Los buenos ratos en los trancos
El tranco era un espacio de socialización, un territorio común que unía a los vecinos

Vecinos de la Plaza Cepero echando un rato en los trancos de la puerta cuando se podía tomar el sol sin temor a sucumbir en el intento.
El tranco era un espacio de socialización con más poder aún que el colegio o la familia. Bastaba con sentarse en un tranco con los amigos para tener la sensación de que el mundo estaba en tus manos. Esa felicidad que producía la camaradería, ese placer de compartir las cosas que estaban prohibidas, se masticaba en aquellos humildes trancos de nuestras casas y nuestras calles, tan desgastados por el paso del tiempo como por las posaderas de los niños.
Llevábamos la huella de los trancos marcada en el pantalón y en el alma. Cada vez que terminábamos de jugar y llegaba el momento de tomarnos un descanso, buscábamos el refugio del tranco más cómodo para seguir disfrutando. Siempre había un tranco preferido que se llenaba de niños a la salida del colegio. En los trancos nos cambiábamos los cromos repetidos cuando con los bolsillos llenos de estampas íbamos buscando las últimas que nos faltaban para completar la colección.
En los trancos nos acostábamos cuando después de una carrera caíamos rendidos sobre la piedra, sin importarnos la mugre que tenía el tranco ni las hormigas que siempre estaban al acecho. De nada servían las recomendaciones que nos daban nuestras madres antes de salir de la casa cuando decían: “No te vayas a sentar en un tranco con la ropa de ir al colegio”. Una vez que estábamos en la calle nos sentíamos tan libres que cultivábamos sin mesura el placer de la desobediencia.
El tranco era el sillón preferido de los niños cuando las calles formaban un gran escenario donde nunca se echaba el telón. Cómo disfrutábamos cuando sentados en aquel tranco que estaba en la ruta del instituto veíamos pasar las bandadas de muchachas con los libros pegados al pecho. Nuestros primeros amores surgieron en un tranco cuando corríamos el riesgo de que todos enamoráramos de la misma. Qué vergüenza sentías cuando las niñas pasaban por delante y el más atrevido del tranco te delataba diciéndole a una: “Dice mi amigo que le gustas”.
En el tranco la vida nos parecía distinta. Era como colocar un trono en medio de la calle y sentarte a ver como el río pasaba por delante. Las mejores naranjas que me comí cuando era niño eran las que devoraba después del almuerzo sentado en el tranco de la puerta de mi casa en aquellas suaves tardes de noviembre en las que podías tomar el sol sin miedo a que te llevara por delante.
Cada tranco tenía su impronta, su propia vida. Los trancos que estaban cerca de tu casa te invitaban a la contemplación porque te sentías vigilado por tu madre o por las vecinas que te conocían de toda la vida. Los trancos lejanos, los que traspasaban los límites de tus fronteras cotidianas, te ofrecían la posibilidad de compartir las gamberradas y los pensamientos impuros con tus amigos sin que nadie te limitara. Fuimos muchos los que compartimos nuestros primeros cigarrillos sentados en uno de aquellos trancos que parecían más viejos que la calle. Entonces se compartían tanto que un Ducados o un Fortuna era cosa de tres o cuatro, y así, calada a calada, íbamos fortaleciendo la solidez del grupo.
En casi todas las calles había un tranco prohibido. Siempre aparecía una vecina que le declaraba la guerra a los niños y no permitía que las reuniones se celebraran en su puerta. Era habitual que los trancos frecuentados por niños se quedaran cubiertos de cáscaras de pipas y de suciedad, lo que justificaba la hostilidad de las vecinas.
Para espantar a las pandillas el método más recurrido era el de regar el tranco con agua y si este recurso no funcionaba se echaba mano de la lejía, que era un remedio infalible para despejar el tranco. Había también trancos solemnes, como el de la puerta de la Catedral, que en los veranos se convertía en un foro infantil. Los curas salían a la puerta para intentar convencer a los inquilinos que aquél no era el escenario apropiado para tumbarse a descansar ni para organizar tertulias y los invitaban, siempre con buenos modales y en nombre de Dios, a buscar otro refugio.
Sentados en un tranco, los niños de mi calle jugábamos a colocar patatas y huevos en medio de la calzada y esperar a que pasara algún vehículo y lo aplastara. Cuando esto sucedía aquel senado infantil estallaba en aplausos ante la mirada confusa del conductor. Sentados en un tranco compartíamos las bolsas de pipas cuando el sueldo no nos daba para grandes alegrías, jugábamos a contar historias de miedo a la caída de la noche y organizábamos grandes partidas de cartas con aquellas barajas infantiles que se pusieron de moda en los años setenta.
Teníamos trancos de verano, donde siempre daba la sombra, y trancos de invierno, donde nos sentábamos a disfrutar del calor del sol. Disponíamos también de la intimidad de los trancos interiores, los trancos de los portales, aquellos que no estaban a la vista de la gente y que nos permitían aislarnos del mundo por unos instantes.