El taller más pequeño del mundo
Estaba en la calle Mariana y era el lugar de trabajo del zapatero Manuel Salinas

Taller de Manuel Salinas, en la calle de Mariana, donde estuvo ejerciendo la profesión de zapatero remendón hasta que en los años 80 se cambió de local.
Decir que aquello era un portal puede resultar una exageración; más bien, era medio portal, una galería minúscula sin más ventilación que la puerta de entrada, que siempre estaba abierta para que se pudiera respirar.
El habitáculo era el taller del zapatero remendón Manuel Salinas, quizá el taller más pequeño que existía entonces en Almería, un auténtico pasadizo donde por no caber no cabía ni la luz. Para poder hacer su trabajo el zapatero se iluminaba de un flexo que era una reliquia, tan antiguo que parecía un milagro que pudiera sostener el peso de una bombilla.
En apenas dos metros de ancho y cuatro de largo, el zapatero se montó su propio imperio: nunca tan poco espacio dio para tanto negocio, jamás nadie pudo ver un suelo, unas paredes y un rincón tan bien aprovechados. Era sorprendente como aquel artista del cuero y la cuchilla podía sobrevivir entre aquellos montones de zapatos que se acumulaban en el suelo como los restos de un naufragio. Lo que resultaba más asombroso aún era la facilidad de aquel hombre para encontrar en medio del caos los zapatos de cada cliente, como si el oficio le hubiera ido creando un instinto superior que le permitía llegar al objetivo de memoria.
Aquel portal, situado en la calle de Mariana, que entonces formaba parte del corazón comercial de Almería, tenía vocación de confesionario. Había clientes que pasaban todos los días por allí aunque no tuvieran nada que arreglar, solo para disfrutar de la conversación del zapatero y para impregnarse de aquella atmósfera medieval que te permitía apartarte del mundo.
No recuerdo, de niño, haber visto cerrado nunca el negocio. Ya podía llover con fuerza, ya podía partirse el cielo en dos, ya podía soplar un viento huracanado, que el portal del zapatero siempre estaba abierto. Solo se levantaba de su taburete cuando la vejiga le apretaba y no tenía otra salida que buscar refugio en el aseo de la confitería que estaba enfrente.
Allí, en aquel agujero que pretendía ser portal, desayunaba antes de que saliera el sol; allí descansaba veinte minutos para el almuerzo y allí fue consumiendo su vida entre el olor a cola y a betún, con las manos curtidas del trabajo y los dedos tan manchados de tinte que ya no le hacía efecto ni el aguarrás.
Era un placer sentarse enfrente y contemplar la habilidad de aquel artesano, la forma en la que cortaba el cuero con una cuchilla rudimentaria, el sonido que hacían los clavos entrando en el calzado, el suave baile que la brocha, untada de pegamento, ejecutaba sobre las suelas de unas sandalias.
Aquel minúsculo portal era una conquista para el zapatero, que siempre recordaba su historia familiar, cuando empezó trabajando a la intemperie. Los Salinas, vieja estirpe de zapateros remendones de Laujar, se instalaron al acabar la guerra bajo uno de los soportales de la Plaza Vieja y allí montaron un taller ambulante.
Manuel Salinas Valverde sólo era un niño cuando empezó a ganarse la vida con su padre. Antes de aprender a leer y a escribir ya sabía poner una suela y pasar la aguja y el hilo por las grietas de un zapato. Eran tiempos difíciles: la guerra había acabado, pero había dejado un rastro de miseria del que pocos se libraban. La gente era pobre de verdad y las condiciones de vida muy duras.
Manolo ‘el zapatero’ no olvidó jamás las manos de su padre, rígidas por el frío, cortando el cuero de unas sandalias en aquella Navidad de 1943, la más lluviosa que él recuerda. Desde Noche Buena a Reyes no paró de llover y el invierno se hizo interminable bajo los soportales del ayuntamiento. Llovía y el agua, empujada por el viento, apagaba la pobre lumbre que con cuatro trozos de madera y la viruta que pedían en la carpintería, les aliviaba el frío que congelaba la habilidad de las manos de los zapateros.
Allí paso parte de su infancia, hasta que pudo ahorrar algún dinero y alquilar un simulacro de portal en la calle de Mariana. La aventura le dio resultado: durante cuarenta años, Manolo vivió, trabajó y progresó medio oculto entre una montaña de zapatos que se comían el reducido espacio del local. Eran tiempos en los que el calzado era un artículo de lujo y unos zapatos duraban varios inviernos y unas sandalias media vida. Cuando se rompían, allí estaba Manolo Salinas para dejarlas como nuevas.
El portal de la calle Mariana fue el portal más famoso de Almería; parecía sacado de una novela de Dickens. En aquel océano de zapatos, en medio de un irrespirable olor a cola, Manolo parecía un náufrago agarrado a su vieja cuchilla de cortar el cuero y media docena de clavos colocados en la boca como si fuera un fakir.