La Voz de Almeria

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El paisaje del almeriense Abraham Lacalle en Sevilla

Devorador de imágenes, es un ojo caníbal, un contenedor insaciable que acumula iconografías

Lacalle ha desarrollado un estilo personal y lo ha llevado hasta su cenit.

Lacalle ha desarrollado un estilo personal y lo ha llevado hasta su cenit.

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Desde el pasado 1 de junio el almeriense Abraham Lacalle expone, en el Centro Andaluz de Arte Contemporáneo (CAAC) de Sevilla, 'Experimentos con el paisaje', una serie de dibujos, acuarelas y óleos pintados a partir del año 2010. Lacalle integrante de la generación de los 80 es un referente de la pintura española actual. Su trayectoria ha sido vertiginosa y muestra de ello son sus últimas exposiciones organizadas por instituciones como el Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM), el Centro de Arte Contemporáneo de Málaga (CAC), o esta del CAAC en Sevilla. En todas, el artista ha mostrado en obras de gran formato un despliegue de maestría y determinación poco frecuente en el panorama artístico contemporáneo. Y es que a su destreza técnica el almeriense incorpora un compromiso personal con la pintura que trasciende el ámbito crematístico del mercado.

Lacalle fue testigo del esplendor que tuvo la pintura en España en la década de los 80 y muy principios de los 90. Un espejismo que duró poco pues el arte quedó destronado en la sociedad que llamamos postmoderna. Despojados del prestigio que tuvieron en otra época, los artistas engrosan las filas de la comunidad sin la función de  demiurgos de la tribu. Arte y  artistas, ha dicho el pintor, son hoy “una llaga que supura”, seguramente porque “el arte ha perdido el privilegio de la belleza”. Pero frente al discurso barthesiano, de “la muerte del artista”, la obra y no el autor, Lacalle ha subrayado en su pintura un individualismo que cuestiona el papel secundario del artista, y reivindica el aura que tuvo siempre la pintura.

Devorador de imágenes, en eso se parece a Picasso, el almeriense es un ojo caníbal, un contenedor insaciable que acumula numerosas y variadas iconografías. La influencia de Matisse, en la manera de estructurar el cuadro y su visión hedonista del arte, es visible en sus obras, como lo son también  las de Philip Guston o de Kooning.  A partir de los años 90 la obra de Lacalle tiene en su manera de fragmentar la realidad, en su colorido de alto voltaje, su visión lúdica e irónica, y su conciencia crítica, un estilo inconfundible. El artista y crítico Pedro G. Romero resaltaba el gesto de pintar como la principal característica de su pintura.

Cuando en 2007 organizamos para el Museo de Almería la exposición colectiva 'Campos de Níjar, morada sin memoria', Gádor Sánchez Barazas, su comisaria, afirmaba en el texto del catálogo: “Lacalle plantea la pintura de un modo fragmentado, una composición en mosaico (deliberadamente parcial o incompleta), una visión de espejo roto con lo que la obra parece construida con indicios, residuos, sedimentos, que se refieren a vivencias y simbolizan cosas de forma simultánea”. Esos cuadros que parecían no tener estructura ni lógica formal representaban la visión de un hombre disgregado. Por aquellos años el pintor creía que “la obra ideal es una galaxia de significantes” y por eso su pintura representaba una realidad inconexa, reflejo de un sujeto bombardeado por miles de imágenes: mass media, publicidad, diseño, etc. Por todo ello su obra se alejaba de la narración clásica con principio y fin, y se  abría a múltiples referencias, a visiones laterales o periféricas que definen la digresión como un rasgo característico de nuestra época y de su pintura.



Para un artista como Lacalle, que ha desarrollado un estilo personal y lo ha llevado hasta su cenit, resultaba obligado, más tarde o más temprano, preguntarse: “Qué cuadro puedo pintar o repintar que esté en consonancia con el mundo… o con mi mundo”. El cambio de estilo que experimenta el almeriense, allá por el año 2013, puede ser un atributo del artista nómada y de su precaria condición, y por supuesto de la férrea voluntad de revindicar la pintura como un lenguaje aún valido para estos tiempos, pero que requiere eso sí reinventarse permanentemente. Frente a la diversidad de lenguajes, reinterpretaciones del ready made duchampiano, neo-objetuales, neo-minimalistas, neo-conceptuales y todos los neos imaginables revindicar el noble oficio de la pintura tiene, desde luego, un algo de romanticismo.

En esta nueva etapa, Lacalle abandona la abstracción para abordar la realidad desde una visión figurada, sin más aliados que el color y el gesto. Un color rabioso, excitado, perturbador, si cabe aún más por inverosímil, y el trazo suelto, con esa libre gestualidad, a la que antes me he referido. Estas obras recuerdan  a ciertos expresionismos, sin renunciar por ello a sus viejos maestros y a guiños y apropiaciones de Manet, del pop de Lichtenstein y del mundo del cómic, y por qué no al espíritu reencarnado de Rousseau, el aduanero, o de Van Gogh. El bosque es el tema elegido para la representación, epítome del paisaje, y los ojos del pintor se miran en él como si fuera un espejo que refleja las contradicciones de esa relación que el hombre mantiene con la naturaleza.

Para Lacalle en el paisaje “hay una ciencia del pensar” y aunque pueda parecer una paradoja, en estas nuevas pinturas apela a los sentidos mediante un virtuosismo que une intuición e inteligencia, a la búsqueda de una mayor legibilidad. El artista escenifica en el paisaje, no solo en los bélicos, el rastro de la violencia y la devastación. Varios de ellos son grandes murales, paisajes escenografiados, casi teatrales por lo dramático y lo efectistas, a pesar de los guiños de humor e ironía que salpican sus composiciones. El paisaje que fue en sus orígenes un hallazgo de los humanistas es en sus manos no idílico o arcádico - el locus amoenus-  y sí  un espacio de reflexión, una metáfora de la deriva que parece engullirnos a todos, y otras veces incluso un espejo de las propias emociones.


'Experimentos con el paisaje', en el Centro de Arte Contemporáneo de Sevilla, muestra la pintura más reciente de este artista, la de su última década. Obras como 'Origen', o 'Mirón', de 2010 y 'Fantasmas y crack', de 2012, pertenecen a su etapa anterior y son una transición, un puente hacia un nuevo estilo que se concreta en cuadros como 'Atocha', de 2014, un espectacular lienzo “selvático y roussoniano”,  o 'Abrasado' y 'Tronco quemado', ambos de 2015, y 'Parrilla', de 2017. Hay además en la exposición algunos lienzos muy almerienses, esas falsas 'Fachadas cinematográficas' de  los poblados del oeste, en Tabernas, réplicas de un mundo ficticio que suplanta al real.


Las huellas almerienses en la obra de Lacalle son fáciles de rastrear, conforman una parte importante de su imaginario. Otras piezas realizadas expresamente para esta exposición son 'Oceánico' y 'Funambulista', que amplían el discurso de diferentes obras incluidas en la muestra como 'Veta negra', 'La piel', 'El cazo' o 'Roble y piedra'.

En fin, el espectador se encontrará ante una magnífica selección de un artista que se consolida como uno de los grandes nombres de la pintura española. Una exposición que bien podría viajar hasta alguno de los museos de su Almería natal, pues lo merece el pintor y lo agradeceríamos muchos almerienses. 

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