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De Níjar a Huebro, persiguiendo el rastro de los molinos árabes

De Níjar a Huebro, persiguiendo el rastro de los molinos árabes

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En estos días puede ser una magnifica elección realizar una ruta de senderismo. A la vez que uno anda, depura calorías su cuerpo y depura también la mente de esas preocupaciones que se nos tornan vagas cuando salimos a la naturaleza. Muy cerca de Almería, podemos realizar todo un viaje a la historia en una ruta que nos descubrirá la ingeniería hidráulica de los árabes. Así es la ruta que une Níjar con la pedanía de Huebro.


Tras la senda del agua


Desde la misma plaza donde está el ayuntamiento parte el camino a Huebro en una pendiente que nos indica que a partir de ese momento, ascenderemos durante poco más de una hora y media a una población de encanto morisco. El barranco de San Antón parece abrir de un violento tajo la agreste roca de esta zona de la sierra de Alhamilla y señala que el agua fue la causante de su moldeamiento y, desde hace siglos, conducida de una manera sabia.


Para subir a Huebro, andaremos cerca de un kilómetro por la carretera (sin tráfico prácticamente todo el día) para desviarnos por la indicación que señala el sendero de gran recorrido GR-140 que atraviesa Almería y que llega desde la Alpujarra hasta Cabo de Gata. El sendero vendrá señalizado a lo largo de su recorrido por flechas, cartelitos o signos de senderismo como una raya blanca y una roja debajo. Al poco, veremos las curiosas edificaciones de los molinos de agua: cilíndricas con base tronco piramidal y con su característica “pipa o rabera” que no es otra cosa que el canal del agua que les abastecía. Podremos contar hasta una decena en condiciones de semirruina donde aún conservan muchas de ellas las piedras de molino y que hoy se siguen utilizando sus canalizaciones para poder regar los agricultores de esta zona en las terrazas que jalonan la cuesta. Una estampa que nos puede dar una idea de cómo sería esto hace unos siglos cuando los moriscos realizaron estas obras de ingeniería.


Como el camino pilla cerca de muchos ellos, podemos desviarnos para poder apreciar con más detalle las instalaciones, teniendo mucho cuidado en dónde pisar si no queremos acabar encabezando un formidable alud de piedras hasta el fondo del barranco.


 


El murmullo relajante


La ruta del camino a Huebro tiene como aliciente estar en compañía del agua prácticamente desde su inicio, escuchando ese murmullo que resulta como la mejor terapia antiestrés. Un agua que brota desde el manantial de Huebro y que es retenido en una balsa de 18 metros cúbicos para repartirla para el regadío de los pequeños cultivos que veremos en el camino. Al lado de los canales, los enebros rojos y los hinojos aparecen salvajes, dando un contraste impagable. Un servidor pasaba cuando un anciano paisano recogía unas patatas de esas que lucen hermosas en una fuente fritas con un aceite de oliva virgen de la zona. Al saludarle, y comprobar que uno no era extranjero, me comenta que los mozos de Huebro tenían una ventaja sobre el resto y era que al casar con las nijareñas, se libraban de la presencia de la suegra de la novia pues no se aventuraba a subir a estas cuestas para vigilarles!


Tras echar unas carcajadas, me dispongo subir el último tramo, quizás el más exigente pues unas adelfas cruzan el angosto camino y gracias a la caña que había recogido antes para caminar, me abro paso cual Indiana Jones. Salvado el obstáculo, un pequeño camino que pasa al lado de un encalado cortijillo lleva a las inmediaciones de Huebro, que aparece blanco con la torre de su iglesia mudéjar de la Virgen del Rosario.


La meta está cerca y uno parece recobrar el ímpetu para poder llegar a la plaza de la iglesia y darse el gustazo de observar unas vistas, que nos llevan a ver Cabo de Gata entre las brumas de la mañana.


La subida tiene premio, parando en el único bar del pueblo, Casa Enriqueta, donde unas mareantes gachas están cociéndose sin prisa y sin pausa.



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