La inundación de Adra en 1884
La histórica imagen refleja los daños causados por la riada tras el desbordamiento del río y la rambla de las Cruces

Adra en 1884, la Puerta del Mar, junto al Ayuntamiento actual tras el desbordamiento del rio y de la rambla de las Cruces ( Col. Victoria Cuenca Gnecco)
La telegrafía, su línea, quedó inutilizada a causa de la fuerte tormenta que descargó en este pueblo desde las dos hasta las cinco de la tarde del 24 de junio de 1884. Hechos que se conocen, gracias, a las varias misivas enviadas a “La Crónica Meridional” y Señor Gobernador Civil de la provincia, por parte del alcalde, Francisco Cuenca Ibáñez, entre los días 25 y 27 de junio de ese año.
La conocida rambla de las Cruces y que atraviesa la calle principal de esta población, fue completamente inundada por haberse obstruido los ojos del puente que la atravesaba con los grandes objetos que en su corriente arrastraba. Las casas que en su mayor parte estaban en terreno bajo las invadieron las aguas de metro y medio de altura.
La estampa era indescriptible para salvar a las personas de todas edades que desoladas quedaron sin acción para salir; aunque algunos componentes de la Guardia Civil que a nado y con peligro de sus vidas, sacaban a los pobres desvalidos ocupándose después en salvar los efectos que pudieron ayudados por varios vecinos.
Como si las plagas que venía sufriendo este pueblo no fuera ya suficientes, la festividad de aquel San Juan sería recordado. El día se preparaba para tormenta, empezando a llover a las dos de la tarde con tan alarmantes proporciones, que la rambla denominada de las Cruces, en su avenida, creció de manera tan inusitada que en sus arrastres se observaban árboles y muebles, que los arrastró la corriente depositándolos, en la entrada de los ojos del puente de la carrera, cuya posición especial de los mismos servía de obstáculo para el natural desagüe de la avenida.
Empezó el crecimiento de las aguas y desbordándose estas por toda la carrera de tal modo, que a los veinte minutos de empezada la lluvia torrencial, los gritos de alarma empezaron a sonar en labios de todos. Desgraciadamente no era infundada tal alarma; la carrera arrastraba en impetuosa corriente diversidad de objetos, dándole aspecto de rio desbordado; los moradores de viviendas, que ofrecían pocas seguridades para la resistencia y que se hallaban además en completa inundación, eran trasportados con inminente riesgo de la vida, a casas de mejores condiciones.
Llegó un momento en que era imposible el vadeo de quienes demandaban auxilio, y la consternación ascendía de punto cada vez más. A las tentativas llenas de valor y abnegación, sucedía la desconsoladora impotencia; de un lado la corriente era marcadamente peligrosa, y los dos y medio metros de agua que encauzaba la carrera, agigantando el peligro, aumentando este más y más por el crecimiento de las aguas del lago, que había sustituido a la antes fértil vega que por la parte del mar limita el pueblo.
El cuadro que ofrecía la dicha calle era desconsolador en extremo; el temor se había apoderado ya de todo el mundo, y lo impulsaba a su grado máximo el acompañamiento de truenos horribles de los que, según testigos, no se habían escuchado jamás.
Se aumentaban la gritería, empezando las plegarias y las oraciones a llenar todos los ámbitos; ya no se gritaba en demanda de socorros, sino en demanda de súplica fervorosa. Cinco minutos de crecimiento y el “sálvese el que pueda” se dejaba escuchar y se manifestaba con todas sus pavorosas consecuencias, Afortunadamente la tormenta, que no alcanzó mayor zona que la que marca la jurisdicción de este pueblo, empezaba a calmar, retirándose por el Sudoeste.
Salvamento y héroes
Todas las autoridades acudían a los lugares del siniestro; los jefes de carabineros con los veteranos. A la cabeza de todos, desafiando los mayorees peligros, y lo que es aún más, sin tener en cuenta lo delicado de su salud, y despreciando por otra parte los riesgos de sus propios intereses, se vio a la primera autoridad local, Francisco Cuenca, ordenando las más prudentes medidas para combatir el espantoso conflicto que sobre el pueblo se cernía.
Con el agua a la cintura, parecía tener el don de la ubicuidad; estaba en todas partes donde el peligro era manifiesto y solo a la energía de sus determinaciones, era debido el raro fenómeno de observarse un orden perfecto en medio de aquella alarmada muchedumbre.
El nombre de Enrique Benet y Roda tuvieron un distinguido puesto de honor, desafiando también los peligros, junto a Antonio Calvache y José Guillen, secundando el esfuerzo de todos, desde los primeros momentos.
Se sumaban al heroísmo, el ayudante militar y el ayudante de Marina, Bartolomé Malpica, el Administrador, Maximino Luanco e Interventor de la Aduana, Gerónimo Maya, y varios individuos del Ayuntamiento y todos con el mayor valor secundaron y que gracias a su arrojo y decisión no hubo que lamentar desgracias personales.
El capitán y teniente de carabineros con la sección de veteranos rivalizaban en arrojo. Del benemérito cuerpo de la Guardia Civil quedaría todo dicho, consignando que a nado salvaban a varios individuos.
Francisco Soler, comerciante de esta plaza, y cuyo valor fue proverbial, se pudo testificar en conciencia, que en la creciente de la tormenta y con riesgo inminente, ayudó a trasladar a la familia de Francisco Alonso, a casa de José Pérez, reputado médico de esta localidad. José Medina Tovar, Miguel Peragalo Medina y Enrique Pérez, no abandonaron un momento los sitios que les marcaron su abnegación y patriotismo.
Antonio Alonso y hermanos y Francisco Amat, puede decirse que sepultados por las aguas prestaban valiosos auxilios a la familia de Florencio Sánchez, a quienes hubo necesidad de conducir a la posada de Carbonell, y Antonio María Sánchez, empleado de la casa de Heredia, cuyo heroísmo sostuvo a gran altura.
Los resguardos de consumos y cuerpo de municipales se portaron también bizarramente, mereciendo de entre los primeros especial mención, el conocido con el nombre de 'El Toledano', cuya bravura era ya más bien temeridad. Se pudo asegurar, que si en vez de a las dos de la tarde, sucede en cualquier hora de la noche, sin lugar a duda, se hubiera tenido que lamentar multitud de desgracias personales.
En resumen: los daños ocasionados fueron cuantiosos, y más grandes aún los auxilios prestados por este culto pueblo abderitano. Con la celeridad que cunden siempre las malas nuevas, circuló la tristísima de que habían ocurrido ya cuatro desdichas personales, felizmente, se desmentía la noticia referente a posibles desgracias particulares. El río, había inundado una gran parte de la vega, causando daños de suma importancia en los frutos y en las tierras, hubo momentos, que creyeron ser arrastrados al mar por la excesiva abundancia e impetuosidad de las aguas.
Daños en establecimientos y hogares
Daños en establecimientos y hogares
Los ánimos de antes alborotados iban recobrando la perdida calma, y a poco un decrecimiento ya manifiesto de las aguas, por un lado, y la curiosidad aguijoneada por el deseo de socorrer las desgracias que se pudieran, por otro, nos lanzó a la calle, y con el agua a la cintura, con dificultades a veces insuperables, se pudo recorrer los principales puntos escénicos donde la memorable tempestad de San Juan batió sus furores.
Después de una copiosísima lluvia se desbordó la rambla invadiendo por completo todas las casas de la carrera las cuales sufrían mucho y más la de comercio, pues se mojaron todos los efectos como harinas, azúcar, bacalao, arroz y demás mercancías. Los que sufrieron, en primer término, muchos daños considerables fueron, D. Rafael Carbonell, almacenista de cereales y harinas, y Félix González Cuenca, comerciante de Ultramarinos, que perdía todas sus existencias.
El acreditado establecimiento de José Guillen, soportaba también desperfectos de consideración, y en la alpargatería contigua a dicho establecimiento, de la propiedad de Gabriel Rubio, formaban una masa de cieno las existencias de cáñamo y materiales elaborados con los muebles de toda la casa. Para la pronta e inmediata salvación, tanto de algunos objetos, como de la familia que allí se albergaba, fue preciso y necesario el derribo de una pared del escritorio de José Guillen, por donde con inauditos esfuerzos y casi milagrosamente, pudieron salvarse de una muerte cierta.
La tienda, inmediatamente situada de los Sres. Sierra e hijos, sufrió también daños de gran importancia, junto a los Sres. Brignaty, Arqueros, Alonso, Fernández, Robles, Sánchez, Rostan o Álvarez, y en fin, todos los que tenían establecimientos en la carrera y acabaron en tarquín como el domicilio de Doña María Araty, donde flotaban los muebles en el piso bajo.
Tal fue el espanto y la alarma en dicha casa, que se trasladaron a la de los Sres. Medina hermanos, la que solo sufrió chispazos de la tormenta. El industrial, Gabriel de Rubio, perdió todos los intereses que pudo allegar en 50 años de honrado trabajo.
También, en completa avería todos los géneros de la tienda de abacería de Félix González. que acababa de establecerse con los ahorros de una vida azarosa y arriesgada, pues había sido marinero desde niño y se había retirado a la tranquilidad del hogar doméstico, para verse de nuevo rodeado de la miseria.
Por este lado, los establecimientos de Don Rafael Carbonell, D. José Guillen y D. Ángel Arqueros, desmantelados y con grandes pérdidas. Por el otro la sombrerería de Navarro en completa ruina, pues las aguas llegaron al segundo anden de sus escaparates. Por todas partes, lágrimas y ruegos. Día de ruina fue la jornada de San Juan para una gran parte del vecindario de Adra; pero día también de heroísmo demostrado por todas las clases sociales y en buen número de convecinos que todos a porfía, desafiando los peligros, se disputaban por ocupar el primer puesto.