La Voz de Almeria

Almería

20N | El noviembre que lo cambió todo: así vivió Almería los últimos años de la dictadura franquista

Un retrato íntimo de una Almería que despertaba, narrado por aquellos que vivieron la década de los 70

Alumnos del colegio Madre de la Luz en plena rutina escolar.

Alumnos del colegio Madre de la Luz en plena rutina escolar.La Voz

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Fue un noviembre distinto. Un noviembre que España jamás olvidaría: el de 1975. El país contenía la respiración. La dictadura llegaba a su final. Cuarenta años de miedo, silencio y control estaban a punto de romperse, y, mientras tanto, lejos del ruido de la capital, Almería seguía su día a día. 

Con la mitad de habitantes de los registrados hoy (387.508 almerienses) y bajo el mando disciplinado de un falangista catalán, Joaquín Gías primero, y de Antonio Merino, teniente coronel de la Guardia Civil, después, la provincia atravesaba en los años setenta un tiempo de sacudidas.

Era la época en la que las trombas de agua arrasaban barrios enteros; un tiempo en el que Almería se vio expuesta a una reorganización urbanística y social que cambió para siempre la vida de muchos. Cientos de familias de La Chanca y del Casco Histórico fueron trasladadas a nuevos barrios como Los Almendros o El Puche, con la promesa nunca cumplida de que sería algo provisional. Mientras tanto, Almería crecía hacia afuera, levantando la Colonia de los Ángeles, Piedras Redondas, Barrio Alto, las Quinientas Viviendas y Oliveros, que llegó casi con la nueva década.

Fotografía en el periódico de La Voz de Almería de la capilla ardiente de Francisco Franco.

Fotografía en el periódico de La Voz de Almería de la capilla ardiente de Francisco Franco.La Voz

Un control constante, también en los últimos años

En la década de los 70, la provincia funcionaba bajo un engranaje rígido. El gobernador civil controlaba la prensa, el orden público y los nombramientos municipales. El catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Almería (UAL), Rafael Quirosa-Cheyrouze, explica cómo esa figura lo abarcaba todo: era el representante del Gobierno y, al mismo tiempo, el jefe provincial del Movimiento Nacional, es decir, del partido único FET y de las JONS. 

No había debate público ni pluralismo. La política vivía encerrada en despachos donde todo pasaba por el mismo filtro. Ese control descendía hasta lo cotidiano. La Sección Femenina marcaba las pautas de la educación moral para las mujeres mientras que el sindicato vertical regulaba la relación de trabajadores y empresarios como si unos y otros fuesen lo mismo. Fuera de esas estructuras, la opinión y la disidencia se convertían en riesgo.

Voluntarias de la sección femenina en Almería.

Voluntarias de la sección femenina en Almería.La Voz

Ese encorsetamiento también se hizo sentir en las escuelas. Aquellos que vivieron el 20N en su más tierna infancia mantienen entre sus más nítidos -y a veces únicos- recuerdos del franquismo cómo a los niños se les obligaba a formar para izar la bandera y, en ocasiones, cantar el que se convirtió en el himno no apalabrado del régimen.

Repetían lecciones memorísticas y aprendían una historia que solía detenerse en el siglo XVIII, con la Revolución Francesa. Sobre la República o la Guerra Civil, nada. Y, sin embargo, esa tensión, palpable en el ambiente, no evitó que la educación se convirtiese en la primera vía para escapar del destino familiar.

La profesora y catedrática de Historia, Vicenta Fernández, recuerda llegar a Almería desde la sierra, donde se encontraba una casa en la que nunca se había guardado ni un solo libro: memorizar era una necesidad, no una metodología. "Estudiábamos para escapar de nuestros pueblos, donde no había nada", admite.

Fueron las becas del Plan Villar Palasí las que lograron cambiar su tablero de juego. Por primera vez, estudiar en profundidad era posible para muchos; la llegada del Colegio Universitario fue un salto enorme para Almería: abrió cultura, debates, tertulias, editoriales jóvenes y circuitos artísticos que hicieron vibrar a una ciudad que parecía dormida.

El deporte, marcado por los golpes y el fútbol

En aquella Almería existía una forma de escapar, por unas horas, de las consignas y de los partes oficiales; donde se podía respirar sin miedo a equivocarse. Tony Fernández, entonces cronista deportivo, recuerda cómo la ciudad volcaba su energía en el boxeo y en el fútbol. 

El CD Almería, en los 70.

El CD Almería, en los 70.La Voz

El verano del 75 fue un estallido de combates en los barrios que nada tenían que envidiarle al drama más shakesperiano: dividida la ciudad, los Rodríguez se quedaron en Los Ángeles, los Zaragata y los Bisbal en el centro, y los Barrilado en la zona norte. Peleas crudas, sin glamour, disputadas en una nave municipal -una antigua fábrica de gas- donde el serrín se mezclaba con el humo y el ruido. Era boxeo "con hambre y orgullo", recuerda Fernández, quien veía cómo los almerienses encontraban un desahogo negado en otros ámbitos cotidianos.

El fútbol, a su vez, también era un espejo de la época. En el viejo estadio de la Falange, los domingos eran un ritual colectivo. El periodista deportivo recuerda un partido que retrata a la perfección la tensión de aquellos días: mientras Franco era velado en Madrid, el Almería perdía 0–2 contra el Jerez. Fue un partido que nunca olvidará. 

El equipo se puso frente a la tribuna de los "mandamases", brazo en alto y cantando el 'Cara al sol': "En la grada de la gente común, sí hubo quien levantó el brazo, pero muchos otros no lo hicimos. Era un momento en el que aún había que disimular la alegría de la pérdida del Caudillo"

Las primeras voces desafiantes

Y, quizá por eso, porque en los estadios todavía dominaban los automatismos del pasado, el verdadero cambio empezó a fraguarse fuera de ellos, en las conversaciones de la calle, en los barrios, en las oficinas pequeñas y en las redacciones que comenzaban a abrir sus puertas. La gente empezaba a hablar y, en ocasiones, a reclamar ser escuchada. A hacer preguntas en un país acostumbrado a no hacerlas. 

Radio Almería y Radio Popular.

Radio Almería y Radio Popular.La Voz

Fue entonces cuando nacieron las primeras voces que se atrevieron a romper el silencio. Miguel Ángel Blanco, delegado del periódico Ideal en Almería entre 1973 y 1990, se encontró con una realidad: los medios no acudían a los plenos municipales, la institución enviaba su versión y nadie la contrastaba. Hasta que llegó él. 

De pronto, vecinos de barrios enteros aparecían en su redacción para pedir que alguien contara lo que pasaba en sus calles. No era solo periodismo: era ciudadanía intentando imponerse en un sistema que todavía no le dejaba hacerlo abiertamente.

Una militancia complicada

María Luisa Jiménez, primera abogada laboralista de la provincia, llegó a Almería tras el asesinato del estudiante Javier Verdejo (1976). Se encontró con un escenario tan precario como urgente; un momento en el que el Partido Comunista buscaba quien defendiera a los suyos. 

Su despacho, en la calle Gerona, con cuatro sillas y dos mesas, era una fila interminable de trabajadores esperando solución a abusos que nadie denunciaba por miedo: "Trabajaba doce horas diarias; llegaba tras una mañana de juicio a las cuatro y mi despacho tenía una cola de doscientas personas". Todo ocurría con la tensión flotando en el aire. Después de los asesinatos de Atocha en enero de 1977, subir las escaleras de su bufete se convertía en una escena terrorífica que se repetía a diario.

María Luisa Jiménez, primera abogada laboralista en Almería.

María Luisa Jiménez, primera abogada laboralista en Almería.La Voz

Entre sus primeros casos, recuerda con orgullo las chicas de Mayra: menores que cargaban sacos diez horas sin alta en la Seguridad Social. "Ese convenio fue mi espinita: demostrar que eran fijas, no esclavas". En paralelo, militaba en la clandestinidad. Era una Almería donde los abogados alzaban la voz por los que no podían o tenían miedo de hacerlo.

Pero la abogacía no era el único territorio donde enfrentar abusos y silencios. Ese mismo pulso lo vivían otras mujeres en ámbitos muy distintos. Ser mujer era algo tan complicado como, a la vez y paradójicamente, sencillo: su mundo se reducía a los fogones, la plancha y los hijos. 

Trabajar fuera era casi una afrenta social. La periodista María Rosa Granados lo recuerda con la misma claridad con la que recuerda los micrófonos de su emisora. En la Almería de los setenta, una mujer casada debía dejar su empleo. Así, sin matices. Seguir trabajando era visto como una falta de respeto al marido, quien era visto como alguien que "no lograba traer suficiente sustento al hogar".

Sanidad, economía y otros ámbitos de importancia

La sanidad y la economía -dos pilares que sostienen cualquier territorio- avanzaban enfrentando grandes trabas. Ramón Fernández Miranda, especialista en dermatología médico-quirúrgica, recuerda que entonces España ni siquiera tenía un Ministerio de Sanidad: la salud dependía del Ministerio de Gobernación. 

En la provincia, los hospitales funcionaban gracias a una vocación que no siempre alcanzaba. La Bola Azul aún parecía moderna, el Provincial acumulaba salas inmensas llenas de pacientes, y la Cruz Roja se sostenía casi como un hospital privado. En los ambulatorios, médicos que atendían a cien personas en dos horas, mientras que en los pueblos, los doctores se mantenían en una guardia de 365 días al año.

El equipo de enfermeras de la Bola Azul.

El equipo de enfermeras de la Bola Azul.La Voz

Ese desgaste en los servicios públicos tenía mucho que ver con el contexto económico. Como garantiza el catedrático de Historia e Instituciones Económicas Andrés Sánchez Picón, los años 70 fueron una década marcada por los dos grandes shocks del petróleo. Almería lo sintió, pero de una manera distinta: paradójicamente, su falta de industria la protegió. No había fábricas que cerrar, ni chimeneas que apagarse. Eso permitió que la crisis golpeara con menos fuerza, que la provincia mantuviera un crecimiento razonable gracias a la incipiente agricultura y que, por primera vez en décadas, dejara de perder población.

Cincuenta años después, aquella Almería en blanco y negro sigue latiendo en la memoria. Una tierra humilde, contenida y paciente que, sin hacer ruido, aprendió a empujar su propia historia. Mientras el país enterraba una era, Almería comenzaba a levantarse sobre sus propias certezas: el trabajo, la cultura, la palabra, la tierra. Nada fue inmediato, pero en aquel noviembre de 1975, algo nuevo comenzó. 

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