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"Ya no queda nada": el grito desde Almería de los palestinos que sobrevivieron al genocidio

Majd y Ahmad, palestinos asentados en Almería, ponen voz a la memoria de Gaza y al dolor del exilio

Majd y Ahmad, dos palestinos que viven en Almería, tras la entrevista en La Voz de Almería.

Majd y Ahmad, dos palestinos que viven en Almería, tras la entrevista en La Voz de Almería.Elena Ortuño

Elena Ortuño
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Tal vez en alguna tarde silenciosa, sentado en su pupitre de la Universidad de Almería, con la mirada perdida en el azul del Mediterráneo (el mismo mar que baña las costas de su tierra), Majd Salem recuerde el día que cruzó el paso de Rafah por última vez. Fue en mayo de 2023, cuando la frontera se abrió de forma improbable y él, tras siete años de estudios en Túnez, decidió regresar a Gaza de visita. Quería abrazar a su familia y respirar su ciudad. No sabía que aquel viaje sería, quizás, su último adiós.

La suya es una de tantas historias enterradas detrás de las cifras que abren los telediarios que Majd, siguiendo las recomendaciones de su psicólogo, ya no escucha. Mientras él engrosa los 7,6 millones de palestinos desplazados, otros no tuvieron tanta 'suerte'. Hoy, a 3.800 kilómetros de distancia, Majd vive con el peso de dos ausencias que lo atraviesan: la de su tío, asesinado mientras hacia cola para evitar que sus hijos se murieran de inanición, y la de su amigo del alma, un estudiante que murió "demasiado joven" junto a 26 familiares más.

Una mirada palestina desde Almería

Majd llegó a Almería después del atentado del 7 de octubre de Hamás. Lo hizo con el mismo objetivo por el que se fue a Túnez: seguir formándose en lengua inglesa y lograr el doctorado; pero también con el amargo sabor de quien sabe que lo vuelve a hacer solo, sin su padre, su madre o sus hermanos. Sin los amigos que quedaron atrapados en una franja convertida en un polvorín, donde "sobrevivir es cuestión de suerte".

Fue aquí, a sus 26 años, durante una manifestación en Almería en solidaridad con Gaza, donde conoció a Ahmad Abu Zer. Entre gritos enfurecidos y pancartas, nació una amistad forjada en una identidad palestina en común. Ahmad lleva ocho años en España, trabajando como ingeniero electrónico en el Parque Científico Tecnológico de Almería (PITA). 

Ahmad alza una bandera palestina en Almería.

Ahmad alza una bandera palestina en Almería.La Voz

La familia de su madre se desplazó durante la primera guerra árabe-israelí en 1948. Su padre, por contra, huyó con tan solo 16 años, en 1967, como refugiado. Ambos acabaron en Jordania: "Yo también soy palestino, pero nunca he podido pisar mi país. No tengo la nacionalidad jordana, pero tampoco puedo viajar a mi hogar. Dos de mis primos en Gaza murieron, del resto no sé nada", afirma con la crudeza instalada en su mirada.

"Gaza ya era la cárcel más grande del mundo antes del 7 de octubre"Ahmad

Con la seguridad de quien ha tenido que aprender a endurecerse para sobrevivir, el joven lo resume certeramente, como un disparo en el pecho: los palestinos nacen en guerra y mueren en guerra, y así lo ilustra el caso de sus dos padres. "Gaza ya era la cárcel más grande del mundo antes del 7 de octubre", sentencia Ahmad.

"Salir a pescar estaba prohibido", cuenta: bastaba un paso de más para que una bala te atravesara el cuerpo. Viajar a Jerusalén o a Jordania era un privilegio excepcional, permitido solo en los pocos instantes en los que la frontera se abría como una rendija caprichosa y solo para aquellos a los que les pesase el bolsillo. El aeropuerto Yasser Arafat, destruido por Israel en 2001, jamás volvió a levantarse. Otro recordatorio, seco y brutal, de que en Gaza ni siquiera volar es ya una posibilidad.

Todo esto lo explica Ahmad desde Almería, destapando una realidad desconocida para muchos: el conflicto árabe-israelí se remonta mucho tiempo atrás. Como si estuviese acostumbrado a que se ponga en duda su verdad, se gira hacia Majd e insta a su amigo a confirmar sus palabras. El silencio inunda un instante la habitación. Y entonces, comienza a relatar.

Pérdidas a 3.800 kilómetros de distancia

"Yo tenía un amigo que se llamaba Yousef Dawas. Era un estudiante muy inteligente de 20 años de psicología", recuerda con nostalgia. En enero de 2023, antes del ataque de Hamás, su familia perdió el huerto que generación tras generación les había dado de comer. Lo perdió en un bombardeo, esos que tan frecuentes eran ya en aquella época. Yousef sabía que eran afortunados: "El misil no había caído sobre su hogar, no los había matado. Pero la pérdida de tantos años de esfuerzo fue un duro golpe".

Después de aquel suceso, el veinteañero escribió en un artículo de la revista We are not numbers lo siguiente: "En Palestina disfrutamos del silencio, porque significa un respiro de la muerte y la destrucción. Al menos hasta que lo rompe bruscamente el sonido de los misiles de nuevo, que hacen que nuestras casas se tambaleen y nuestros corazones bailen de miedo".

El 14 de octubre de 2023 un misil mató a Yousef: "Estaba en su casa de Beit Lahia, junto a 26 familiares. Murieron todos", sentencia Majd. Una sola explosión borró tres generaciones. El joven pasó así a ser una de las 60.000 víctimas mortales de Israel tras el recrudecimiento del conflicto. Pero podría haber quedado enterrado en el bombardeo que arrasó sus árboles. En esa época en la que muchos piensan que Gaza aún vivía en paz.

Majd y su tío Majdi, la última vez que se vieron, en la casa del joven antes de ser destruida.

Majd y su tío Majdi, la última vez que se vieron, en la casa del joven antes de ser destruida.La Voz

La muerte de Yousef no es la única que pesa sobre los hombros de Majd. Su tío Majdi fue asesinado recientemente en uno de los centros de distribución de ayuda humanitaria en Gaza, mientras hacía cola para conseguir comida con la que alimentar a sus seis hijos. Para despedirse de él, el joven palestino solo tenía una fotografía de la última vez que lo vio, aquel mayo de 2023. Ambos sonrientes.

Aquello que les queda

 "Lo único que puedo hacer como palestino desde aquí es intentar contar la verdad de lo que está pasando", afirma Ahmad, quien llegó a Almería por amor y en busca de un futuro más prometedor. Majd asiente, esta vez con algo de alivio. Su familia logró salir de Gaza hace unos meses y hoy respira, a medias, en Egipto. 

Majd no ha dejado de soñar con su regreso: "Quiero hacer el doctorado en la Universidad de Almería para poder volver a Gaza cuando tengamos, por fin, un país independiente". Sueña con reconstruir, con ayudar. Y, sin embargo, confiesa que no sabe si eso podrá ser algún día posible: "Ya no queda nada. No hay hospitales, no hay casas, no hay escuelas... no hay nada. Somos como gente sin hogar".

Ahmad con la bandera palestina en Granada, frente a la Alhambra.

Ahmad con la bandera palestina en Granada, frente a la Alhambra.La Voz

Ahmad, por su parte, tiene una visión distinta, quizás porque lleva ya casi una década en España; o quizás porque sufrió el desplazamiento desde pequeño. "Nuestra sangre siempre será palestina, pero nuestra casa está ahora en España", afirma. "España no es cómplice del genocidio y eso lo ha dejado claro", afirman ambos con orgullo.

Mientras, el futuro de Gaza sigue en el aire y ellos continúan en Almería, aferrados a su identidad y a una ciudad que se ha vuelto cada vez más reivindicativa. Quizá, entre pancartas y manifestaciones, encuentren nuevas amistades; o, al menos, la certeza de no sentirse solos.

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