Casa Enriqueta, un refugio que alimenta a los visitantes de Huebro: "Bisbal viene mucho"
“Esto era una posada que estaba montada para atender a los trabajadores de las minas de la zona”

Enriqueta García, junto a Antonio Hermosa, en la puerta de “Casa Enriqueta”, en Huebro.
Enriqueta García Barón vió la luz en 1952 en un cortijo de Rambla Onda, en Níjar. Recuerda que los mejores años de su vida fueron los seis que estuvo en el Colegio Madre de la Luz de Almería, desde los 9 a los 14 años. “Lo inauguramos nosotros, todos los de los cortijos de por aquí. El director se llamaba Don Juan Cano. El portero era de Lucainena de las Torres, y se llamaba Domingo. Unos años maravillosos”.
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El fallecimiento de su madre la obligó a dejar el colegio y empezar a trabajar para ayudar a su familia. “Era una vida muy dura”. Entonces, conoció a José Llamas García, que regentaba una posada en la pedanía de Huebro, y que a la postre se convertiría en su marido. “Como decía mi padre: mi marido me engañó. Él me llevaba 13 años. Me conquistó y me trajo a Huebro”.
En aquella época, finales de los años sesenta del siglo pasado, en esta pedanía de la sierra de Níjar había muy poca gente, “Esto era una posada. Estaba montada para atender a los trabajadores de las minas de la zona, que venían hasta aquí a tomarse el cafelillo, el vinillo, o la copilla, y cada mañana salían a las tres de la mañana con sus luces de carburo camino del trabajo”. En concreto de la Mina Laízquez de Sierra Alhamilla, cerca de Turrillas, que contaba con un permiso de explotación de 1884, aunque en ella se trabajaba desde hacía varios años, y que estaba dedicada a la extracción de diferentes minerales que eran procesados para conseguir plata, plomo, zinc y cobre.
Junto a José, que falleció hace un año, con el que tuvo cinco hijos, tres niñas y dos niños, convirtieron la posada “en un refugio para dar de comer y beber a mucha gente. Al principio venía muy poca gente, sobre todo, en las fiestas y durante la Romería, pero ahora vienen muchas personas”.
Al principio no existía carretera asfaltada, solo un camino de cabras, y había que subir los cargamentos a pie o en burro. “Esto era muy esclavo. Aquí había otro barecillo, que lo tenía uno que se llamaba Antonio Asensio, y que traía amarradas con una cuerda dos garrafas, una por detrás y otra por delante, con vino, aceite...”.
A pesar de haber contado con una población de mil personas en los años 50 del siglo XX, y que cuando ella llegó podía haber 150 personas, Huebro ahora tiene una población muy reducida de 12 personas. Pero el bar-restaurante “Casa Enriqueta” siempre tiene muchas visitas, tanto durante los días de diario, como durante los días de fiesta. Vienen a comer sus famosos huevos fritos con patatas. “También hacemos berza, gurullos, migas… La gente viene de todos los sitios, porque esto ya no lo hay en ninguna parte”.
Su fama la ha adquirido poco a poco, durante los más de 50 años que lleva abierto, gracias a los comentarios de los visitantes. “Gracias al boca a boca y, desde hace un tiempo, también gracias a los comentarios que aparecen en internet”. Y entre los visitantes, también vienen muchos famosos. “El que viene muy a menudo es David Bisbal, que es muy amigo de mi hija Pilar. La primera vez vino con su madre, con su suegra, con sus niños.
Vimos llegar una furgoneta cargada de niños. Era muy tarde y yo estaba cansadísima. Pensé, ahora vienen a pedirme agua, a hacer pipí, y cerré mi puerta. Cuando veo, y digo, escucha, si parece Bisbal. Su mujer, (Rosanna Zanetti), es muy guapa. Tiene con ella dos hijos, (Mateo y Blanca), el niño es una maravilla, y otra niña mayor, (Ella, de su anterior mujer, Elena Tablada). Quería comprar algo por aquí, pero al final lo ha hecho en otros sitios” (Castel del Rey, San José, Vélez-Rubio). Claro, su abuela era de aquí, de Níjar, y siempre las raíces tiran de uno”.
Se piensa que Huebro fue el primer asentamiento de Níjar. Fue un núcleo independiente hasta el año 1860, que se integra en el municipio nijareño. Vivió durante siglos de una agricultura de regadío tradicional heredada de los árabes, gracias al agua que fluye del manantial de La Zanja, situado en el mismo núcleo de población. Caudal que llena una gran balsa donde la gente suele bañarse en verano. El agua se distribuye por todo el valle, donde se conservan 19 norias en una línea de tres kilómetros sobre un desnivel de 400 metros. Enriqueta cree que Huebro es visitado por la calidad de sus aguas subterráneas. “Agua que no está contaminada. Cuando salgo de aquí, me pongo mala, no sé por qué. Aquí se está en la gloria, y como tengo costumbre de estar aquí, me sienta mal estar fuera”.
Ella se acuerda mucho de su marido. “Era único en el mundo. Muy trabajador, muy constante, con mucha energía. Muy simpático con la gente, aunque también muy serio. La última palabra siempre la tenía él en todo, conmigo, con sus hijos. Tenía un don de gente, un corazón muy grande, una sensibilidad, un saber hacer. Era incansable. Nunca se quejaba”.
Aunque ella sigue en la cocina, el negocio es regentado ahora por dos de las hijas de Enriqueta: Pilar y Rosario. Esta última, que ha estudiado sicología, recuerda también con mucho cariño a su padre: “Nos quería muchísimo. De pequeños nos hacía el biberón, nos cambiaba los pañales, siempre nos traía de todo, porque trabajaba aquí y también fuera. Nos traía aquellos caramelos que pitaban, helados que nos volvían locos de contento”. La presencia de José sigue presente en este bar-restaurante, con un retrato que está colgado en la pared del establecimiento. “Mi madre es muy buena, más tranquila, más relajada. Pero él siempre se despedía de toda la gente. Era especial”.
Y ese carácter se lo ha transmitido a sus descendientes. “Una vez llegó casi a las diez de la noche un francés que tenía una finca en Níjar, que venía nerviosico, y nos dice que si es posible comer. Mi padre le dijo que no era posible, pero que le iba a dar de comer. No era una persona ilustrada, pero tenía el estudio de la vida”.
El testigo de José y Enriqueta lo han cogido ahora Pilar y Rosario para seguir con la misma filosofía de un establecimiento amable, que ofrece un trato cordial y familiar. Con productos de la tierra que, de forma mayoritaria, se cultivan en la zona. Rosario lo aclara: “Aunque el dueño de la despensa se fue, los huevos, las patatas, los pimientos, las habas, los conejos, son de Níjar. No produce tanto como mi padre, porque tiene su trabajo, pero mi hermano también cultiva, y el producto que puede ser nuestro, lo servimos”.
Enriqueta admite que ya no tiene el ímpetu y la fuerza de sus hijas, “yo ya no tengo ganas de gente”, pero seguirá dando su firma a “Casa Enriqueta” para continuar ofreciendo un lugar acogedor y tranquilo a todos los que quieran visitar Huebro.
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