La mecánica de Roquetas Patricia Gálvez: ochenta años de taller y una mujer al volante del negocio
El taller mecánico Francisco Gálvez fue fundado en 1940 y hoy lo dirige su nieta

Patricia y Alejandro Gálvez la tercera generación de mecánicos.
El taller mecánico Francisco Gálvez lleva el nombre de su fundador, pero ochenta años después quien está al frente del negocio es una de sus nietas: Patricia Gálvez (Almería, 1982). Ella comenzó a trabajar con su padre y sus hermanos cuando solo tenía 15 años. En ese taller ha sido madre, conciliando como solo una autónoma sabe, ha hecho frente a crisis económicas, a clientes que dudaban de su profesionalidad a transformaciones tecnológicas y sacrificios familiares. Patricia conoce los motores, pero también sabe que un negocio no funciona solo con herramientas: necesita confianza, paciencia y muchas horas de trabajo. Fuera del taller, el taekwondo y el jiu-jitsu le han enseñado a detener el ruido de la cabeza y vivir en el presente.
¿Cómo empieza la historia de este taller familiar?
Mi abuelo, Francisco Padres Andújar, empezó trabajando a medias con otro hombre. Sobre los años cuarenta se separaron, el otro se marchó a Argentina y él se quedó con el taller. Estaba en la carretera de Ronda, en Almería. Después, cuando mi abuelo sufrió un ictus, mi padre tuvo que hacerse cargo. Era el mayor de cinco hermanos y asumió la responsabilidad familiar. Él quería ser profesor, pero le tocó continuar con el negocio.
¿Cuándo te incorporas al taller?
Con 15 años empecé a hacerle recados a mi padre porque me gustaba ganarme mi dinerillo. Nunca pensé que acabaría aquí. Quería ser enfermera, pero descubrí que no era lo mío. También estudié administración y finanzas y relaciones laborales, aunque dejé los estudios por problemas familiares y porque el taller me necesitaba. Fui acercándome poco a poco hasta que terminé llevando el negocio.
¿Había clientes que te cuestionara por ser mujer?
Sí. Al principio entraban clientes preguntando por mi padre. Les decía que no estaba y que podía atenderlos yo, pero me respondían que volverían cuando él llegara. Con el tiempo, esos mismos clientes empezaron a preguntar por mí. “¿Está tu niña?”, decían. Tienes que demostrar que sabes de mecánica, que entiendes lo que estás diciendo. A día de hoy todavía te encuentras con alguien así, aunque cada vez hay más mujeres formándose en los talleres.
¿Tu padre te animó?
Al principio decía que no había sitio para una mujer en un taller. Pero cuando empecé a meterme de lleno, acabé siendo imprescindible. Me formé también en diagnosis y reparación. Hoy organizo el trabajo, hago prediagnósticos y busco información técnica cuando los mecánicos se atascan con una avería. A veces toca consultar esquemas eléctricos, hablar con jefes de taller o investigar hasta encontrar la solución.
En 2002 os trasladáis a Roquetas de Mar. ¿Fue un cambio difícil?
Perdimos muchos clientes porque donde estábamos era cada vez era más complicado meter los tráileres con tanto tráfico. Pero también ganamos otros, sobre todo agricultores de esta zona. Hay clientes que nos siguen desde Almería y llevan con nosotros muchísimos años.
¿Qué ha permitido que un negocio familiar sobreviva durante tantas décadas?
Muchos sacrificios. Hemos vivido crisis en las que, si no había dinero para cobrar un sueldo completo, nos ajustábamos nosotros. Los empleados tenían que cobrar, pero la familia se adaptaba. La crisis del ladrillo nos afectó muchísimo porque teníamos camiones que nos debían dinero. Nos recuperamos poco a poco. En una empresa familiar hay ventajas, porque todos conocen la forma de trabajar, pero también desventajas: donde hay confianza, a veces se mezclan demasiado las cosas.
¿Cómo ha cambiado la mecánica desde los tiempos de su abuelo?
Muchísimo. Antes se fabricaban piezas que ahora ya no se hacen y había herramientas para reparar prácticamente cualquier cosa. Nosotros hemos aprendido de esa vieja escuela y de la nueva. Seguimos trabajando con camiones de los años setenta, ochenta y noventa. En los vehículos antiguos, a veces una pieza no aparece en ningún catálogo y tienes que investigar, buscar contactos o pedirla fuera de España. He llegado a buscar recambios en Holanda, Bélgica y Polonia.
¿Y qué no ha cambiado?
La importancia de atender bien al cliente. Que no crea que le hemos dado un sablazo. Mi abuelo siempre decía que prefería comer todos los días a comer solo uno. Queremos que salga seguro de la reparación. Si necesita fotografías, vídeos, las piezas antiguas o una explicación, se lo damos. Puede que no tengamos el taller más bonito del mundo, pero intentamos que la atención sea inmejorable. También hay que actualizarse constantemente: hoy, sin información técnica, no puedes reparar un vehículo.
¿Es posible desconectar cuando se dirige una empresa familiar?
Es muy difícil. Incluso cuando cierras por vacaciones. A mí me ayudan mucho las artes marciales. En el tatami estás obligada a vivir el presente, si te distraes, te pillan.