El vandalismo, esa extraña afición que nunca se pasa de moda en Almería
Es difícil encontrar un espacio público que no haya sido profanado por los bárbaros

Panel ilustrativo que coronaba la cima de la Campita en La Molineta completamente destrozado.
En Almería siempre hemos tenido una buena cantera de vándalos, de personajes que han basado su existencia en destrozar lo público, ya fuera un parque, una estatua o un estanque. No es una afición nueva, todas las épocas han tenido sus gamberros oficiales que han ido dejando su sello por las calles. El ‘gamberrismo’ llegó a convertirse en un movimiento imparable en los últimos años de la dictadura y durante la Transición. En el verano de 1968 hubo un linchamiento de cabinas telefónicas que no dejó un teléfono a salvo en la ciudad y se originaron destrozos en todas las fuentes del Parque.
En septiembre de 1969, el Ayuntamiento instaló el Parque Infantil de Tráfico en el último tramo del cauce de la Rambla, frente a la calle Reina Regente para el disfrute de los almerienses. Antes de que la gran riada de abril de 1970 se llevara por delante las instalaciones, una pandilla de golfos ya había causado graves destrozos en las pistas. Los vándalos se divertían con los bidones vacíos de betún asfáltico que tiraban a la Rambla y los utilizaban como vehículos en las vías del maltrecho Parque de Tráfico. El llamado ‘gamberrismo’ fue una pesadilla constante en aquellos tiempos, una moda que fue degenerando hasta alcanzar los límites de la delincuencia juvenil en los años de la Transición, cuando ir al Parque de noche se convirtió en una aventura poco aconsejable. En 1977, diez años después de que se inaugurara el recoleto Parque Infantil frente a la fuente de los Peces, de las atracciones originales sólo se mantenía en funcionamiento un maltrecho tobogán, que sobrevivía en medio del abandono general del recinto.
La huella del vandalismo sigue presente en la ciudad. Si usted se da una vuelta por ese escenario bucólico que es el Cordel de la Campita, que corona uno de los cerros de la Molineta cerca de los colegios Francisco de Goya y Cruz de Caravaca, podrá comprobar que los vándalos no respetan ni los rincones más alejados. La subida de un kilómetro a la Campita es una de las rutas más bellas del senderismo local. No hay un lugar tan cercano al centro de la ciudad donde se pueda disfrutar de unas vistas tan espectaculares y de la tranquilidad que se respira en este rincón de la Molineta. Caminar allí es un ejercicio del corazón y del alma, es huir del tumulto del Paseo Marítimo donde los que salen andar tienen que ir esquivando perros y ciudadanos que deambulan como zombis, absortos en la pantalla de un móvil.

La acción del hombre ha dejado mutilado uno de los columpios de la subida a la Campita.
La Campita es otra historia, una cuesta de un kilómetro de longitud que te exige un esfuerzo distinto y te regala un auténtico tesoro para los sentidos. Este territorio grandioso está sufriendo constantemente el azote del vandalismo. A alguien no le ha debido gustar el panel que coronaba la cima en la que a través de una fotografía panorámica se explicaba al caminante los distintos escenarios de la ciudad que aparecían en el horizonte, y lo ha destrozado para que sea irreconocible. La mano del mal ha actuado también en el humilde espacio de atracciones infantiles que se había levantado a mitad de la cuesta, un lugar frecuentado por las tardes por madres con sus hijos. El gamberro de turno pasó por allí y no se le ocurrió otra idea que llevarse uno de los columpios completos, con asiento y cadenas.
La hermosa subida a la Campita se ve castigada también por esa otra plaga que nos azota por todos los rincones de la ciudad, la de los dueños de los perros que aprovechan la soledad de aquel escenario para dejar los excrementos de su mascota en el suelo. A éstos tampoco hay quién los pare.