Dos tardes con Melville en el Apolo

El próximo 20 de octubre se cumplirán cien años del nacimiento de Jean-Pierre Melville, uno de los autores más influyentes de la historia del cine y padre del polar, el característico género policiaco francés. Para recordar su figura y esta efeméride, el escritor cinematográfico José Francisco Montero (Almería, 1972), autor de la primera monografía en castellano sobre el director, ha coordinado un pequeño ciclo en el que se proyectarán dos de sus más célebres largometrajes.
Las películas se verán en la pantalla del Teatro Apolo de la capital, con entrada libre y en versión original subtitulada: hoy martes 30 de mayo, a las 19.30 horas, será el turno de El silencio de un hombre (Le Samouraï) y mañana 31 de mayo, a las 20.15 horas, de El silencio del mar. A la proyección de esta tarde acudirá Laurent Grousset, sobrino de Melville y presidente de la fundación que lleva su nombre, quien participará en una mesa redonda junto a Montero. La Universidad de Almería colabora en esta actividad. Al día siguiente, enmarcada en la sección Acercamientos del Cineclub Almería, se verá el largometraje con el que el galo comenzó su filmografía.
“Son dos títulos fundamentales en la carrera de Melville y, simultáneamente, no es exagerado decir que hitos importantes en ciertos momentos de la historia del cine. El silencio del mar supuso un referente absolutamente trascendental para los cineastas de la Nouvelle Vague; por sus valores cinematográficos, por supuesto, pero sobre todo por sus modos de producción y por la actitud ante la creación cinematográfica que estos revelaban: sin contar con permisos sindicales, al margen completamente de la industria, de forma clandestina, sin disponer siquiera de los derechos del cuento en que se basa. Como Godard, Truffaut o Rivette, Melville piensa que para rodar solo es necesario pasión y echarse a la calle con una cámara, y lo puso en práctica —no sin muchas dificultades y numerosos incidentes, claro—”, explica Montero.
En esa misma línea se manifiesta Grousset. “Desde niño, mi tío siempre dijo que iba a ser director de cine. Cuando volvió de la guerra en 1945, tras casi siete años (tuvo que hacer dos de servicio militar) y una experiencia personal bastante fuerte, hizo un cortometraje, 24 horas en la vida de un payaso, y luego El silencio del mar. Es una película muy especial, hecha en la total clandestinidad. Era un chico joven, sin un duro, que nunca había pisado un plató de cine ni asistido a un rodaje. No tenía ni idea de cómo se hacía una película pero sí una fantástica memoria: recordaba todas las películas que había visto de joven y durante la guerra. En una semana de permiso, en Londres, llegó a ver 25 películas, cinco por día: decía que si no lo hacía, le faltaba algo”. Y así nació El silencio del mar, adaptación de la novela corta de Vercors, todo un emblema de la Resistencia. “Hizo la película sin tener los derechos: le dijo al autor que iba a hacerla de todos modos y que si el resultado no le gustaba, se comprometía a quemar todos los negativos. Fue un éxito rotundo”.
Por su parte, El silencio de un hombre (Le Samouraï) es el “mejor destilado del personalísimo cine policíaco de Melville, el filme en que su tendencia a la abstracción, tan característica, está llevada más lejos, y una película muy influyente en el policíaco de las siguientes décadas”, apunta Montero sobre el largometraje, también el “más homenajeado” del francés. “El Jef Costello interpretado por Alain Delon [su protagonista, un frío y elegantísimo asesino a sueldo], especialmente, está en muchos policíacos o thrillers contemporáneos. Un personaje inolvidable, y en su momento muy original”.
“Es la más melvilliana de sus obras. Delon dijo que no era una película, que era una obra maestra. Tuvo un éxito internacional enorme”, señala Grousset.
Para el autor de Jean-Pierre Melville. Crónicas de un samurái (Shangrila, 2014) —“de lejos” el mejor trabajo acerca del director escrito en el mundo en palabras de su sobrino—, en la obra del galo aparecen como temas recurrentes “la soledad, la angustia, el silencio, la ritualidad, el fatalismo, la muerte, la lealtad y la traición, la amistad, el duelo (por el mito, por el clasicismo...), los espejos y los espejismos (esto es, también una solapada reflexión sobre las imágenes, sobre el cine...), los años, heroicos y oscuros, de la Resistencia...”.
Con un estilo “personalísimo, inconfundible” y un universo creativo que, “aunque suene a cliché” le pertenece “casi exclusivamente a él”, expone Montero, el estilo de Melville remite al clasicismo, “pero a un clasicismo que se ha vuelto imposible: anhelo de clasicismo, pero praxis absolutamente moderna”.
Referente de la Nouvelle Vague, el gran público puede encontrar sus huellas en obras de cineastas como Quentin Tarantino, Rainer Werner Fassbinder, Takeshi Kitano, Aki Kaurismäki, Jim Jarmusch, Nicolas Winding Refn, Walter Hill, Neil Jordan o Paul Thomas Anderson, entre otros.
Regreso a Almería
Esta actividad en torno a la figura de Jean-Pierre Melville permitirá a Laurent Grousset reencontrarse con Almería, con quien dice tener “una historia de amor”. “La conozco desde que rodaba publicidad por todos los continentes, en los años 80 y 90. Entonces me enamoré de este país. Estar en verano a las cinco de la mañana viendo amanecer en las ramblas de Almería es algo que me emociona cuando lo recuerdo. Fue un lugar muy importante en mi trabajo y estoy feliz de volver”.
Grousset colaboró estrechamente con su tío. “Con él aprendí a amar el cine, la música, el teatro, el circo. Incluso la cocina asiática. Estuvimos muy unidos hasta su muerte”, en el año 1973.
Hoy preside la Jean-Pierre Melville Foundation, creada recientemente en Los Ángeles para “ayudar a jóvenes directores melvillianos de cine negro a montar su primera película”.
El apunte
Cannes, La Habana, Los Ángeles... y Almería
El centenario del nacimiento de Melville se recordará a lo largo de este año con retrospectivas en todo el mundo. “Cada mes habrá dos o tres acontecimientos sobre él en distintos países”, detalla Laurent Groussset.
Cannes, La Habana, Los Ángeles (en la próxima edición de los Óscar) y Valladolid (en la Seminci), por ejemplo, homenajearán al director, una nómina de ciudades a las que ahora se suma Almería. “He de reconocer que me satisface mucho que, con motivo de las actividades del centenario, en algunas de cuales he participado o lo haré en los próximos meses, esté mi ciudad. Está muy bien la especialización en el tema del cine en Almería, pero no nos engañemos: el interés que eso puede suscitar fuera es muy limitado. Mientras no se logre traspasar en Almería el alcance local, suscitar un interés entre los aficionados y estudiosos nacionales, e incluso fuera de España generar también cierta imagen de prestigio y rigor, todo va a seguir siendo muy provinciano, sin que tenga apenas eco fuera de aquí”, asegura José Francisco Montero.
Para ello, reclama un tratamiento del cine “como fenómeno cultural” que sea capaz de “generar una reflexión que pueda interesar a los aficionados, profesionales y estudiosos de otras partes, no solo de Almería, y escapar de las típicas dinámicas provincianas”. “Humildemente, yo no entiendo mi relación con el cine de otra forma y es lo que he tratado de hacer en todos mis libros”, concluye el escritor cinematográfico, autor, por ejemplo, de Paul Thomas Anderson (Akal, 2011), primera monografía en castellano del director de Magnolia y Pozos de ambición; coordinador de A tumba abierta. El cine kamikaze (Macnulti, 2014) y El universo de 2001: una odisea en el espacio (con José A. Planes; Arkadin, 2014) y autor de textos en libros colectivos como Regreso al motel Bates. Un estudio monográfico de Psicosis (Mensajero, 2013) y Las pesadillas de Wes Craven (Arkadin, 2016).