La Voz de Almeria

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El genio de la espátula alumbra el Malecón de Garrucha

Clemente Gerez vuelve con una exposición que es como una enciclopedia del tiempo detenido

Clemente Gerez, junto a algunas de sus composiciones costumbristas este verano.

Clemente Gerez, junto a algunas de sus composiciones costumbristas este verano.

Manuel León
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Clemente Gerez, el pintor eterno de Garrucha, lo ha vuelto a hacer: este verano ha regresado con "su arte, con su tierra, con su gente", a la villa marinera que lo vio nacer hace más tiempo del que él quisiera; ha vuelto como volvía Proust buscando el tiempo perdido; ha vuelto a colgar sus lienzos de color, de surcos trazados con la espátula que para él es como ese arado que se abre camino entre los terrones de la Jara en la época de sus padres y de sus abuelos. Aunque Clemente no es de campo; Clemente es de salitre, de gaviotas tras los barcos con el vientre cargado de palangres, de espuma blanca y de arena caliente. Clemente es como una ola de la playa del Pósito, que va y viene, que nunca dimite, bregado por el viento de Levante, mecido por la fuerza indómita de sus pinceles. Desde el 4 al 30 de agosto, un estío más, los cuadros de este rompeolas garruchero de la pintura han navegado por el Centro Cultural del Malecón recibiendo cientos de visitas vespertinas, en esos momentos en los que el sol se iba apagando por la Jonjordana.

Decenas y decenas de lienzos, en una frondosa muestra, han explicado cómo era Garrucha, como eran los pueblos del Levante almeriense, como era una quilla hundida en la arena, cómo se doraba el higo chumbo sobre el alféizar de una ventana. Clemente es grande, como su barba, como su sombrero, más grande que la calle que lleva su nombre, porque Clemente es profeta en su tierra. Y aunque parezca un santón hindú, con la tez arrugada como la de un ballenero, tiene el alma garruchera metida en sus adentros desde que era un niño. Porque Clemente también fue niño, aunque ya no quede nada de él (o sí), un niño que hizo de la arena de la playa su primer cuaderno de dibujo.

Desde entonces, este paisajista levantino no ha dejado de ungir faroles encendidos, pies desnudos sobre la playa, lances primitivos en busca del calamar.

Ha vuelto a regalar, Clemente Gerez, una exposición de vientos y cortijos, de seres diminutos en horizontes de mieses amarillas, un cañamazo de lienzos tejidos con horas de inspiración y de búsqueda de formas y colores en su estudio del Malecón Alto, ribeteado de palmeras y de la flor de la buganvilla donde encuentra la paz del creador. “Dejadme que pinte mi playa, mi cielo, mis barcas de velas blancas” parece decir, cuando se le mira a los ojos azules, este Moisés garruchero, con sus cuadros palpitando detrás, llenos de pescadores sobre el mar de Galilea. 

En esta muestra, Clemente Gerez vuelve a actuar como notario del tiempo, como el viejo escriba egipcio que da fe de un mundo que se nos está yendo, que se nos ha ido, un tiempo que dentro de 40 0 50 años se conservarán en sus lienzos como piezas arqueológicas: las mujeres con candiles en la playa de Garrucha aguardando el barco de sus maridos pescadores; las mulas con los cántaros de agua por las calles empinadas de Mojácar; la ropa de antaño de las mujeres y de los hombres garrucheros, las enaguas, los delantales, los velos en la cabeza por el luto del esposo ahogado, los hombres con los pantalones de mahón arremangados por las rodillas y esos niños pelones que sostienen las madres y que miran al infinito.

Y después vemos también, en el trabajo de su espátula, los oleajes, cómo eran aquellas olas de antaño sin nada que las domesticara, con barcos estrellados como La Chuta o varados en la arena con los parales engrasados para zarpar. Y el hogar familiar, con la leña crepitando en la chimenea, las jarras de barro, el almirez antiguo de la madre o el viejo sentando una silla de anea a la vera del camino que pudiera ser La Jara, con el botijo de agua a sus pies y el bastón en la mano.

Y los caminos salpicados de pitas y chumberas, el oleaje bravío golpeando la madera y la cal blanca que envuelve como una bruma luminosa las casitas que relucen con la luna. Todo eso es Félix Clemente Gerez.

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