Los gigantes de 100 toneladas y 40 metros que se hacen en Almería y se exportan al mundo
Talleres Milán nació como una empresa familiar en 1950. Tres generaciones después, se ha consolidado como un referente en industria portuaria

Vicente Milán, tercera generación al frente de los Talleres Milán, con sede en Almería.
La infancia de Vicente Milán Carricondo estuvo marcada más de lo que un adulto estaría dispuesto a reconocer por las ausencias inevitables de un hombre que vivía con un pie en casa y el otro en los astilleros. Su padre, como tantos hombres de su tiempo, trabajaba sin horarios ni domingos: si había una emergencia, se sabía que estaba en un barco, en el puerto, o en cualquier rincón donde hiciera falta un motor en marcha.
En casa el mundo pesquero era más que un oficio: era el aire que respiraban. Sobre los arcones de la familia, las fotografías hablaban solas. En una de ellas, el pequeño Vicente aparece, con apenas cuatro años, encaramado a un barco de pesca. Su padre también aparece, reparando la embarcación.
Entonces los barcos se hacían de madera, con las manos curtidas de los calafates, una profesión ya extinguida. Y cuando el casco estaba listo, era su padre quien se encargaba de vestirlo por dentro: motores, hélices, líneas de eje, guardacalores, palos, puentes. Como si fuera un sastre de acero. Esa pequeña empresa familiar, fundada por el padre de Vicente junto a sus tres hermanos, es lo que hoy se conoce como Milán Port Equipment -o como los de siempre lo conocen: Talleres Milán-.

La puerta de las oficinas de Talleres Milán, junto al Puerto de Almería.
Tres generaciones con las manos engrasadas
"Mis tíos y mi padre eran hombres con pocos estudios, pero con gran habilidad manual; muy trabajadores y con visión empresarial", explica Vicente orgulloso. Esas fueron las aptitudes que impulsó la sociedad de los cuatro hermanos, que si bien inició sus andaduras reparando maquinaria y motores, se ramificó posteriormente en tres importantes líneas empresariales.
Nacieron así Náutica Milán, una tienda de pesca deportiva; Antonio Milán, centrada en los suministros industriales; y, por último, Talleres Milán, la vértebra del negocio original, que, a su vez, también se dividiría en dos, para acabar cada hermano con un negocio distinto. "Si ellos eran cuatro, primos éramos 17. Por eso se segregaron los negocios", aclara.
Aquel niño que trepaba por los barcos acabó siendo el heredero natural de una estirpe de ingenieros sin título y de trabajadores con vocación de mar. Porque aunque la empresa la fundara su padre, su abuelo también formó parte activa de aquellos primeros pasos, soldando la base de lo que hoy es Milán Port. Vicente representa así la tercera generación de una historia que hoy solo acaba de comenzar.

Vicente Milán, frente a la entrada de su nave, en el Puerto de Almería.
Fue en el año 1994 cuando tuvo la revelación. Aún estudiante de ingeniería industrial, lo enviaron al Puerto de Algeciras para trabajar en un proyecto de pasarelas de embarque. Los técnicos no lograban ponerlas en funcionamiento, el fallo parecía irresoluble… hasta que llegó él. Se puso a revisar cableados, electrónica, motores, sensores. Aquel joven con apellido de taller y cabeza de ingeniero las hizo funcionar. En marcha, con precisión. En ese momento, sin necesidad de medallas ni discursos, supo que el relevo no era una obligación: era una certeza.
Una evolución internacional
Fue en aquel puerto gaditano, donde Vicente Milán descubrió algo más que un nuevo encargo: se enamoró. Llevaba toda la vida entre barcos, pero, hasta que las hizo funcionar cuando nadie más pudo, nunca había reparado en las pasarelas como algo más que una pieza funcional. Aquel flechazo técnico lo cambiaría todo.
Desde entonces, la empresa familiar, Talleres Milán, comenzó a especializarse en esas estructuras que hoy conectan tierra y mar en medio mundo: Almería, Málaga, Mahón, Ciudadela, Melilla, Canarias, Puerto Rico, Los Ángeles, Liverpool, Singapur… La lista impresiona, pero Vicente lo tiene claro: "Para mí no es más satisfactorio una pasarela en Puerto Rico que otra en Almería. Aquí tenemos cinco, y son mi orgullo".

Pasarela en proceso de construcción, encargada para Puerto Rico.
La paradoja quiso que la gran expansión internacional naciera, precisamente, de una decepción. Talleres Milán se presentó a un concurso para construir una pasarela en Ceuta. No lo ganaron. Pero la derrota les dejó dos premios inesperados: por un lado, la oportunidad de construir uno de sus proyectos más emblemáticos, el puente colgante de Roquetas de Mar, una obra que muchos creían imposible de realizar en la provincia.
Por otro, su propuesta -aunque no elegida- llamó la atención de quien debía fijarse: la multinacional Global Ports Holding, el mayor operador de terminales de cruceros del mundo. Hoy, Milan Port es su socio exclusivo en proyectos internacionales. De aquel "no", surgió un sí que sigue abriéndoles puertas en todos los continentes.
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Hoy Vicente Milán sostiene el timón en solitario. Su hijo, que estudia ingeniería mecánica, podría ser el siguiente en la cadena, aunque Vicente no fuerza nada: "Dios dirá si quiere o no quiere", dice con la serenidad de quien sabe que este oficio no se hereda, se elige.
Lo que sí transmite, sin dramatismos pero con verdad, es el coste personal del compromiso. "No sé lo que es tener un mes de vacaciones", confiesa entre risas. Y lo dice sin queja, como quien ha hecho las paces con el ritmo de una vida que rara vez afloja. A veces, las vacaciones se disfrazan de visitas de obra, como este mismo año, en el que aprovechó un viaje a Canarias por trabajo para llevarse a la familia.

Cubípodo ganador a las puertas de Talleres Milán.
En la actualidad, el taller donde empezó todo ya se les ha quedado pequeño… otra vez. Hace apenas unos meses duplicaron su espacio al pasar de 2.000 a 4.000 metros cuadrados gracias a una nave cedida por el puerto. Hoy, Milán Port cuenta con 50 empleados directos y más de 100 si se suman oficios asociados como cristaleros, electricistas o hidráulicos. Si antes hacían una pasarela cada seis meses, este año construirán cinco. Gigantes de 100 toneladas y 40 metros, cada una distinta a la anterior, como es el caso de la premiada en Málaga, cuyas columnas imitaban árboles y se integraban en el paisaje.
Y como símbolo de su capacidad para hacer historia, a la entrada del taller reposa un cubípodo de hormigón: no uno cualquiera, sino el número uno del mundo. Fue el primero que se fabricó, fruto de un diseño de Antonio Corredor con OHL, y Milán Port fue quien lo hizo realidad. Hoy ese sistema se usa en puertos de todo el planeta para domar las olas.