La Voz de Almeria

Tal como éramos

Cuando un tatuaje te delataba

Los tatuajes, que hoy parecen imprescindibles, estaban mal vistos hace 50 años

Jóvenes de los años 60 en la playa del Club Náutico, cuando era una rareza encontrarse a alguien con un tatuaje en la piel.

Jóvenes de los años 60 en la playa del Club Náutico, cuando era una rareza encontrarse a alguien con un tatuaje en la piel.

Eduardo de Vicente
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Tatuarse se ha convertido en mucho más que una moda. En estos tiempos de exhibicionismo desbocado que vivimos, alentado por la fuerza de las redes sociales, los cuerpos se han transformado en escaparates que hay que mostrar continuamente. Vivimos hacia fuera, en una exhibición constante y esta nueva realidad ha generado una obsesión imparable por llenarse el cuerpo de dibujos y de frases que en algunos casos pretenden ser ingeniosas o estar cargadas de mensaje, pero que en el fondo solo buscan atraer la atención de los demás hacia tu propio cuerpo.

Hemos llegado tan lejos que cada día es más complicado cruzarte en la calle con alguien que no lleve un tatuaje, que para muchos se ha convertido en una forma de espiritualidad concebida a contracorriente, es decir, hacia fuera.

Los tatuajes, que hoy parecen imprescindibles para tener un sitio en la sociedad, tenían mala prensa hace 50 años, cuando llevar un tatuaje en el cuerpo te delataba. Se tatuaban los legionarios y los regulares, los presos, los hipíes con los pelos largos y las mujeres de la vida.

Los tatuajes que más llamaban la atención solían ser los de los legionarios que venían del norte de África a participar en algún desfile o en las maniobras que de vez en cuando se organizaban en el campamento de Viator. Los tatuajes del Tercio combinaban el imaginario militar, la devoción religiosa, el sentimentalismo popular y una fuerte carga de fatalismo que alcanzaba su zenit con aquella frase lapidaria de ‘Viva la muerte’ o ‘Nací para sufrir’.

Había legionarios que llevaban grabado en el pecho un corazón de tinta china donde se podía leer ‘Amor de madre’ o el nombre de un amor que se había quedado atrás, esperando en otro puerto. Era un espectáculo ver a los legionarios cuando se bajaban del barco y salían por las calles como si fuera la primera vez que pisaban la tierra. Eran jóvenes desbocados que mostraban sus pechos curtidos por el sol y la instrucción debajo de aquellas guerreras desabrochadas.

Los tatuajes formaban parte de su indumentaria sentimental. Recuerdo que en aquel tiempo se decía (no sé si sería verdad), que detrás de muchos de aquellos soldados había verdaderos dramas, como el haber pasado antes por la cárcel y que el camino de la redención pasaba por alistarse al temido Tercio.

Los tatuajes le daban a los legionarios una aureola de héroes de película de serie B y los rodeaba de un misticismo de pelos en el pecho y tinta china, como el de aquellos valientes soldados del cine americano que esquivaban el miedo en las cantinas baratas de un puerto de mar.

El eslogan más repetido era el de ‘Amor de madre’. Cuando aparecía un legionario con este mensaje grabado en el pecho, imaginábamos una triste historia de despedidas y de distancias insalvables y se nos venía a la cabeza la figura de una sufrida madre que lloraba por el hijo al que no veía. A los niños de entonces los tatuajes que más nos gustaban eran los que hablaban de una pasión lejana. Había legionarios que se grababan en el pecho la cara de la novia y debajo le colocaban el nombre: ‘Mi Isabel’. Otras veces se pintaban un corazón atravesado por puñales con el nombre de los dos enamorados. Aquel gesto nos parecía una demostración de amor irrefutable, casi tan auténtica como la nuestra cuando con una navaja dibujábamos un corazón en el tronco de un árbol.

La iconografía de los tatuajes antiguos no era tan variada ni tan artística como la de ahora. Se llevaba mucho entonces el emblema de la Legión, la figura de un Cristo en la espalda o en el pecho, la calavera que desafiaba la muerte y los ya mencionados corazones que siempre han sido un clásico en el variopinto universo del tatuaje.

Otra academia del tatuaje era la cárcel. Pasar por prisión no solo dejaba una herida psicológica para toda la vida, también quedaba la huella impresa en el cuerpo, en alguno de aquellos tatuajes burdos y ordinarios que parecían hechos con una navaja y un tintero. Los tatuajes presidiarios o talegueros, como también se conocían, hablaban sobre todo de libertad y de los amores que se quedaban esperando fuera. Recuerdo un muchacho de mi barrio que después de pasar tres años en prisión apareció con el brazo tatuado con una mujer desnuda que se contorneaba en cada movimiento de los músculos del antebrazo.

Lo que era casi imposible entonces era cruzarse con una muchacha que llevara un tatuaje en el cuerpo. Solo se tatuaban las mujeres de la vida, las más atrevidas, y lo hacían casi siempre por amor, o más bien empujadas por el desamor, invocando en los dibujos a ese hombre que habían perdido. ‘La Mami’, una cordobesa que acabó viviendo y muriendo en la zona de las Perchas, llevaba grabada, en la parte alta del brazo, la imagen de la Fuensanta, una Virgen muy querida en Córdoba. Había otras mujeres que se grababan los nombres de sus hijos en un gesto supremo de amor incondicional.

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