La Voz de Almeria

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El diez es, tras la composición de las nueve beethovenianas, un número fatídico para una sinfonía. Después de Beethoven, casi ninguno de los grandes compositores llegó a parir más de nueve sinfonías. Mahler murió antes de completar la décima, dejando acabado tan sólo su primer movimiento. Superado el clasicismo –con las ciento y pico de Haydn y las cuarenta y una de Mozart-, Beethoven cambió el rumbo y la trascendencia a la hora de componer sinfonías. Con él, cada obra se constituye en un universo irrepetible, con personalidad y carácter diferenciados, un trabajo creativo concienzudo, de una intensidad y esfuerzo desconocidos hasta entonces. Así lo entendió más tarde Berlioz, quien afirmó que “una sinfonía tiene que ser un mundo”, sentando las bases de todo el desarrollo posterior del arte sinfónico. La novena sinfonía llevó el empeño musical a unos límites hercúleos y extenuantes, hasta el punto de resultar un freno inhibitorio para todos los compositores que después quisieron medir sus fuerzas ante el colosal legado del sordo de Bonn. Brahms tardó una década en completar su primera sinfonía, siendo ya un compositor maduro; cuando la estrenó, muchos la denominaron como “la décima de Beethoven”, y no iban muy desencaminados.



Beethoven realizó algunos esbozos para una décima sinfonía, pero nunca llegó a completarla –ni uno solo de sus movimientos- pues, tras el esfuerzo de la novena, se consagró al cuarteto de cuerda, su verdadero canto de cisne para la historia de la música. En los ochenta, el musicólogo Barry Cooper construyó un hipotético primer movimiento de la décima sinfonía de Beethoven, partiendo de los esbozos y fragmentos conservados (unos cincuenta). El resultado –existen dos grabaciones de 1988, dirigidas por Wyn Morris y Walter Weller- es desconcertante. Se trata de un andante en mi bemol mayor con un allegro 6/8 en do menor insertado en medio del movimiento. El andante, de un carácter melódico nada beethoveniano, recuerda ciertos pasajes sinfónicos de Mendelssohn o Shumann, y el allegro –más enérgico y rítmico- parece salido de un Brahms titubeante, bastante cercano al de la primera sinfonía, por cierto. La cuestión es que no puede demostrarse que todos los fragmentos que Cooper usó en su reconstrucción fuesen pensados por Beethoven, necesariamente, para su décima sinfonía. Poco tiempo después, y partiendo de otros fragmentos inconexos, el compositor Gerd Prengel propuso un Scherzo de esta hipotética obra; su audición es aún menos recomendable, por deslavazado y vulgar.



De poco sirve conjeturar sobre cómo habría sido la décima de Beethoven. Se fue con él a la tumba. No obstante, tras escuchar la Missa Solemnis, compuesta al mismo tiempo que la novena, algunos soñamos con la mejor obra que podría haber escrito: un Réquiem.

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