La historia de la casa más encantadora de la provincia de Almería
Es un experimento de cal blanca y recovecos en forma de cubos que nunca pudo ser habitada por el genial arquitecto que la ideó en 1962

La Casa del Laberinto fue construida en Carboneras en 1962 por el arquitecto André Bloc.
Han pasado más de seis décadas y sigue ahí, flotando en el desnudo terraplén, como el primer día desde que la imaginara su mentor, desafiando a la playa de Las Marinicas; sigue ahí -en Carboneras, en la mar divina- esa vivienda insólita, estrafalaria, la Casa del Laberinto, con su aspecto intrigante, con su porte erótico, como testimonio fronterizo entre el arte y la arquitectura, como uno de los iconos más interesantes de ese pueblo de jarcias y atochares amarillos.
Ha cumplido 62 años la Casa del Laberinto desde que fue concebida por André Bloc, aquel judío francés que se trajo Madame Dominique (la Madame Bobary de Carboneras). Fue en ese tiempo en el que el Pueblesico relinchaba como un potro salvaje y se iba configurando una pequeña colonia de intelectuales y artistas extranjeros a la manera de una Cadaqués meridional. Tras la irrupción de Dominique Aubier, cuyo nombre real era Marie Luise Labiste. llegaron otros como el venezolano Jesús Soto, los argentinos Julio Le Parc y Antonio Asís, el griego Vasilakis Takis, el alemán Hans Hartung, el novelista Castillo Navarro, el otorrino Tomatis inventor de la Oreja Electrónica para rehabilitar a sordos, el periodista Pierre Dumayet, el arquitecto tunecino Cacoub, es escultor Berrocal y el pintor Pillet. Todo este bohemio equipo de saltimbanquis de la vida se dieron en crear la Sociedad de Amigos de Carboneras, que estaba orquestada por Dominique, lingüista e investigadora de la obra de Cervantes, “una morena exuberante, de ojos ocuros y pelo recogido en la nuca como una hembra bíblica” según la recordaba su amigo el diplomático Rafael Lorente.
Dominique había llegado antes a Mojácar, coincidiendo con la época en la que el alcalde Jacinto promovía el municipio, en trance de desaparecer, regalando solares, pero no hizo buenas migas con la francesa y la reexpidió amablemente a Carboneras.
Quizá, por los relatos de la época, el equipo de artistas, que se sentaba a la caída de la tarde en los veladores del arcaico bar Felipe, tenía más intereses en comprar tierras y urbanizarlas para enriquecerse que en fomentar la cultura.
En ese escenario aterrizó Bloc en Carboneras y en un paseo por la playa en compañía de su anfitriona Dominique fue cuando decidió el preciso lugar en el que iba a construir la casa cúbica que tenía ya diseñada en su cabeza. André Bloc había nacido en Argelia en 1896 pero siendo niño marchó con sus padres a París don estudió arquitectura, conoció a Le Corbusiere y se consolidó como un gran artista plástico. Un año antes de su viaje a Carboneras ya había construido una casa-escultura similar en el jardín de su propia vivienda parisina.
Las obras de la fantasmagórica casa comenzaron bajo la supervisión de su amigo y socio, el arquitecto Claude Parent y finalizaron un año más tarde. El contratista fue un artesano de Huércal de Almería llamado José Padua quién realizó los trabajos con ayuda de sus hijos y de algunos peones de Carboneras que no daban crédito a las instrucciones que aparecían en los planos y que permanecían entre atónitos y pasmados ante la delirante exhibición de excentricidad constructiva. El nombre de ‘Casa del Laberinto’ se debe a un personaje de la localidad al que llamaban Manuel el Cachín que trabajó en las obras y que cuando regresaba al pueblo y le preguntaban por la vivienda decía: “Es un laberinto, no tiene ni pies ni cabeza”. La construcción, de aspecto embrujado y llena de recovecos, es un homenaje a la cal almeriense en medio de la playa solitaria, como una tarta de chocolate blanco. Bloc utilizó mampostería de piedra molinera, mortero de cal y arena recubierta de cemento y arcos de ladrillo en las bóvedas, trayendo el agua de un pozo cercano.
La carpintería la realizó el maestro local Salvador Alarcón Vilar. La maqueta de la vivienda carbonera se encuentra expuesta en el Centro Pompidú de París. Bloc nunca llegó a habitar la casa puesto que murió en un accidente en La India. Fue adquirida después por Antonio Scotto, un personaje familiarizado con el arte que vive allí por temporadas con su familia y que construyó una vivienda anexa, sin romper el encanto de la original, en ese paisaje casi lunar por el que hasta hace una décadas pasaban rebaños de cabras frente al tránsito de camiones de la fábrica de cementos.
Allí sigue como el primer día la Casa del Laberinto, en manos de Scotto, como una gruta habitada por un anacoreta, como la herencia del experimento plástico de su autor que se fue demasiado pronto sin conocerla como casa doméstica.
Allí, en su interior, están igual que el primer día los sillones de piedra, los espacios oníricos que evocan a Gaudí, a solo un kilómetro del pueblo, como un imán de la periferia, como una marca blanca familiar que los barcos marrajeros divisaban al volver al pueblo por San Antonio con los palangres recogidos y la bodega con atunes a mansalva.