La Voz de Almeria

Cultura

Un universo propio nacido del barrio: “No soy capaz de concebir mi literatura sin mi ciudad”

El almeriense Juan Manuel Gil cosecha excelentes críticas con su nueva novela, ‘Majareta’, que ya figura entre los libros más vendidos en España

El escritor almeriense Juan Manuel Gil acaba de publicar la novela ‘Majareta’ (Seix Barral).

El escritor almeriense Juan Manuel Gil acaba de publicar la novela ‘Majareta’ (Seix Barral).Tamy Chaud

Evaristo Martínez
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Leo Almada, conserje durante más de treinta años en un colegio almeriense, es obligado a prejubilarse. Su inesperada reacción, que involucra a los escolares del centro, dejará estupefacto al barrio. A partir de ese momento, todos sus vecinos hablarán del ‘majareta’, como le llaman, y de lo que hizo, aunque nadie sepa por qué sucedió lo que sucedió. Con las palabras —y la palabrería— de sus testimonios, un escritor armará una historia bajo la que late un enigma encallado en el pasado.

Así, saltando entre espóilers como si fueran minas, puede resumirse ‘Majareta’ (Seix Barral), lo nuevo de Juan Manuel Gil (Almería, 1979). Una novela apoyada en la oralidad, el humor y el misterio que ha sido aplaudida por la crítica y que en menos de un mes se ha situado entre los libros más vendidos en España.

Con esta carta de presentación es lógico que al autor le brillen la sonrisa, los ojos, la barba e incluso su inseparable gorra. Sobre ‘Majareta’ hablamos frente a un café poco antes de que la borrasca Leonardo cambie los ritmos de una ciudad que ya ha convertido en su universo literario.

¿Cómo vive esta acogida?

No la esperaba, aunque uno siempre sueña con que su libro sea bien recibido, que sea tratado con amor, y eso ha sucedido: le están dedicando palabras generosas. Lo estoy viviendo con una emoción que, en ocasiones, tengo que controlar: sé que es algo que no depende de mí. Mi parte es la escritura, hablar de la novela y comentar con los lectores, pero sobre todo dejar al libro como una cometa que vuela libre.

¿Fue primero el personaje o cómo contar su historia?

El personaje. Quería escribir la historia de un secundario, alguien que pasa por nuestras vidas entre bambalinas; me interesaba arañar en su superficie. Pero tenía claro que no iba a ser el escritor quien la contara, como en mis anteriores novelas: ahora quería sacarlo de la ecuación. Tras darle alguna vuelta, me di cuenta de que la mejor manera de hacerlo era que contaran la historia los personajes que habían formado parte de la vida de Leo Almada y tuvieran algo que decir, creyeran estar en posesión de una verdad, ansiaran contar su versión o, incluso, estuvieran dispuestos a mentir con tal de ser escuchados.

Son más de 40 voces las que dan su visión del ‘majareta’. Me lo imagino a usted como en los thrillers americanos, con una pizarra y conectando a los personajes con hilos, sin dejar cabos sueltos.

Y así ha sido. He sido un escritor muy de dejarme llevar por el vuelo de la intuición, por lo que me decía la página anterior, por asomarme a una especie de vacío que era lo que me metía la electricidad en el cuerpo. Pero en esta novela, una vez que decidí la estructura, tuve claro que necesitaba planificación. Por primera vez incorporé a mi proceso de escritura dos grandes pizarras como dices, tracé líneas cronológicas, coloqué a los personajes y redacté una pequeña biografía de cada uno. Todo para que no hubiera contradicciones y en ningún caso se rompiera la verosimilitud. Es mi novela más planificada.

“Cuando mi hija vino al mundo, se me encendieron alarmas, lucecitas, que nunca había visto”

Y siendo así, ¿había espacio para la improvisación?

Sin duda. ¿Sabes qué ocurría? Que un personaje me desvelaba otro y lanzaba una especie de cabo que alcanzaba a uno que diez páginas antes ni se me había pasado por la cabeza. No puedo sacar de mi escritura la parte más intuitiva: es algo que forja el ADN de mi mundo literario y una manera de acercarme a la invención, a la fabulación y, si me apuras, a mi manera de fijarme en la vida.

Ha hecho del barrio su Macondo: ahí transcurren sus historias que, aunque independientes, conforman un mismo universo.

Cada vez se ha ido haciendo más grande, fuerte, inevitable e inexorable ese espacio que es mi barrio, pero que también es mi barrio imaginativo. Y me he dado cuenta que el de muchísimos lectores. No solo pasa con el barrio, pasa con ciertos personajes.

¿Por ejemplo?

Mis padres, personajes de mis anteriores novelas, empiezan a parecerse a los de ficción. Los reales se parecen a los ficticios. ¿Por qué? Porque los lectores los ven ya así, y quieren ver esa manera de actuar, de expresarse. Para mí, como te digo, es casi inevitable acercarme a ese barrio. Mira, cuando empecé a escribir este libro me puse normas. Una era sacar al autor, algo que creo que conseguí, aunque haya una sombra de él en toda la novela.

También decidí que no iban a aparecer mis padres y, sin embargo, se impusieron: me levanté una mañana y el que me estaba hablando en el proceso de escritura era mi padre, y unos meses después mi madre. Otra cosa que me impuse: crear un barrio que no estuviese relacionado con el mío. Sin embargo, fue imposible, se impuso, era el espacio natural de estos personajes. Puede sonar romántico, telúrico, pero tiene que ver con el proceso de creación, no sé explicarlo. Hay cosas que se me imponen y contra las que no soy capaz de rebelarme.

Hablemos de temas que van siendo recurrentes en su obra. Como la muerte vinculada al agua, algo que también está en ‘Majareta’.

Hay un personaje de la novela que dice: “Como tenemos agua de todas las clases, cristalina y turbia, nos aparecen los muertos en el agua. Si tuviéramos buenos olmos, aparecería la gente colgada”. Hay algo en la tierra a la que perteneces que condiciona tu manera de estar en el mundo, tu manera de vivir y necesariamente la manera de morir. En El Alquián no vamos a morir sepultados por un alud de nieve, pero vivimos cerca de balsas, a la orilla del mar, y eso marca a los personajes.

Es cierto que en mis novelas la muerte, la pérdida de un ser querido vista a través del cristal de la familia, otro elemento esencial, se convierte en una gran preocupación. Quizás es un miedo, un tormento mío, a algo que no sé poner nombre y que intento ordenar dentro de mis libros. En ese camino, para no quedar paralizado, uso el humor como un antibiótico, una profilaxis para no caer abrasado por el dolor.

No sé si le influye la paternidad, pero también vemos a niños enfrentados a acontecimientos que no pueden controlar, ante los que son muy vulnerables.

Cuando mi hija vino al mundo, se me encendieron alarmas, lucecitas, que nunca había visto. Y llegó en un momento en el que mi estado de fecundidad literaria era altísimo. Ahí se coló ese miedo con el que tenía que aprender a convivir. Por supuesto, fue un gozo, una alegría, un disfrute, pero también un miedo palpable que nunca había sentido y que de repente quería descifrar. Un miedo que se coló por las rendijas de cada una de mis novelas.

En ‘Majareta’ hay un misterio: doméstico, de barrio, pero misterio al fin y al cabo. Y en ese juego metaliterario que crea, su escritor tiene alma de detective.

La vida de todos nosotros gira en torno a algún misterio irresoluble. Irresoluble hasta ahora, afortunadamente, lo que hace que las librerías sigan llenas de libros, que haya grandes películas en el cine, que los museos estén llenos de cuadros y que los científicos sigan levantándose temprano para dar luz a esos enigmas. La literatura siempre gira en torno a lo que Javier Cercas llamaría un punto ciego: un lugar sobre el que nos preguntamos, al que difícilmente vamos a tener acceso, pero que genera un movimiento. En esta novela, como en las anteriores, siempre tengo a alguien preguntándose por ese vacío, por ese agujero negro que te atrae y al que intentas acercarte sin ser atrapado. Además, siempre he disfrutado de la literatura y del cine que tiene eso de búsqueda, de investigar, de averiguar. Con mi novela busco un ritmo que coja al lector en la primera página y lo saque en la última, como cuando te subes a las cintas de aeropuerto que aceleran el paso.

Sobre la novela vuela un enigma: ¿qué hizo el conserje? Como en el cine de Hitchcock, es un ‘macguffin’, un pretexto para que la trama avance. ¿El porqué le preocupa más que el qué?

Cuando ocurre algo en nuestra vida que nos conmociona, el qué es lo primero que llega. Y después nos preguntamos el porqué. Y yo creo que para llegar ahí tenemos que conocer al quién. Pero, ¿qué pasa cuando el protagonista es una persona que ha pululado por tu vida en un plano secundario? Que no tienes información suficiente para aproximarte a una verdad y, por tanto, la creas, la inventas. Ahí surge la rumorología; esa faceta, digamos, ruin, que en ocasiones tiene algo de literatura. Un buen chisme, un buen rumor, tiene verosimilitud, puede ser fascinante. Incluso puedo desear que sea verdad, que es a lo que todos aspiramos cuando escribimos una novela. Esto es lo que le ocurre al barrio: no se han preguntado nunca por este tipo, por Leo Almada, y de repente él protagoniza algo que sacude sus vidas. Ante la ausencia de información fidedigna, en muchísimos casos se la inventan: yo escuché, dicen que dijeron que hizo... Bienvenidos a la vida, al sino de nuestros tiempos: ocurren grandes cosas a nuestro alrededor y queremos saber la verdad ya, pero conocer la verdad y el adverbio ya son incompatibles. La verdad necesita sosiego, serenidad, tranquilidad, análisis. Por eso nos nutrimos de bulos, de simplificaciones, de simplonerías que se alejan, precisamente, de la verdad.

“La maquinaria de la rumorología en tu trabajo o en tu barrio es idéntica a la que existe a gran escala”

Esa búsqueda urgente de la verdad, y lo que conlleva la imposibilidad de encontrarla, es un tema muy actual.

En el proceso de escritura de ‘Majareta’ he llegado a varias conclusiones. La primera es que la verdad requiere alejarnos de la precipitación, y no estamos preparados para eso en los tiempos que corren, donde lo inmediato se ha impuesto: es una tiranía, las cosas hay que saberlas aquí y ahora, tenemos que ser los primeros. Otra: lo que hoy nos parece una certeza inmutable y eterna, puede que dentro de dos años no lo sea. Por tanto, la intransigencia, sacar la duda de la verdad, es un camino equivocado. Y una tercera: la maquinaria de la rumorología en el microcosmos de tu trabajo o de tu barrio es idéntica a la que existe a gran escala. La verdad y la mentira, se dice en la novela, están hechas del mismo barro: la palabra. Y esa palabra puede funcionar de manera despiadada tanto en tu calle como en tu país.

Comentábamos la gran acogida de ‘Majareta’ entre críticas y lectores. ¿Se siente un escritor conocido, y reconocido, en Almería?

Me siento reconocido por mi desempeño literario. Sí observo que cada vez tengo un número mayor de lectores. En Almería mis presentaciones son conmocionantes, siempre superan mis expectativas. Me siento muy agradecido porque la mayoría de esos lectores son muy generosos con las novelas: las regalan, las comparten, comparten conmigo sus impresiones a través de las redes. Me dibujan un espacio muy marciano para mí, pero en el que me siento muy cómodo. Creo que nunca me va a dejar de parecer raro estar en un aeropuerto y ver a alguien leyendo mi novela: en ocasiones me dan ganas de acercarme y darle un abrazo. La literatura, en los tiempos que corren, es un acto de resistencia. Y también de curiosidad y de amor hacia quien la escribe: he estado encerrado dos años, renunciando a muchas cosas, para construir esta novela. De repente, alguien se pone a conversar con ella a través de la lectura. Es un acto de amor que siempre agradeceré.

Ahora vive un momento dulce, pero no siempre fue así. ¿Alguna vez pensó en dejar la literatura?

El mundo literario es muy borrascoso, muy exigente, a veces muy injusto; hay que pelear mucho para acceder a la edición, a la publicación, a la visibilidad. Cuántas voces con un talento increíble van a aburrirse antes de conseguir el objetivo. Y yo me he sentido así. Antes de publicar ‘Un hombre bajo el agua’ tenía claro que dejaba la literatura, o así lo manifesté: me traía más sufrimiento que felicidad. Luego me di cuenta de que no era la literatura, sino el mundo literario, en ocasiones muy ingrato. Eso se convirtió en una virtud, porque me puse a escribir desde la libertad que me daba la creencia de que no iba a volver a mandar ningún libro a ninguna editorial. Fue desde esa libertad desde donde descubrí ese barrio, esos personajes, esas preocupaciones, ese tono que han sido esenciales en mi constelación literaria.

¿Cómo valora el momento de la literatura almeriense?

Es el resultado de ir sembrando. Ahí están Miguel Ángel Muñoz, Raúl Quinto o yo mismo, que hemos trabajado muchísimo en la literatura. Hemos peleado, hemos sentido el desencanto, no nos hemos rendido, hemos seguido madrugando. Es el momento de madurez de un huerto que hemos creado entre todos. Lo que sí es una celebración es el reconocimiento en forma de premios, lectores, visibilidad. Eso nos viene bien a nosotros, a los autores que vienen detrás, que están ahí picando piedra, y a la propia ciudad. No soy capaz de concebir mi literatura sin mi ciudad, que se ha convertido en un espacio alucinado que la gente de Almería reconoce. Me gustaría que eso pudiera transformarse en cosas que hagan más fuerte esta literatura. Por ejemplo, una Feria del Libro, una programación cultural, cada vez más potente. Que apostáramos por la cultura y la literatura como una manera de cohesión de la ciudad, de celebración, de sello identitario. Creo que, poco a poco, está siendo así: veo las presentaciones cada vez más llenas y hay apuestas muy interesantes, como el ciclo que Luna Miguel está coordinando en Unicaja.

Ahí está el fenómeno de los clubes de lectura, ya no exclusivos de las bibliotecas y que se celebran en librerías, cafés, asociaciones...

Y la mayoría de ellos formados por mujeres, las grandes lectoras de hoy, las grandes compradoras de libros y usuarias de biblioteca. Mujeres comprometidas con la literatura de manera activa, que renuncian a otras cosas para generar espacios sin más beneficio que el de seguir tejiendo un paño literario que va arropando a una ciudad. En ocasiones quieren contar con autores y autoras, y para eso necesitan ayudas. No es un gasto, es una inversión que nos hace personas más críticas, más serenas.

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