Abel, el almeriense al que el SAS convirtió en mujer y citó para una revisión ginecológica
La burocracia sanitaria decidió que el joven tenía útero y lo invitó a hacerse una revisión

Abel Pons con la carta del SAS, cual Pilar Rubio frente a la comisaría.
"Estimada señora". Eso es lo primero que leyó Abel Pons al abrir una carta del Servicio Andaluz de Salud (SAS). La burocracia, esa criatura caprichosa, había decidido, de golpe y porrazo, convertirlo en 'Doña' (al menos sobre el papel). Sin café, medio dormido e hipocondríaco de nacimiento, el susodicho se preguntó: ¿por qué demonios le enviaban esa misiva a su nombre?
La epístola seguía así: "En Andalucía hemos puesto en marcha un Programa de Detección Precoz de Cáncer de Cuello de Útero (...) uno de los tipos de cáncer más comunes entre las mujeres". Y seguía: "La ciencia nos dice que realizar revisiones periódicas en mujeres de entre 25 y 65 años permite reducir significativamente el riesgo".
Con legañas aún en los ojos y en pijama, la Junta de Andalucía logró a primera hora de la mañana que Pons dudara incluso de lo que había dado por hecho toda su vida: "Como hipocondríaco que soy, me imaginé 40.000 cosas. Pensé que me habían sacado algo en una analítica y que podía ser grave", relata con cierta ironía. ¿Sería posible que fuera hermafrodita?
No tardó más de un minuto en percatarse de la incongruencia. Lo invitaban a un programa de detección precoz de cáncer de cuello de útero, algo que ya había escuchado antes: "A mis amigas les había llegado también esa misma semana, pero nunca me imaginé que yo correría la misma suerte". Fue entonces cuando la lógica lo llevó a pensar que un error administrativo lo había convertido en mujer.

Carta a nombre de la "estimada Doña Abel".
El origen del error
Cuando el protagonista de este absurdo se mudó a Granada hará unos años, decidió cambiar de médico. Nadie podía imaginar entonces que aquel simple trámite se convertiría en el inicio de un pequeño caos administrativo. Alguien, con un clic torcido y un despiste monumental, decidió marcar "femenino" en su ficha. Es la suposición a la que, entre divertido y resignado, ha llegado Pons: "Ahí ya me la lio", añade encogiéndose de hombros.
Esa metedura de pata ha perdurado durante años en las bases de datos del SAS. Tanto es así, que incluso los sanitarios se ajustaban al guion sin pestañear. Mientras, él solo podía mirar al techo, perplejo, y preguntarse si pensarían que era transexual: "En urgencias me hablaban en femenino y yo no entendía nada".
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Recuerda en especial un día en el que acudió a urgencias acompañado por su madre. El médico no cesaba de referirse a Abel como 'Doña'... hasta que intervino aquella que lo había parido. Sin pelos en la lengua y sin sutilezas, preguntó: "¿Es porque mi hijo es gay o qué?". El joven recuerda la escena entre risas y vergüenza: "Le dije: '¡Mamá, eso no tiene nada que ver! El doctor no sabía dónde meterse. Giró la pantalla de su ordenador y dijo: 'Aquí pone que su hijo es una mujer'", relata.
La consecuencia real
Sincero como nadie, el joven almeriense reconoce que cuando se enteró del error, no hizo nada: "No lo cambié porque me daba pereza ir al consultorio por esa tontería. No pensé que iba a llegar a tanto".
Lo que empezó como un error absurdo y con la rápida decisión de no mover un dedo cobró con la carta del SAS su faceta más seria: al figurar como mujer, Abel podría no recibir las pruebas preventivas que le corresponderían por ser hombre. "Si tuviera algo en la próstata o en los testículos, podría no enterarme", asume, y de pronto la risa se hace más contenida.

Foto de archivo de un trámite sanitario.
Su joven edad le salva por ahora, pero Abel admite que aquí la historia deja de ser graciosa: lo que parecía un desliz burocrático se convierte en un fallo que podría haber tenido consecuencias mucho más importantes de lo que imaginaba. A pesar de todo, Abel no está enfadado. Ante todo, lo vive como una anécdota absurda: "La gente me dice que vaya a ver qué me dicen los administrativos del SAS, pero eso ya es cachondeo".
Tras ser víctima de interminables bromas por parte de sus amigos, Abel ha decidido ponerle fin a su etapa como "Doña Abel". Gracias a su vecina, que trabaja en administración y conoce los entresijos del sistema, todo volverá a su sitio con un par de clics. "Me ha dicho que me lo cambia cuando quiera", afirma Abel, como quien ha sobrevivido a una locura burocrática sin despeinarse. Y así, entre risas y sobres temblorosos, termina esta historia: absurda, surrealista… y, finalmente, arreglada.