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Carboneras

Arte y superación: la ilustradora almeriense que vive con una enfermedad invisible

La artista plástico Sandra Mateo Pellegrino, seleccionada en el proyecto 'Mujer y Arte' del Museo de Arte de Almería, convierte el dolor en creación

Ilustración que recoge el espíritu de Sandra Mateo Pellegrino

Ilustración que recoge el espíritu de Sandra Mateo PellegrinoSandra Mateo

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Hay vidas que parecen escritas con tinta invisible, donde el dolor y la lucha no se ven a simple vista, pero laten en cada gesto. Son vidas que, como un lienzo, se llenan de manchas y de grietas que podrían convertirse en límites y que, sin embargo, acaban transformándose en caminos de luz. El arte, en esos casos, ya no es solo creación estética ni simple oficio: se convierte en refugio, en tabla de salvación, en altavoz capaz de nombrar lo que de otro modo permanecería oculto. Y también en prueba de que, incluso en medio de la fragilidad, puede brotar la belleza y el sentido.

Aunque nació en Las Palmas de Gran Canaria, Sandra Mateo Pellegrino se reconoce como almeriense pura. De padre español y madre francesa, su vida ha estado marcada por los desplazamientos: la Costa Azul, Almería, diferentes paisajes que dejaron huella en su manera de mirar y de crear. Fue en esta tierra donde echó raíces, donde estudió Diseño Gráfico y Medios Audiovisuales en la Escuela de Arte de Almería, y donde descubrió que la ilustración podía convertirse en su lenguaje esencial, en el medio con el que narrar el mundo y, sobre todo, en la forma más sincera de narrarse a sí misma.

Arte e inclusión

Desde hace un tiempo, Sandra desarrolla su labor en la Asociación Carboneras Inclusiva, con el proyecto 'Crea Inclusiva', en el que arte e integración social se entrelazan para ofrecer a otros la oportunidad de descubrir la creación como herramienta de expresión y de vida. Allí no solo comparte técnicas, sino también experiencias, demostrando que dibujar puede ser un modo de sanar y de reconocerse en comunidad.

Su compromiso ha encontrado también reconocimiento en espacios culturales de primer nivel, como el Museo de Arte de Almería, donde formó parte en noviembre del año pasado del proyecto ‘Mujer y Arte’ y fue seleccionada entre 148 creadoras con la obra 'Imperfectamente perfectas'. Un título que resume, quizá mejor que ningún otro, su forma de entender la creación: abrazar la imperfección, dignificarla y transformarla en belleza.

Una de las obras de Sandra Mateo en el Museo de Arte de Almería

Una de las obras de Sandra Mateo en el Museo de Arte de AlmeríaMuseo de Arte de Almería

La fuerza de un trazo imperfecto

El arte de Sandra siempre nace en el papel. No hay filtros ni segundas versiones: lo que traza su mano es lo que permanece. Después puede añadir color o textura en digital, pero nunca redibuja la línea original. Esa decisión no es técnica, es visceral. “Necesito esa sutileza de la mano; perderla sería restarle fuerza a la obra”, confiesa. La imperfección, lejos de ser un error, es la huella más auténtica de su proceso creativo.

Este modo de trabajar se ha convertido en una declaración de principios. Frente a la perfección limpia y pulida de lo digital, reivindica la vibración del trazo humano, con sus titubeos, sus matices y su verdad. Cada ilustración es el testimonio de un instante irrepetible, una forma de capturar la emoción tal y como surge, sin edulcorarla. Y es precisamente esa apuesta por la imperfección la que da a su obra una intensidad particular: una energía que conmueve, atrapa y permanece en la mirada.

Logo de Sandra Mateo Pellegrino

Logo de Sandra Mateo PellegrinoFotografía cedida a LA VOZ

El color como espejo del alma 

Sus ilustraciones son un estallido de color. Amarillos intensos, verdes vibrantes, azules profundos y morados que se expanden como destellos. La primera impresión es de exceso, de una saturación casi desbordante que sacude la mirada del espectador. Pero esa explosión no es gratuita: es la representación de lo que mostramos al mundo, la energía visible, la máscara que nos recubre. “El color es lo que ven los otros”, resume la artista, consciente de que esa superficie brillante es solo una parte de la verdad.

Detrás de esa fachada cromática, lo esencial permanece en el trazo. En blanco y negro, sobrio y directo, se esconde la desnudez interior, lo que queda cuando se apaga el ruido. Es allí donde Sandra deposita su yo más íntimo, donde las emociones se vuelven línea y silencio. Sus obras, entonces, funcionan como un doble retrato: por un lado, la apariencia que los demás perciben; por otro, la verdad interior que late bajo la superficie. Y es precisamente en esa tensión —entre lo que se muestra y lo que se calla— donde su arte cobra todo su sentido.

Vivir con enfermedades invisibles

Fibromialgia, brotes, cansancio que no se explica. Sandra convive con esas dolencias silenciosas que no se perciben a simple vista y que, por ello, tantas veces son juzgadas con incredulidad. “Es difícil porque no se ve, pero condiciona cada decisión, cada esfuerzo, cada paso”, reconoce. La enfermedad invisible no solo habita en el cuerpo: pesa también en la mirada de los otros, en la incomprensión social que convierte el dolor en un combate doble.

Ante esa realidad, Sandra ha aprendido a escuchar su cuerpo. No lo fuerza, lo acompaña. En los días buenos, se entrega al cien por cien; en los malos, acepta el descanso sin culpabilidad. Ha dejado de entender su vida como una carrera contra nadie y la asume como un proceso de superación personal. “No quiero demostrarle nada a nadie, solo a mí misma”, afirma con seguridad. En esa frase se resume una forma de estar en el mundo: vivir sin renunciar a la lucha, pero sin permitir que esa lucha lo defina todo.

Una de las ilustraciones de Sandra Mateo Pellegrino

Una de las ilustraciones de Sandra Mateo PellegrinoFotografía cedida a LA VOZ

El arte como refugio y como terapia

Para ella, el arte nunca ha sido solo un oficio. Ha sido refugio, tabla de salvación en los días más oscuros, el lenguaje que le permitió decir lo que las palabras no alcanzaban. Dibujar fue, primero, una manera de sobrevivir a lo invisible. Después, un modo de comprenderse y reconciliarse con su propia fragilidad. Cada línea, cada mancha de color, se convirtió en un gesto de resistencia íntima.

Hoy, desde su trabajo en Carboneras Inclusiva, ha transformado esa experiencia personal en un compromiso con los demás. Comparte el arte como herramienta de acompañamiento, como vía para convertir el dolor en creatividad y para abrir espacios donde lo emocional encuentra cauce en la forma, la textura y el color. “Muchas veces el arte te ayuda a soltar heridas del pasado. Lo que no puedes decir, lo expresas a través de una línea o un color”, explica. Ese convencimiento la ha llevado a impulsar proyectos en los que la creación se vuelve terapia, pero también comunidad, un lugar compartido donde reconocerse y sanar.

Soñar siempre, incluso con límites

En un país donde apenas un 30% de los ilustradores logra vivir de su trabajo, Sandra asume con realismo las dificultades de su profesión. Reconoce que en España el arte sigue viéndose más como un pasatiempo que como un trabajo digno, pero esa percepción no la frena. “Ser artista es una necesidad. Aunque tengas que compaginarlo con otros empleos, sigues siéndolo porque lo llevas en la piel”, afirma. Y esa necesidad es, para ella, más fuerte que cualquier obstáculo.

Su gran sueño ahora es ampliar el alcance de sus ilustraciones, llevarlas más allá del papel o de los libros y explorar soportes nuevos que hagan que su arte llegue a quienes nunca se acercarían a una galería. Aspira a que sus imágenes habiten lo cotidiano, que acompañen la vida diaria de la gente como un recordatorio de que la belleza también puede estar en lo cercano, en lo imperfecto, en lo inesperado.

Ese espíritu se resume en una frase que Sandra repite como un mantra y que se ha convertido en lema vital: “Siempre puedes”. Tres palabras que encierran un mensaje complejo: avanzar incluso cuando el camino parece bloqueado, levantarse aunque las fuerzas fallen, volver a empezar pese a la duda. No es un grito de perfección, sino un recordatorio íntimo de que siempre existe un resquicio por donde entra la luz.

Y quizá eso sea, en el fondo, lo que su arte susurra a quien lo contempla: que nunca es tarde para volver a creer en uno mismo, que la fragilidad no excluye la grandeza y que, cada trazo, por imperfecto que parezca, puede convertirse en una forma de esperanza.

Ilustración femenina de Sandra Mateo

Ilustración femenina de Sandra MateoFotografía cedida a LA VOZ

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