La Voz de Almeria

Opinión

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No son pocas las personas que estos días están llenando las redes sociales con apelaciones a la vuelta de la pena de muerte en España, y aunque en algunos casos hay trazas de evidente emocionalidad que no pueden desvincularse de la oleada de conmoción provocada por el asesinato del niño Gabriel, veo otras que en apariencia son reflejo de una serena reflexión. Quién sabe. No siempre se puede acertar a la hora de encontrar las razones que se esconden tras las palabras. En todo caso, siempre que se plantea la cuestión de la pena de muerte como castigo a delitos especialmente graves o que tienen una mayor repercusión social, inmediatamente me hago una pregunta que traslado a los que propugnan su regreso. ¿Serías capaz de aplicarla tú mismo? En ese magnífico alegato contra la pena de muerte que es “El Verdugo” (Luis G. Berlanga, 1963) hay una conversación entre el verdugo recién jubilado -José Isbert- y su yerno -Nino Manfredi- que ha aceptado a regañadientes su plaza porque así se aseguraba un piso en el que vivir con su mujer, la hija del funcionario. El viejo verdugo le dice a su sustituto: “Si existe la pena, alguien tendrá que aplicarla”. Y no sé si los que ahora, con calentón o sin él, propugnan modificar la Constitución para incluir la última pena, han considerado el método aplicable o si, en caso de contar con verdugos apocados, como el yerno de Isbert en la película, asumirían con entusiasmo el necesario papel de administrador físico de la pena. Sé que hay muchos que sostienen que la coerción de la pena de muerte es un freno para los delitos, pero los índices de criminalidad de los países en donde aún se aplica parecen desmentirlo. Por mucha repulsa que nos merezcan los delitos o los propios delincuentes, una de las bazas de las sociedades civilizadas es su capacidad de diferenciarse de todo eso para ser “mejores que” todos esos comportamientos que nos producen rechazo y asco. ¿Qué -salvo el mandato legal- diferencia al verdugo del asesino?



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