La Voz de Almeria

Opinión

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Así como celebramos las grandes gestas del pueblo español como ejemplo de su genio, también debemos recordar las aborrecibles granujerías históricas aunque solo sea para no repetirlas. Y una de ellas entre un sin fin de episodios vergonzantes que podrían servirnos de escarmiento, cumple ahora diez años. Me estoy refiriendo a la deserción de los parlamentarios socialistas Eduardo Tamayo y María Teresa Sáez que, amparados supuestamente por una trama de constructores y gentes próximas al PP, consiguieron impedir la elección de Rafael Simancas como presidente de la Comunidad de Madrid. Lo que hubiera pasado con el gobierno socialista en la capital de España nunca lo sabremos. En cambio, lo que verdaderamente pasó tras la traición del “tamayazo” (sus autores   se escondieron en un ignorado hotel pagado por un constructor) obligó a repetir la votación que ganó Esperanza Aguirre. Aquí empieza la ascensión política de la exministra de  Cultura que  por sus graciosos despistes daba frecuentes titulares a los medios de comunicación. Pero no seamos ingenuos. Nada ocurre sin su última explicación. Algún día sabremos quién estuvo detrás de esta burda felonía. Situémonos en el año 2003. Desde Madrid hasta Guadalajara todos los pueblos eran un frenético hervor de cementeras y ladrillo al amparo de una ley del suelo que facilitaba la construcción y por ende el fácil enriquecimiento. Un gobierno socialista significaba, al menos para la derecha, un parón urbanístico. De ahí que  los malhechores trataran de impedirlo mediante el soborno a Tamayo y a su compañera de traición.  Claro que, mirado este suceso desde la corrupción galopante que hoy estamos viendo, tampoco es para asustarse. Hoy va Rajoy a la Comunidad Valenciana y, una vez allí, no solo no dice una palabra sobre la corrupción,  sino que pone a su partido como ejemplo de limpieza mortal y modelo de lo que debe hacerse.


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