La Voz de Almeria

Opinión

Volver a Berja después de muerto

Como en la letra de Armando Tejada, Fermín Alcoba quiso volver "a los viejos sitios donde amó la vida"

El virgitano Fermín Alcoba en un curso de verano.

El virgitano Fermín Alcoba en un curso de verano.

Creado:

Actualizado:

En:

En esta semana grande de visita a cementerios, de cipreses y crisantemos, nos llega la noticia de que ha muerto un virgitano con poso que ha vuelto -ha querido volver- a su pueblo con los pies por delante. Se llama -se llamó- Fermín Alcoba Enciso y perteneció a una acrisolada familia de la uvera Berja: Los Alcoba son el prototipo de la estirpe burguesa alpujarreña desde principios del siglo XIX, según el profesor Valeriano Sánchez Ramos que los ha estudiado hasta la extenuación en su árbol genealógico durante dos siglos, hasta saber lo que cenaban o qué número de zapato calzaban. Así es Valeriano: si se mete en algo se mete, aunque donde no se metió porque fue listo fue a hacer la Mili cuando era obligatoria.

Este Fermín Alcoba, como digo, nació en Berja en 1940, estudió en La Salle, se hizo abogado y cursó posgrados en Londres y París, ingresando en Naciones Unidas, en Ginebra, donde desempeñó diversos puestos de alta responsabilidad administrativa en la Organización Mundial de Comercio. Allí, en la ciudad suiza se casó con la australiana Sandra Wright, también funcionaria de la Organización Mundial de la Salud, con la que tuvo dos hijos de sangre almeriense: un médico pediatra y una funcionaria del Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados. Fermín, ya jubilado, fue invitado a participar en algún Curso de Verano de la UAL sobre Economía hace ya algunos años.

Este eximio paisano nuestro, como digo, se fue con apenas 18 años fuera de su tierra nativa y ha construido el andamiaje de su vida a miles de kilómetros de distancia durante más de seis décadas. Y ahora vuelve, vuelve muerto, pero vuelve, porque así lo quiso este Fermín, a su Berja dorada de la niñez. En esta semana de panteones y velas blancas, uno piensa que qué deseo mueve a alguien a ordenar por escrito o de palabra que, ya inerte, ya fiambre, cuando ya nada se siente, se quiera descansar para siempre bajo la luz primera que uno vio. Hay deseos que uno no se atreve a formular en voz alta porque parecen pertenecer a ese territorio incómodo donde la vida empieza a despedirse de sí misma. Uno de ellos es el de ser enterrado en la tierra donde nació, allí donde aprendió a andar, donde conoció el olor de la lluvia sobre los tejados, el polvo de los caminos y el nombre de las cosas pequeñas que después, lejos de casa, se convierten en recuerdos enormes.

Hay quien quiere morir junto al mar, quien prefiere hacerlo rodeado de sus hijos y quien no piensa en la muerte porque bastante tiene con ir tirando. Pero también están aquellos que, sin decirlo demasiado, guardan una última voluntad que no tiene que ver con el dinero, ni con las herencias, ni con las escrituras de una casa: quieren que sus huesos descansen en el mismo lugar donde descansan los de sus padres y los de sus abuelos.

Uno puede marcharse de su pueblo a los veinte años como Fermín, instalarse en una ciudad, formar una familia, levantar un negocio y pasar media vida sin volver más que por Navidad; puede acostumbrarse a otras calles, a otros acentos, a otra manera de pedir el café. Incluso puede llegar a considerar que su verdadera casa está lejos de donde nació. Pero basta con que alguien le pregunte dónde quiere que lo entierren para que aparezca, de pronto, el muchacho que un día se fue con una maleta y una dirección apuntada en un papel. A Fermín Alcoba le ha ocurrido eso: pasó su vida en la gélida Ginebra y allí murió, pero lo que ha quedado de él reposará para siempre -por su libre voluntad- en la tierra donde de niño regalaba ramilletes de hinojos a las niñas y donde se desollaba las rodillas corriendo bajo los 37 arcos de esa plaza virgitana.

tracking