Los socios de la grada de terrao
Los balcones y las azoteas que rodeaban el estadio se llenaban cada domingo de aficionados que no querían pagar

Un partido de la A.D. Almería en el estadio de la Falange con esa otra afición que veía el espectáculo desde los terraos cercanos.
El entorno del estadio de la Falange se fue transformando mientras que aquel recinto destartalado se fue quedando anticuado sin que nadie le diera el alivio de una mano de pintura. Alrededor del estadio fue creciendo la ciudad y cuando en los años sesenta empezaron a construir nuevas viviendas de una altura que superaba las tapias que coronaban el graderío, surgió un nuevo grupo de aficionados, los ‘socios de la grada de terrao’.
En los primeros años setenta, cuando empezó a caminar un nuevo club, la A.D. Almería, cada domingo que el equipo jugaba en casa aparecían esos hinchas oportunistas que tenían el privilegio de poder presenciar el partido sin tener que pasar por taquilla. Unos se acomodaban en los balcones de las viviendas y otros en las azoteas, aprovechando la amistad o el parentesco con los dueños del piso. Allí se colocaban, como señores, algunos con sus sillas, sus bolsas de pipas y sus bocadillos, disfrutando a medias del espectáculo, ya que la distancia no les permitía ni animar ni gritar como lo hacían los verdaderos hinchas que pagaban religiosamente su localidad. Un socio de grada de terrao podía chillar todo lo que quisiera, protestarle al árbitro o increpara al linier, pero era en vano ya que nadie, salvo los vecinos de al lado, lo iban a escuchar.
El fútbol de Almería arrastraba entonces un viejo problema que le impedía crecer. Heredamos la costumbre de entrar sin pagar a los espectáculos y si podías buscarte el chanchullo para ver un partido de ‘gañote’ no lo dudabas y así te ahorrabas unos cuantos duros. El club necesitaba la ayuda de la afición y cada temporada se esforzaba en poner en marcha una campaña de socios potente que tocara el corazón y el bolsillo de la hinchada, aunque casi nunca lo conseguía, ya que en esta ciudad había más seguidores de barra de bar que de estadio.
En aquellos años de la A.D. Almería la buena gestión de las directivas consiguieron que la mayoría de las veces el equipo estuviera muy por encima de la respuesta de la afición. Costaba mucho llenar el viejo estadio con su graderío limitado y solo se conseguía en acontecimientos muy especiales como los partidos en los que estaba en juego un posible ascenso. Forman parte de la memoria de la ciudad los llenos históricos ante el Real Oviedo en la Copa del Generalísimo, en enero de 1974 y el del partido de promoción de esa misma temporada que se jugó frente al Córdoba, en los que hubo que montar gradas supletorias para responder a la demanda de los espectadores.
Lo que sí solía llenarse con frecuencia era el palco del estadio, donde nadie pasaba por taquilla. Aquel balcón era el palco oficial del estadio de la Falange, un palomar donde se exhibían los mejores ejemplares de nuestra fauna militar y política. Cuando había un partido importante los aficionados miraban al palco para entender que esa tarde nos jugábamos algo más que tres puntos.
El viejo palco del estadio nos recordaba el coliseo romano que veíamos en el cine, con la tribuna del emperador mandando sobre el pueblo, aunque con mucho menos glamour. Nuestro viejo palco se desvanecía de viejo y las grietas amenazaban su integridad domingo tras domingo. Estaba presidido por el yugo de Falange labrado en hierro y sus asientos eran humildes sillas de madera plegables, las mismas que utilizaban los policías armadas que vigilaban alrededor del terreno de juego.
El palco del estadio era un refugio masculino donde se fumaban grandes puros y los inquilinos se quitaban el frío con copas de coñac. Porque allí arriba siempre hacía frío ya que por las tardes daba la sombra y corría el aire fresco que llegaba del mar. El palco era un lugar de gabardinas perennes, el mejor sitio para coger un resfriado. Además de pequeño, incómodo y frío, el palco tenía que soportar el castigo de uno de los altavoces del estadio que estaba justo encima del balcón, por el que sonaban desacoplados los acordes de las marchas militares que entonces componían la principal banda sonora en los campos de fútbol del país.