La Voz de Almeria

Tal como éramos

Las paredes de papel de los años 70

El papel pintado permitió a la clase media renovar sus casas con una estética rompedora

En 1972 abrió sus puertas la tienda de papeles pintados de Domínguez, en la calle Trajano.

En 1972 abrió sus puertas la tienda de papeles pintados de Domínguez, en la calle Trajano.

Eduardo de Vicente
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Un día desaparecieron los desconchones de las paredes de las casas y con ellas la figura del blanqueador que una vez al año nos visitaba para darle unas mano de pintura que tapara los desperfectos que iba causando el paso del tiempo.

La irrupción del fenómeno del papel pintado transformó la fisonomía del hogar tradicional, convirtiendo las paredes en lienzos efervescentes donde estallaban patrones geométricos, formas psicodélicas y audaces combinaciones cromáticas. Más que un simple recurso estético, este revestimiento democratizó el interiorismo y permitió que la clase media, que estaba en alza, expresara su identidad mediante una estética rompedora que desafiaba la sobriedad de las décadas anteriores.

Cubrir el salón o el pasillo con esos hipnóticos diseños no solo alteraba la percepción espacial de los espacios cotidianos, sino que simbolizaba la llegada del espíritu moderno, libertario y vibrante de toda una época al corazón de la vida familiar.

Los años setenta modificaron nuestros escenarios más cercanos. Vimos como nuestros barrios antiguos se modernizaban con la construcción de nuevos bloques de edificios que trajeron más vecinos y nuevos negocios, y asistimos también a transformaciones importantes que se instalaron en nuestros hogares, muchas de ellas de la mano de los anuncios de la televisión. El aparato de la tele se generalizó, llegando hasta los comedores más humildes y se convirtió en uno más de la familia. Ocupó el puesto más importante de la casa, el más visible, convirtiéndose en un mueble de lujo que muchas madres solían adornar colocándole encima un pequeño tapete de ganchillo sobre el que reposaba un jarrón de flores.

La tele nos trajo también la moda del papel pintado, que entró como un cañón en todos los hogares. El boca a boca funcionó a marchas forzadas y cuando unos vecinos del barrio forraban las paredes de las habitaciones de papel pintado, los otros no tardaban en copiarle la idea. El papel, sembrado de colores, flores y estampados, llegó con la promesa de quitarnos la humedad y de cambiar el aspecto monótono de nuestras paredes, que se llenaron de vida para adaptarse a los nuevos tiempos.

En mi casa, la llegada del papel pintado fue un cambio tan brusco que los niños nunca llegamos a superar, ya que nos cortó de raíz la costumbre de jugar al fútbol en las habitaciones. La nueva decoración exigía nuevos modales dentro de las casas.

En Almería hubo varios comercios que destacaron por su apuesta por esta nueva moda. En la calle de Regocijos, la firma ‘Víctor Decoración’; en la calle Trajano la tienda de la familia Domínguez, y en la calle Real, ‘Papeles Pintados Real’, con sus escaparates donde anunciaban las tres marcas más populares de entonces: Goya, Colowall y sobre todo, FPD, que era el papel pintado más famoso por aquel anuncio de televisión que nos dejó en la memoria el recuerdo de su estribillo: “Para decorar con buen gusto. La belleza de las nuevas paredes”.

El papel pintado nos decoró las habitaciones y se llevó por delante una costumbre muy arraigada entre los adolescentes de aquel tiempo, los pósteres del dormitorio. El día que vimos entrar en nuestra habitación a un padre y a una madre ‘armados’ con una brocha, un cubo lleno de cola y varios rollos de papel pintado, comprendimos que la fotografía de nuestro cantante favorito y de nuestro equipo de fútbol tenía que pasar al olvido del cajón. Cuantos pósteres del Ché Guevara pasaron al rincón del olvido por culpa de aquel papel psicodélico que nos invadió sin darnos un respiro.

El papel pintado formó parte de una época, conviviendo con otras costumbres, con otros detalles que también fueron flor de un tiempo dentro de los hogares. Tan característico como el papel decorativo era el cuadro con la imagen de Jesús que se colocaba junto a la puerta de entrada con un eslogan que decía “Dios bendiga esta casa”, o las figuras de San Pancracio y San Martín de Porres que velaban por nosotros.

El papel pintado convivió con las mesas de camilla que en invierno eran el punto de reunión de la familia, en las que se colocaba el brasero que tantas suelas de zapatos se llevó por delante. Todavía teníamos en las casas aquellos viejos interruptores de la luz en forma de pera y manteníamos la tradición de la escupidera debajo de la cama por si había que orinar durante la noche.

En aquella época nos llegó otra moda de fuera que nos servía para averiguar el tiempo que iba a hacer al día siguiente en una época donde el hombre del tiempo del Telediario nunca acertaba con Almería. “Aquí se estrellan los talentos”, solíamos decir cuando la noche anterior nos había contado que iba a llover. Aquella moda de la climatología nos llegó de Melilla, y era una casa de madera que se colgaba de la pared, con dos puertas en las que aparecía, o un señor con chubasquero o paraguas si se acercaba una borrasca, o una señorita vestida de primavera si venía el buen tiempo.

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