de los misioneros. A su llegada, no había día que no acudiese alguien a pedirles algo que echarse a la boca: "Mi primera misión en Angola fue ayudar en las cocinas comunitarias. Daba de comer a niños y a jóvenes al mismo tiempo que les empezábamos a enseñar el alfabeto. Aquel fue el inicio de nuestras escuelas católicas", explica la mexicana, sentada en una de las salas de la redacción de La Voz de Almería. 

La hermana Justina Soriano Méndez ofrece una mazorca a un grupo de niños angoleños.

La hermana Justina Soriano Méndez ofrece una mazorca a un grupo de niños angoleños.

A través de los proyectos de alfabetización o de las plantaciones y cultivos capitaneados por madres que querían alimentar a sus hijos, las misionera luchaba por lograr la supervivencia de quienes la rodeaban.

Un arma para lograr la paz

Durante años, la educación en Malanje se impartió en condiciones extremas. Los niños se sentaban en piedras, latas o troncos, bajo techos improvisados que no los protegían de la lluvia. Las primeras escuelas de adobe eran un pequeño avance, pero se deshacían con las precipitaciones, convirtiéndose así en un riesgo físico. "Tenía el miedo constante de que una pared se viniera abajo sobre los niños. En lugar de ayudarlos, los estábamos poniendo en peligro", lamenta Flores.

La gran transformación llegó en 2016, a la vez que la hermana Justina. Manos Unidas comenzó a colaborar directamente con las misioneras en Malanje, un apoyo que permitió construir una escuela digna, con 18 aulas, patio, baños e, incluso, una sala de informática, algo impensable hasta entonces. "La educación pasó a ser un proyecto estructural: ofrecíamos formación académica, pero también valores, convivencia, respeto y cultura de paz".

Tres niños de Angola, fotografiados por una de las hermanas en la ciudad de Malanje.

Tres niños de Angola, fotografiados por una de las hermanas en la ciudad de Malanje.

Hoy, la escuela atiende a 1.500 alumnos de entre 5 y 16 años en el que las propias misioneras describen como el barrio más pobre, marginal e inseguro de la ciudad angoleña de Malanje. Y aunque la violencia sigue a la orden del día, las hermanas explican que la escuela ha creado un espacio de respeto y protección: "Muchos han salido adelante, han seguido estudiando y hoy trabajan como licenciados, empleados de banca e, incluso, cargos públicos", afirma Soriano orgullosa.

El problema irresoluto

A pesar de los avances logrados gracias a las donaciones y ayudas de Manos Unidas, el hambre sigue siendo el mayor drama de la comunidad angoleña. "Hay días en los que un niño me dice que le duele la cabeza. En esos casos, lo primero que siempre le pregunto es qué ha comido. Y siempre obtengo la misma respuesta: nada. Cuando intento mandarlos a casa para que descansen, me tiran de la falda para rogarme que no los devuelva a su casa, que no quieren estar solos", relata Justina, con un nudo en la garganta: "Es una guerra... la guerra del hambre".

Dos niños angoleños en un barreño.

Dos niños angoleños en un barreño.

Las hermanas no han venido a Almería a pedir limosna, sino a tender un puente. Su visita se enmarca en la Campaña contra el Hambre de Manos Unidas, una red que, solo en la provincia de Almería, recauda cada año alrededor de 250.000 euros gracias a socios, donantes y parroquias. Un domingo al año, todas las colectas se destinan íntegramente a esta organización, cuyos gastos fijos apenas alcanzan los 10.000 euros: el resto va directo a proyectos sobre el terreno. "Somos voluntarios, nadie cobra nada", recuerda Miguel Pérez, responsable provincial.

"África es pobre porque tiene recursos"Miguel Pérez (Manos Unidas Almería) 

El mensaje de fondo va más allá de la solidaridad puntual (tan necesaria siempre). Para las misioneras y para Manos Unidas, el hambre que devora Angola no es una desgracia aislada, sino la consecuencia de un sistema que extrae riquezas de África mientras condena a su gente a la pobreza. 

"África es pobre porque tiene recursos", afirma Pérez sin rodeos. Por eso advierte que no basta con donar: "No podemos cambiar el mundo sin cambiar nuestro modo de vida". La llamada que lanzan desde Malanje hasta Almería no es solo a abrir la cartera, sino a abrir los ojos.

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