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Opinión

Los días de la logia del amor y la verdad en La Chanca

Los días de la logia del amor y la verdad en La Chanca

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Aquel año de 1885, un brote de cólera asoló la ciudad de Almería. José Litrán había perdido la cuenta de las veces que tuvo que escalar por los pechos del cerro hasta llegar a las cuevas de Las Palomas y ver a la gente morir  como las moscas, sin que él pudiera hacer nada por evitarlo.  A su lado estaba siempre Frasco, un huérfano de piel renegrida y que andaba descalzo. El dolor de haber perdido a sus padres le había hecho enmudecer, pero el zagal era atento, acarreaba con el maletín del médico y lo guiaba con habilidad por aquellos caminos de cabras.


El Doctor Litrán dispuso que los habitantes de La Chanca quemaran sus ropas y desinfectaran sus cuevas y chabolas con cal viva, que se abstuvieran de beber agua sin hervirla y de su bolsillo donó quinientos reales para sufragar las primeras necesidades. Las hogueras se sucedían de noche y de día, esparcidas por las laderas de las montañas que sin vegetación alguna, daban al paisaje un aire de final de los tiempos. Entre tantas miserias, el grito desgarrador de las mujeres que lloraban alguna muerte, se perdía por el aire en un coro de agonía y duelos, que hacía temblar a José Litrán, hombre de buen corazón y alma limpia, Gran Maestre de la Logia Amor y Ciencia, librepensador con vocación filantrópica y un humanista invencible, conocido como “el médico de los pobres”.


Después de algunos meses la epidemia empezaba a remitir, la cifra de muertos ya no era importante, pero Litrán volvía cada noche al barrio y aliviaba con su sola presencia a los convalecientes, poco más podía hacer, hasta el azúcar escaseaba para hacer algo de suero. Frasco no se despegaba de su lado y aunque seguía sin abrir la boca, sus ojos eran menos tristes y sombríos. Aquella noche debía de acortar su visita pues había convocado a los miembros de la logia, quería que conociera su nuevo proyecto. Cuando estuvieron todos, el Venerable Maestre, les dijo: “Corresponde al Gran Arquitecto del Universo que nazca de esta reunión, el divino rayo que nos señale el ancho sendero de la verdad, confundiendo a las mezquinas almas que aún pretenden detener el paso triunfal de los hijos de la luz y de la razón. Como bien sabéis, estos días mis ocupaciones me han llevado hasta la Chanca, en la parte más alta de la montaña hay una cueva, espaciosa y aprovechable, con unos arreglos insignificantes, podría albergar nuestras reuniones, allí el aire es más fresco y sano. Los vecinos son humildes pero dignos y creo que discretos, si no perturbamos sus costumbres, es un lugar seguro. Es de sus privaciones y padecimientos, de donde debemos de aprender y enderezar nuestro ánimo que se acomoda con facilidad en las trampas de la vida fácil y sobrada”.


Un murmullo de desaprobación recorrió el salón, pero Galileo Lizarra lo acalló. “Él es nuestro Maestro y hasta ahora nos ha conducido con buen criterio, sus pasos son sensatos y yo comparto su propuesta y todas las razones que nos ha ofrecido. Y creo que el brillo de nuestros ideales relucirá mejor entre los desfavorecidos, que entre los satisfechos y los pudientes”. Aunque las reservas no desaparecieron, nadie faltó a la siguiente reunión en la Chanca. Un cortejo de mujeres enlutadas acompañó a los masones por la empinados senderos como un río negro, muchas llevaban a sus hijos pegados al pecho y la zagalería ya se adelantaba por los riscos, los hombres fueron llegando conforme acababa su turno en la mar o terminaba la jornada. Frasco no estaba junto al médico y nadie daba razón de él.


En la explanada, junto a la puerta de la cueva y por todas las est

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