Papayas y salazones: crónica del mercado de Las Marinas
La historia de un barrio, su mercado y el bar de Loli, donde el tiempo parece haberse detenido

El bar de Loli.
Derivando por familiares lugares, llegué hasta Loli, la dueña del bar del mercado de abastos de Las Marinas, barriada de Roquetas de Mar, conocida por los más oriundos como la Pachanga por una popular canción que cantaban los vecinos a principios del siglo XX.
“¿Qué buscas?”, escuché de fondo. Era una señora sencilla y existencialista, sentada frente a su máquina de coser, iluminada por neón blanco, rodeada de trapos y productos de limpieza. En el toldo de su puesto se leía supermercado, pero apenas eran tres metros de fachada. Ella me trincó enseguida cuando vio mis ojos perdidos mirando a todas partes. Porque no sabía a quién buscaba, ni dónde centrar la atención; era todo muy colorido, ruidoso e incluso oloroso, como si el puerco de la carnicería todavía gruñiera. Mi primera opción fue darle la respuesta corta, que buscaba al trabajador más antiguo del mercado. Pero en realidad me hubiera quedado con ella a hablar de lo sagrado y lo profano mientras la mujer urdía esos remiendos e hilvanes de vidas ajenas, que buscaban otra oportunidad.
Dirigí entonces mis pasos al otro lado del mercado, justo en la puerta principal. Y allí estaba el rinconcillo, la barra, los parroquianos, la máquina de café, los azulejos blancos y la botella de anís del mono, como nacido eterno en el tiempo. Aquel lugar se quedó anclado en la apertura del mercado, los años noventa, impertérrito, aunque quizás algo más cansado, como atestigua su dueña, Loli.
Loli nació el Laroles y se mudó a Roquetas cuando se casó en los ochenta, poco después ella y su marido se pusieron al frente del bar y desde entonces han pasado más de treinta años. Loli ya tiene ganas de jubilarse, pasear, viajar, que ha salido poco del pueblo, y dedicarse a sus nietos.
“Claro que con los años aprendes mucho de los clientes, algunos te preguntan por las recetas con total confianza, otros te ponen la cabeza loca de tanto contarte cosas, pero en fin aquí son todos buenas personas”, dice Loli. Para ella la efímera fama de ocupar la página de un periódico la ha pillado por sorpresa en una esquina de la barra. Ella se expresa algo reservada y tensa mientras la apunto con mi móvil para no perder ni un segundo de grabación.
Su filosofía de trabajo está bien clara: ecosostenible y de cercanía. Un concepto ahora muy moderno pero que de siempre ha sido comprar a tus vecinos, que la vida son panes prestados. Loli se abastece de carne, pescado y verduras de los puestos con los que comparte techo. Así prepara callos, migas, paella y tapas tradicionales de esas que se comen de pie, tradicionalmente de servilletero metálico, de taburete y palillo.
“Vamos a ver si esto se puede comer”, dice uno de los clientes cuando Loli le sirve una tapa de callos en una cazuelita de barro. Aunque son las doce, el grifo de cerveza lleva despierto desde las siete de la mañana, cuando levantan la persiana del bar, y se cierra a las dos y media, cuando el mercado clausura el día.
“El barrio ha cambiado mucho desde que me vine aquí a vivir en los ochenta. Antes solo había casas de parcela y ahora fíjate”, dice Loli. La mujer habla de otros tiempos de cuando la dictadura a través del Instituto Nacional de Colonización proveía de tierras y casas a los agricultores por un simbólico precio, el origen del barrio de Las Marinas. A casi nadie le gustaba dejar su pueblo para venir a vivir a Almería, donde entonces no había nada, a Loli tampoco. Aunque cuando ella llegó ya había un mundo hecho, la Urbanización despuntaba, nada que ver con aquellas parcelas de finales de los cincuenta que practicaban la agricultura de subsistencia.
Los más viejos del lugar, la memoria colectiva viva, recuerdan que no había ni bancos para guardar el dinero porque después de la guerra no quedó nada. Fue Antonio López, dueño del Hostal Juan Pedro en la plaza de la iglesia de Roquetas, quién juntó a unos cuanto cortijeros que tenían algo de dinero para fundar lo que hoy se conoce como Cajamar. Poco después vino el milagro almeriense con la agricultura intensiva gracias a Paco El Piloto y Bernabé Aguilar, quienes promovieron el enarenado y el cultivo bajo plástico respectivamente.
Entonces los parcelistas que tenían la rentas más bajas comenzaron a cambiar los burros por Mercedes y, las casas de parcela se transformaron en grandes casas con balaustras de mármol y suelos porcelánicos. Ya no había racionamiento, en los mercados brillaba la abundancia y en el cuello los cordones de oro.
Aunque parece que en el bar del mercado de Las Marinas no haya pasado el tiempo, no hay más que sentarse en uno de sus taburetes y observar las vitrinas de los puestos; Black Angus, gambas de Garrucha y papayas, que conviven con el bacalao seco y los callos de Loli, gustos como radiografía de la sociedad.