Los inocentes paseos de los ‘conejicos’
Aquellos bonetes de tres picos le daban a los seminaristas un aire infantil cuando los sacaban a pasear por las calles

La playa del puerto pesquero y el faro eran lugares habituales en las excursiones que hacían los seminaristas para respirar la otra realidad, la que estaba fuera de las aulas y de los templos.
Era un tiempo en el que había tanta fe como necesidades, una época, allá por los años cuarenta, en la que ser cura era una oportunidad para tener un oficio para toda la vida y también para encontrar una vocación.
Para muchas familias tener un hijo sacerdote era una alegría que tenía que pasar primero por encontrar un hueco libre en el Seminario. Era tanta la demanda que las aulas del viejo edificio de la Plaza de la Catedral se quedaron pequeñas y hubo que aumentar el número de alumnos por clase y ampliar el comedor. Una nueva generación de niños a punto de dar el salto a la adolescencia invadió las dependencias de aquel espacio donde la presencia de Dios era constante, desde el desayuno hasta la cena. Dios estaba entre las hojas del libro de Aritmética, en cada frase del Catecismo y en cada palabra que pronunciaban los profesores, como si en el mundo no hubiera más sabiduría que la que venía directamente del cielo.
Había que formar a los niños para que tuvieran una fe rigurosa, sin dudas que pudieran alterar su camino. A la hora de lograr ese objetivo la figura del profesor era fundamental porque tenía la doble función de prepararlos para la vida y sobre todo para la labor pastoral.
En aquellos primeros cursos del Seminario después de la guerra fue clave la influencia de don Miguel Sánchez Martínez, prefecto de estudios y profesor de derecho canónico del Seminario de San Indalecio, antes de convertirse en rector. Don Miguel era un profesor dialogante con grandes cualidades para la enseñanza. Exigía una fuerte disciplina dentro del aula, pero no era partidario de los castigos públicos ni de las humillaciones. Cuando consideraba que un alumno se había equivocado en su comportamiento solía convocarlo a solas en su habitación y lo corregía a fuerza de razonar, de hacerles ver con la fuerza de las palabras el camino correcto, que siempre el mismo, que siempre conducía hasta Dios.
Don Miguel tuvo una influencia extraordinaria en los seminaristas gracias a sus métodos de enseñanza y a la forma de relacionarse con los alumnos. Se decía entonces que se notaba el seminarista que había pasado por sus manos porque llevaba una formación distinta. Además de su afición por el diálogo y el razonamiento, don Miguel Sánchez era un enamorado de las largas caminatas que despejaban la mente y aliviaban el alma de los muchachos.
Los jueves por la tarde, como no había clases, se solían organizar excursiones que se repetían después los domingos. A don Miguel Sánchez le gustaban los paseos largos para poder ir hablando con los jóvenes sin límite de tiempo. Más de una vez se los llevó andando a Aguadulce por las veredas de tierra del camino romano. Cuando los niños salían por las calles, uniformados, en fila, con aquellos bonetes de tres picos tan peculiares, la gente solía decirles al paso: “ya vienen los conejicos”.
Eran frecuentes las incursiones de los alumnos del Seminario con su profesor a la lejana playa del puerto pesquero y al faro, lugares idóneos por su soledad y la presencia del mar para que los jóvenes pudieran respirar la otra realidad, la que estaba fuera de las aulas y de los templos.
Todos los veranos, el profesor le remitía una circular a los seminaristas donde les daba a conocer los temas de las charlas que iba a ir dando a lo largo del curso siguiente. Los domingos, mientras los niños almorzaban en el comedor, don Miguel se paseaba lentamente entre las mesas comentando y explicando con detalle y entusiasmo el contenido y el mensaje de cada una de sus cartas.
En aquellos primeros años de la posguerra, fue muy importante también la figura de don José Méndez Asensio, el célebre Padre Méndez. Los seminaristas de entonces lo recuerdan como un hombre extraordinario que tenía fama y hechos de santo. Dicen que era la sencillez personificada, espiritual, elegante, pulcro, respetuoso, dotado de una gran inteligencia y una oratoria dulce y atractiva de poeta.