Allá ellas y ellos
Puedo estar equivocado pero desde hace tiempo sostengo que toda la inmediatez que las redes sociales han infundido al periodismo y, por tanto, a la opinión pública, ha supuesto el peaje fatal de la precipitación y la ausencia casi definitiva del contraste a la hora de procesar la información. No es la primera vez que me hago eco de los errores de apreciación, catalogación y juicio que merecieron determinadas noticias que aparecieron inicialmente en los medios como una cosa y que finalmente acabaron siendo otra muy distinta, por lo general menos grave, amenazante, inquietante o lesiva. Y siendo el error de apreciación o el ansia por adelantarse a la competencia factores de riesgo cotidiano en el ejercicio periodístico, más dolorosa resulta, a mi juicio, la soberbia infinita de quienes habiendo publicado con gran despliegue un determinado asunto, reservan un espacio mucho menor para su corrección o desmentido, o incluso deciden no reconocer que de aquello que anunciaron inicialmente no hubo en realidad nada. El ejemplo más inmediato de lo que digo lo tenemos en las declaraciones de una joven admitiendo haberse inventado una violación colectiva en la reciente Feria de Málaga. Recuerden todo lo que algunos medios llegaron a decir entonces del caso (que ahora se sabe falso) y de qué modo se llegó a tratar, por ejemplo, al alcalde de esa ciudad, al que poco menos se tildó de cómplice del delito por haber hecho unas declaraciones consideradas inadecuadas por quienes, desde la precipitación, exigían y administraban justicia tanto en los medios de comunicación como en las redes sociales. Ha pasado ya algún tiempo desde que la poco juiciosa muchacha admitiera la falsedad de su grave y acusador testimonio. ¿Han visto ustedes alguna disculpa, alguna fe de errores? Nada más que un silencio pluscuamperfecto. Y lo más gracioso es que quienes tan roñosamente se comportan suelen alardear de tener un rango ético y cívico superior a la media. Pues allá ellas y ellos.