En casa - Día 37
“Creo entender a ese hámster dando vueltas y vueltas en una rueda sin llegar a ninguna parte”

"En el sueño nos veía a casi cincuenta millones de personas confinados en un enorme recinto ferial de cacharritos".
Anoche soñé. En el sueño nos veía a casi cincuenta millones de personas confinados en un enorme recinto ferial de cacharritos, una inmensa calle del infierno. Las miradas se concentraban en un grupito de veintidós personas, veintitrés sumado el jefe de gabinete. En los autos de choque topetazo va topetazo viene. Luego subieron al tren de los horrores, algunos salieron pálidos, otros, en cambio, imperturbables. Se metieron después en el laberinto de los espejos. Vueltas y vueltas reflejándose distorsionadamente. No encontraban la salida. En aquel ambiente, la concurrencia echaba en faltaba el olor a algodón dulce o al de manzanas de caramelo.
Tras un breve descanso en la caseta de lanzamiento de bolas a los muñecotes, la cuadrilla decidió subirse al gusano loco, un artefacto que a mitad del viaje lo cubría un gran toldo y los aislaba del exterior, mientras el trenecito continuaba con sus pequeñas subidas y bajadas. La megafonía, a prueba de sordos, perpetraba un desafío entre la ‘Yenka’: “izquierda, derecha. Adelante detrás, un dos tres. Izquierda izquierda, derecha Adelante detrás, un dos tres”, y ‘Los pajaritos’ de María Jesús y su acordeón: “pajaritos a bailar/ cuando acabas de nacer/ tu colita has de mover/ chiu, chiu, chiu/ chiu”.
Los veintitrés, algo mareados tras las vueltas del gusano loco, se lanzaron al tiovivo. Hubo disputas por ocupar el camión de bomberos porque llevaba una campanilla y eso que en el interior del carrusel había cochecitos y otros animalitos. Claro está que ninguno se elevaba por encima del suelo, no había nada que quisieran ver. De ahí, al Barco Pirata. Balanceo de un lado a otro, arriba, abajo, y así de seguido. Desperté en el momento que el Barco Pirata casi da la vuelta completa.
Hoy es un día de esos, un día raro. Creo entender a ese hámster dando vueltas y vueltas en una rueda sin llegar a ninguna parte. Me hago una idea de cómo deben sentirse tantos niños “cuarentenados”; no sé, me gustaría escribir en un parque lleno de niños, o en una residencia de ancianos pendiente de sus achaques, de sus historias de vida, o mientras tomo un café frente al mar. Hoy, digo, es un día de esos, un día ilógico. Escucho de lejos la voz de una mujer. Viene de un piso cercano. Creo entender que no está de acuerdo con la presencia del ejército español en la calle. Allá ella. Presto atención hasta que me aburre el nosotros y nosotras, el vosotros y vosotras, el ellos y ellas, todos y todas, españoles y españolas, entre tanto blablablá que, como el hámster, no va a ningún sitio. Tal vez sea debido a la distancia de ventana a ventana, pero lo poco que alcanzo a oír me suena a hueco, a palabrería vacía, me huele a lejano. Hoy es un día que no debería existir, tendría que dejar mellada la semana. Hoy es un día cansino, tanto que ni siquiera dan ganas de salir a la calle. A mí, la verdad, me afecta de soslayo porque yo, sin dudarlo, me quedo en casa.