Saja (24 años), estudiante palestina: “Oír un avión sobre Almería me devuelve a la guerra”
La joven ha pasado parte del mes de julio en Almería para participar en los Cursos de Verano de la universidad

Saja en la playa de El Zapillo, disfrutando del mar que no hay en Jaén.
“Mi segunda patria”. Este breve pero poderoso convencimiento se reafirmó en la mente de Saja cuando, a los pies de El Cable Inglés y rodeada de almerienses con vestimentas rojigualdas, sintió cómo todo encajaba. Envolviendo sus hombros llevaba la bandera de su primera casa, su tierra, Palestina; y junto a ella, cuatro jóvenes, gazatíes como ella, se alegraban con cada triunfo de la La Roja y fruncían el ceño cuando Argentina hacía peligrar el marcador.
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Aquel país de gente que hablaba muy alto y cuyos bares y terrazas cerraban a altas horas de la madrugada era también el mismo que hacía ya seis meses había marcado su número de teléfono para comunicarle, sin ningún preámbulo, que la iban a sacar de Gaza para que pudiese continuar sus estudios en España.
“Me llamaron del Consulado español en Jerusalén y me preguntaron: ‘¿Eres Saja?’. Cuando me dijeron para qué me llamaban no me lo podía creer. Puse en altavoz el móvil y le pedí si podía repetirlo para que lo escuchara mi familia”, relata la joven. Tenía tan solo 23 años.
Siete días después se estaba subiendo a un autobús que partiría hacia esa línea que hasta entonces había sido insalvable: la frontera. Dejaba atrás años de inanición, de movilidad forzada de un confín de la Franja de Gaza a otro y de un insomnio provocado por los recuerdos y el ruido incesante de las bombas. “Este es el momento en el que me despedí de mi familia”, explica Saja, mostrando una fotografía que guarda con recelo en la galería de su teléfono móvil.
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En ella, aparece el cristal del autobús, empañado por la diferencia de temperatura dentro y fuera del vehículo. Desde el interior, la mano de la joven palestina apoyada en la ventana, haciendo la forma de medio corazón. Afuera, su madre y lo que quedaba de su familia, de pie, en la acera, susurrando un adiós que no sabían si sería el último.

La última foto que Saja se hizo con su familia, en el momento de su despedida.
Almería, un punto de encuentro de jóvenes palestinos
“En el avión íbamos seis estudiantes gazatíes. Sabíamos que éramos afortunados, aún nos preguntábamos por qué nosotros”, reconoce Saja, todavía con cierto tono de sorpresa. De aquella media docena, cinco recayeron en Andalucía, en la vecina provincia de Jaén.
Allí, tuvieron que aclimatarse a una vida que aún hoy les parece extraña. “Hay momentos en los que siento un intenso calor, como si todavía estuviera en la tienda de campaña en la que vivía en Gaza. Otros, no puedo respirar, siento una presión muy grande en el pecho. Arrastro muchos traumas”, lamenta en voz baja.
Siempre movida por la motivación de continuar sus estudios y regresar a su país una vez finalizados, Saja –y el resto de palestinos que estudiaban con ella en Jaén– dejó a principios de julio la tierra de los olivos y el aceite para participar en los famosos Cursos de Verano de la Universidad de Almería.
Fue, de hecho, una mañana, de camino en el bus interurbano hacia la UAL cuando Majd, otro joven palestino afincado en la capital almeriense, escuchó a este grupo charlar en un dialecto del árabe que le resultó inconfundible.
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“Lo reconocí y enseguida me acerqué para presentarme y decirles que si necesitaban alguna ayuda en la universidad, contaran conmigo. Parecían muy perdidos”, recuerda. Aquel encuentro fortuito marcó el inicio de una relación de simbiosis que ha perdurado hasta este viernes, 24 de julio, cuando, tras una emotiva despedida, los jóvenes palestinos han regresado a Jaén, la provincia que los acogió en un primer momento.
Antes de partir, sin embargo, no quisieron dejar pasar la oportunidad de descubrir a fondo la ciudad donde el sol pasa el invierno, visitando desde la milenaria Alcazaba hasta las aguas templadas de El Zapillo.
Mientras Majd ejercía de guía –tanto en el ámbito universitario como en el cultural–, ellos le ofrecían algo mucho más difícil de describir: la posibilidad de reencontrarse a miles de kilómetros de su hogar con personas que compartían su misma historia, lengua y raíces. En su compañía volvió a sentirse un poco más cerca de casa y encontró un espacio donde reforzar su identidad palestina y mantener vivo el vínculo con el lugar del que un día tuvo que marcharse.

Vista de la Alcazaba de Almería.
Una experiencia agridulce
Si ya de por sí resulta difícil mantener la atención en una clase, aún lo es más cuando los recuerdos irrumpen sin avisar y amenazan con devolverte a un tiempo en el que la guerra marcaba el ritmo de cada día. Sentada en un aula de la Universidad de Almería, bastaba con escuchar el rugido de un avión procedente del cercano aeropuerto de La Cañada para que el miedo volviera a apoderarse de Saja. Durante unos instantes dejaba de estar en Almería: su mente regresaba a Gaza y el sonido de los motores se transformaba en el presagio de un bombardeo.
Los traumas la han acompañado durante toda su estancia en Almería, una ciudad que, pese a la tranquilidad que ofrece, no siempre ha logrado hacerla sentir a salvo. Tanto es así que incluso tuvo que acudir al servicio de Urgencias del Hospital Torrecárdenas tras sufrir un ataque de ansiedad. El hospital tampoco fue un refugio. Mientras esperaba para ser atendida, vio entrar a un hombre cubierto de sangre. Se desmayó.

La bandera de Palestina, presente en Almería.
En cuestión de segundos, su mente había regresado a Gaza. Al instante en que su hermano, rodeado de un grupo de amigos, murió al ser alcanzado por la explosión de una bomba que le segó la vida de forma brutal. Cuando Saja revive aquel momento, sigue sin encontrarle sentido. “En la guerra también hay momentos de tranquilidad. Esa misma mañana habíamos estado bromeando, riéndonos, abrazándonos. Y, de repente, ya no estaba. Él no había hecho nada. No podía comprenderlo. Aún hoy no lo entiendo”.
El horror volvió a repetirse con varios de sus primos. Murieron mientras cruzaban una calle, alcanzados por los proyectiles. “Jamás pensé que tendría que ver a una persona que tanto quiero partida por la mitad”, confiesa con la voz entrecortada.
Hoy, Saja sabe que ningún lugar podrá sustituir a Palestina y a aquello que ha vivido. Pero también entiende que, cuando la guerra le arrebató casi todo, Jaén primero -y Almería después- le devolvieron algo esencial: la posibilidad de seguir estudiando, de volver a hacer amigos, de poder tomarse una taza de café en una terraza y, sencillamente, de imaginarse un futuro mejor. “A pesar de todo lo que he pasado, la esperanza sigue ahí”, sonríe.