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Almería

Almería comienza el año trabajando: historias de camareros, médicos y otros currantes un 1 de enero

Mientras los almerienses duermen, hay quienes comienzan el año 'pringando'... y son más de los que pensamos

Son muchos los profesionales que comienzan el año trabajando.

Son muchos los profesionales que comienzan el año trabajando.Elena Ortuño

Elena Ortuño
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Quizás esta nochevieja haya sido memorable. Puede que, entre cotillones y lentejuelas, hayas brindado hasta tarde o bailado hasta que los primeros rayos del sol han comenzado a bañar la ciudad. Tal vez, hayas encaminado tus pasos hacia la churrería más cercana, con la ilusión de comenzar el año con un chocolate con churros caliente. 

De camino, has escuchado las sirenas de un coche de policía a lo lejos, seguidas de las de una ambulancia. Seguramente, de vuelta a casa, con el cartón de churros quemándote los dedos y el pensamiento de las sábanas ya en tu cabeza, te hayas cruzado con una chica sonriente, que recoge las botellas de plástico que un grupo de chavales ha dejado tiradas en la carretera.

Esta situación hipotética, imaginaria, es a la vez tan realista como probable. En ella, varios profesionales arriman el hombro para que Almería esté lista para dar la bienvenida al año. Mientras para algunos es motivo de fastidio, para otros es una oportunidad para comenzar el 2026 con dinero en el bolsillo. 

Sea como fuere, pocos son los que conocen las historias detrás de mostradores, pasillos de hospitales o, incluso, tras las palabras que componen este texto. Desde LA VOZ nos hemos acercado para conocer los testimonios de algunos de estos oficios. No están todos los que son, pero son todos los que están.

Un periodista acostumbrado a trabajar el festivo

Antonio Fernández, periodista.

Antonio Fernández, periodista.

Durante casi cuarenta años, para Antonio Fernández el 1 de enero ha sido sinónimo del sonido de la máquina de escribir primero, y del teclado después. Según afirma, "comenzar el año entrando en una redacción se acaba normalizando, aunque no sea lo más cómodo del mundo": "Llega uno más despistado que un caracol en un garaje", recuerda.

Esos días el periódico se mueve entre dos extremos: los primeros nacimientos del año y las consecuencias de quienes salieron "sin freno, no en el coche, sino en el cerebro". Con tal expresión se refiere a las preocupantes estadísticas de borracheras, accidentes y partes del 061. Más allá de aquellos informes, la jornadas de año nuevo suelen discurrir con calma y reportajes previstos, porque el 1 de enero la ciudad baja el volumen. Por eso, cuando piensa en el año que empieza, no pide titulares ni exclusivas. No. Fernández resume su deseo a una única palabra: "Cordura". Menos ruido y menos trincheras.

La empleada de gasolinera, panadera a tiempo parcial

"Pan, mucho, muchísimo pan", responde Claudia Milena sin dudar cuando se le pregunta qué es lo que más se vende el primer día del año. Luego vienen los dulces, las bebidas, todo lo que la gente necesita cuando el resto del barrio sigue a medio gas. La gasolinera se convierte entonces en algo más que un lugar donde repostar: es la tienda de guardia. 

Claudia recuerda esos 1 de enero como una pequeña carrera contrarreloj, entrando y saliendo del horno, sacando barras calientes mientras se forman colas frente al mostrador. No hay épica, ni falta que hace. Cuando se le pregunta qué piensa de trabajar en festivo, responde con un pragmatismo casi filosófico: "Lo cobro", responde con una sonrisa y un encogimiento de hombros. Una manera muy honesta de empezar enero.

El bombero que se convirtió en padre

Manuel Marín ha pasado muchos Años Nuevos dentro del parque de bomberos. Cuando el reloj se acerca a las doce y los avisos lo permiten, él y sus compañeros salen a la cochera, se suben a los camiones y encienden a la vez todas las luces y las sirenas. Es su particular manera de tomarse las uvas: rodeados de su familia y entre tubos de descenso y cascos. Luego vuelve la rutina; -todo lo que un primer día del año puede permitir-.

"Por la mañana suelen llegar los descuidos en las cocinas; de noche, los contenedores ardiendo; y de madrugada, los accidentes de tráfico marcados por el alcohol y otras sustancias", enumera quien ya acumula muchos 1 de eneros tras de sí. 

Entre todos esos turnos hay uno que no se puede olvidar: el incendio de 2010 en la avenida de la Estación, tan intenso que a algunos compañeros se les derritieron los cascos. Fue la primera guardia de su mejor amigo, quien acababa de aprobar las oposiciones. "Había una gran carga térmica, los compañeros salían exhaustos. El incendio se inició en una habitación y se propagó muy rápido por toda la vivienda, pero al final todo salió perfecto y no hubo que lamentar víctimas". 

Irónicamente, el 1 de enero más feliz de su vida también trabajaba: fue el día en que nació su hijo Álvaro. "Mi mujer salía de cuentas, podía dar a luz tanto el 31 como el 1. Aun así, vino a cenar con nosotros al Parque. Al final Alvarito nos dejó terminar la cena tranquilos y rompió aguas a las 15:30", ríe.

Un médico con deseo de conciliar

Al contrario de lo que a priori se podría pensar, para los médicos un 1 de enero tranquilo no es necesariamente una buena noticia, cuenta Osorio Rodríguez. Si no entran urgencias graves ni cirugías de última hora, el tiempo se alarga dentro del hospital. "Es peor en lo personal, porque tienes demasiado margen para pensar que deberías estar sentado a la mesa con tu familia y no mirando estas paredes".

Osorio Rodríguez, facultativo del Hospital de Poniente, durante un turno de trabajo.

Osorio Rodríguez, facultativo del Hospital de Poniente, durante un turno de trabajo.

Ese es el precio invisible de la guardia: el festivo se paga, sí, pero la ausencia no cotiza. Cambiar un recuerdo que no se repetirá por un plus en la nómina es "una mala transacción", reconoce. Ese día el hospital adquiere un aire raro, casi triste, con profesionales y pacientes compartiendo una especie de resignación silenciosa. Con los años se aprende a soportarlo: "No se normaliza, se tolera".

El policía, listo para actuar

Hay quien aprovecha que la ciudad descorcha el cava -en Nochevieja- o aún se estira entre bostezos -en Año Nuevo- como una oportunidad. En la madrugada de su primer 1 de enero, Daniel Bedmar, agente de la Policía Nacional en Almería, aprendió rápido la lección: mientras unos hosteleros llevaban comida a comisaría para agradecer el trabajo, tres tipos pensaron que la Policía estaría distraída; pero no lo estaba.  

Daniel Bedmar, agente de la Policía Nacional en Almería.

Daniel Bedmar, agente de la Policía Nacional en Almería.

"Se equivocaron", sonríe, para después añadir: "Yo todavía estaba en prácticas. Recuerdo que un compañero veterano me llevó a una zona comercial. Me explicó que el año anterior se habían producido robos a esas horas y que probablemente volverían a intentarlo. Acabamos deteniendo a tres individuos".

"La Nochevieja no es una patente de corso", suele decir. Su Año Nuevo entra con sirenas, bajas y café recalentado en el coche patrulla, pero también con el orgullo de brindar "un servicio indispensable" a la ciudad. "Hay veces que una familia se acerca a darnos las gracias. Esos pequeños gestos compensan muchos sacrificios". 

La barrendera que limpia las vergüenzas

Ana Baena sale a barrer cuando Almería aún bosteza. A las seis de la mañana del 1 de enero, cuando la fiesta brinda sus últimos estertores, ella entre en escena para limpiar lo que la noche dejó atrás: papeleras desbordadas, serpentinas pisoteadas, botellas rotas y ese olor inconfundible de resaca urbana. "Ves a la gente volviendo a casa medio dormida y a la ciudad hecha un desastre", cuenta, como quien describe un paisaje después de la batalla.

Ana Baena, barrendera de Almería.

Ana Baena, barrendera de Almería.

La estampa no es bonita: "Hay cristales reventados, vómitos y bolsas de basura abandonadas en cualquier esquina", enumera. Pero también, reconoce, pasan cosas que no salen en los balances municipales: "Una vez, un grupo de chavales se acercó. Venían de fiesta y me cogieron las bolsas para ayudarme mientras bailaban y cantaban", recuerda, como si aquello fuera una coreografía improvisada de Año Nuevo. "Me arreglaron el turno", sonríe. La sensación que queda tras terminar un turno es extraña: la de haberle devuelto la dignidad a una ciudad que, al menos por unas horas, se permite perderla.

La churrera que te calienta el estómago

El equipo de la Cafetería Roypa.

El equipo de la Cafetería Roypa.Elena Ortuño

Rosa García, al frente de la mítica Cafetería Roypa, empieza todos los Años Nuevos a las seis de la mañana, cuando la ciudad todavía no ha comenzado la resaca. "Antes abríamos a las cuatro, cuando venían matrimonios impecables de las fiestas de los hoteles. Ahora la clientela es más joven y sale directa de la discoteca, buscando chocolate y churros", explica.

La tradición se mantiene entre risas, cubatas y algún despiste (como ropa interior olvidada en los baños o algún borrachillo que toca mandar a casa), pero siempre con ilusión y oficio. "Después de tantos años, abrir el día 1 es natural para nosotros. La gente viene, se toma sus churros y te felicita el año. Eso compensa todo", admite Rosa, mientras el aroma a café se mezcla con el murmullo de la clientela.

Protección Civil y su ayuda un 1 de enero

En Huércal de Almería, Joaquín Fernández, coordinador de la Agrupación de Protección Civil, empieza el año, a diferencia del resto de profesionales de este artículo, sin alarmas; si bien mantiene los oídos atentos. Aunque la madrugada suele ser tranquila, siempre hay alguien pendiente del teléfono, del 112 o de la emisora, listo para saltar ante cualquier problema: "Caídas, indisposiciones o despistes son las causas más recurrentes de las llamadas que recibimos".

Fernández sintetiza los pensamientos que cruzan su mente cada 1 de enero: "Lo más importante es que no tengamos que intervenir", cuenta. Cada aviso implica que existe un problema que los obliga a dejar a la familia un rato atrás, pero también le recuerda que su labor es esencial: mantener el municipio seguro mientras la mayoría duerme o celebra en su casa. Al igual que policías, médicos, bomberos y tantos otros profesionales, demuestra que son muchos los que, cada 1 de enero, se levantan para sostener la provincia.

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