Cómo nació y sobrevivió el bar de Almería que parece una vermutería ambientada en una gran taberna
Vicente abrió el negocio en 2009, en plena crisis económica, y lo ha mantenido hasta hoy con la misma calidad de siempre

Vicente Alonso Martín frente a la puerta del restaurante.
Cuando Vicente decidió abrir las puertas de aquel local por primera vez era 2009. En plena crisis económica, ese barrio de Almería y especialmente la calle Lima, donde hoy se alza la bodega, no eran todavía lo que son hoy. Ni el trasiego, ni las conversaciones que se cruzan entre mesas, ni el sentimiento entre los vecinos, ni siquiera la urbanización de la avenida se podían asemejar a la actualidad. Entonces era, más bien, una apuesta incierta en un momento en el que todo parecía cerrarse y en el que el lugar respiraba pobreza.
Vicente Alonso Martín lo recuerda sin adornos, como quien no necesita exagerar lo que ya fue difícil de por sí: "Tenía un poquito de experiencia en hostelería, pero no mucha", confiesa, como si embarcarse en una aventura como aquella a finales de la primera década de los 2000 fuera tarea menor.
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Bodega Ank Vicente nació más de la intuición que de un manual, de una sencilla idea que fue tomando forma entre paredes que, desde el primer día, quisieron parecerse a una taberna de toda la vida. Y así se quedó. Sin grandes cambios. Como si el local hubiera decidido desde el principio no traicionar su propia esencia.
Unos orígenes complicados
Al contrario que la taberna, la crisis no llegó con decoración ni aderezo. Fue el contexto real de su inicio. Mientras otros colgaban el cartel de 'se vende' en sus establecimientos, Vicente abrió, e intentó hacer algo tan básico como difícil: sobrevivir. "Fue duro, pero había que seguir", confirma el hombre, de pocas pero firmes palabras.
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Su arranque estuvo marcado por la obstinación y por una idea que no terminó de funcionar del todo: comida para llevar, algo de transición, un intento de adaptarse a lo que parecía venir; pero no tardó en volver a lo que hoy es su seña de identidad: el tapeo, las raciones y un vino de excelente calidad: "Tenemos de todo, pero nuestra especialidad son las tapas de carne, porque de pescado ya hay en todos lados".

La Bodega Ank Vicente por dentro.
Una clientela de barrio
El bar tiene ese aire castizo que no se puede fingir, como de sitio que ha sobrevivido a modas y a calendarios sin perder la compostura. Es bullicioso en el sentido más noble del término: voces que se cruzan, risas que chocan con la barra, el ruido justo para saber que la vida está ocurriendo dentro. Y, sin embargo, entre tanto movimiento, conserva una rara sensación de cobijo, acogedora como esas casas antiguas donde uno siempre parece haber estado antes.
Es allí, entre maderas y lámparas en forma de ánfora, donde la barra y el vino logran reunir a la gente de El Tagarete. "Hay muchos vinos... blancos, riojas...", enumera, para después añadir: "Hay uno que siempre aparece en la cuenta: el vermú". El hostelero reconoce que se trata de una bebida que ya se pide, casi, por costumbre. Y luego están los otros: el Pedro Ximénez, el Jumilla o el Palo Cortado.
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Si bien la clientela ha evolucionado al igual que la calle, también es cierto que no deja de ser uno de esos bares que casi pueden llamar familia a sus clientes. En el momento de la entrevista -producto bruto de lo que está usted leyendo- había mesas que ya se conocían entre sí, personas que se saludaban al llegar y, prácticamente, sitios con nombre y apellido.

Bodega Ank Vicente, donde se reúnen los amigos.
Así lo cuentan sus muros, que funcionan como archivo gráfico. Fotografías que hablan de otra época, de reuniones largas, de celebraciones improvisadas, de grupos que han ido cambiando con el tiempo. "Son amigos de hace muchos años… algunos ya se han fallecido. Siempre se reunían aquí", cuenta, señalando un marco con un grupo de amigos sonrientes en su interior.
Entre esas historias aparecen militares, policías, grupos de amigos que han hecho del bar un punto de encuentro fijo, casi ritual. También toreros, en su momento, cuando el nombre todavía circulaba más por el boca a boca que por cualquier otra cosa. "Por aquí han pasado personalidades como Ruiz Manuel, el Cordobés...", enumera, con cierto orgullo en el rostro.
La cocina como evolución tranquila
La carta tampoco ha sido estática. Ha cambiado, pero sin prisa. La presa, por ejemplo, que antes era casi mínima, hoy se presenta con más capas, más intención, más juego: "Antes la ponía con pan… ahora le hago ajo blanco, salsa brava y huevo de codorniz", explica, a la vez que demuestra lo mucho que disfruta con la experimentación.

Tapa de presa junto a un vermú.
Al final ,todo se resume a una palabra: adaptación; un término que define bien el lugar: aquí nada se rompe, todo se ajusta. La carne sigue siendo el eje. Manitas, costillas, codillo, callos. Platos que no necesitan presentación porque ya tienen su propio público. "La gente viene expresamente a eso", resume.
Una mirada puesta en el futuro
Después de tantos años, la conversación acaba, casi sin querer, mirando hacia adelante, como si el propio lugar invitara a pensar en su continuidad más que en su final. Vicente lo dice con la serenidad de quien ha visto pasar etapas sin dramatizarlas, consciente de que todo negocio, con el tiempo, se transforma, pero también de que hay cosas que merecen permanecer.
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Y si algún día ese relevo llega, lo imagina sin estridencias, con la misma lógica con la que ha vivido todo esto: que el sitio siga siendo lo que es: un punto de encuentro donde la gente se reconoce, donde las mesas conservan memoria y las conversaciones parecen repetirse sin ser las mismas.