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Julio Ruiz, bailaor: "Ante el odio yo bailaba más, he bailado toda mi vida"

Es importante tener referentes, quitarse las etiquetas, seguir jugando y atreverse a ser uno mismo

El bailaor Julio Ruiz.

El bailaor Julio Ruiz.Julián Azcutia

Melanie Lupiáñez
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El cielo azul, el mar azul, Azul como la piel del melocotón mejor dejemos que sea el bailaor Julio Ruiz (Roquetas, 1993) quien hable. Su obra La Familia, que presentará este sábado en el auditorio, promete no dejar indiferente a nadie. Durante su estreno en la Bienal de Madrid agotó las entradas y hubo quien le deseó la muerte porque aquello no era Flamenco. Una historia que se nutrió en París, un cuento de las tres mujeres de La Familia de Ruiz.

Julio, cuando aquel vídeo de La Familia se viralizó y te llovieron críticas, ¿qué sentiste?

Lo vi todo tan absurdo… Eran veinte segundos de vídeo y de pronto parecía que había profanado algo sagrado. Me decían que eso no era flamenco, que le faltaba respeto al flamenco, que merecía la muerte. Me mandaban maldiciones. Lo curioso es que a mí, personalmente, me generó lo contrario: una serenidad extraña. Lo que me dolía era ver a mi gente sufrir. Mis padres, por ejemplo, necesitaban que los tranquilizara. Yo les decía: “Estoy bien, esto también pasa”. Pero claro, ¿cómo se explica que algo tan tonto despierte tanto odio?

Tu espectáculo La Familia habla precisamente de eso: de las mujeres que te preceden. ¿Qué querías que el público sintiera?

Movimiento. Emoción. Me da igual si alguien sale diciendo “ha sido increíble” o “ha sido una mierda”. Lo que no soportaría es la indiferencia. La Familia habla de mi madre, de mi abuela y de tía. De cómo se heredan los silencios, los gestos, las formas de amar. Yo no hablo con ellas, las invoco. Desaparezco para que hablen ellas. Es mi forma de hacer una constelación sin llamarla así.

Tu obra tiene un aire performativo, muy íntimo. ¿De dónde nace ese impulso?

De una limpieza. La pandemia fue un punto de inflexión. Rompí vínculos, relaciones, creencias. Me quedé solo con lo esencial. Ahí apareció la necesidad de contar desde dentro, sin filtros. También conocí a Ernesto Artillo, con quien colaboro desde entonces. Fue como abrir una ventana en mitad del encierro. Entendí que lo que más me interesa no es el virtuosismo, sino el relato. Que el arte sirva para poner nombre a lo que nos pasa.

¿Cómo fue ser el único niño bailaor en Roquetas?

Fui señalado, claro. Me llamaban maricón día sí, día no en el colegio. Pero yo bailaba más. Ante el odio, he bailado toda la vida. Entendí pronto que quienes me insultaban eran criaturas sin referencias, que no sabían lo que veían. En sus casas no existían modelos como yo. Yo tuve suerte: pedía una Barbie y mi padre me la compraba. Pedía un coche, también. Nunca se plantearon nada. Por eso nunca sentí rencor.

Tienes una relación muy fuerte con el color azul. ¿De dónde viene esa obsesión?

De siempre. Desde niño. Un día me di cuenta de que el azul me acompañaba como un espejo. Empecé a preguntarme por qué: y entendí que era por los prejuicios, por lo que uno “debe ser”. El azul ha sido mi manera de cuestionarlo todo: el género, la la familia, la amistad, la sexualidad. Es el color de mis preguntas.

Cuando necesitas respuestas, ¿a qué recurres?

A la escritura, sobre todo. Escribo muchísimo. También a la fotografía, a otras artes. Cada espectáculo nace de un momento vital que necesito traducir en escena. Primero escribo, luego bailo. Con La Familia estuve un año y medio escribiendo. Me empapé de Angélica Liddell, de El Conde de Torrefiel. Cuando lo tuve todo sobre el papel, lo llevé al cuerpo. París fue fundamental para eso.

Hablemos de París has sido el primer bailaor en recibir la beca del Centro Nacional de Danza y la Ciudad Internacional de las Artes. ¿Qué te dio esa ciudad?

Un sueño. Allí la danza es danza. No una excentricidad ni un lujo. Es un lenguaje respetado, protegido. Viví tres meses en la Cité Internationale des Arts, trabajando en el Centro Nacional de la Danza. Veía tres espectáculos por día, visitaba museos, galerías. Me empapé de todo. En España seguimos precarizados, pero allí entendí el nivel que puede tener la danza cuando se valora como lo que es: algo que mueve el alma humana.

¿Y cómo es volver a casa, a Roquetas?

Cada vez más difícil irme. Aquí se vive muy bien. Allí todo es correr, producir, justificarte. Aquí el tiempo tiene otro ritmo. Me duele que no esté mejor comunicada: si pudiera ir y venir rápido, me quedaría más. Pero cada regreso me recuerda de dónde vengo.

Después de todo este camino, si pudieras hablar con el niño que fuiste, ¿qué le dirías?

Que no deje de jugar. Porque al final me he dado cuenta de que todos los artistas lo que buscan el volver a sus raíces a preguntarse: ¿Quién es esta persona?, ¿Qué relación nos une?

¿Y qué queda por hacer?

Seguir. Terminar el ciclo de La Familia, sacar el documental y el libro, cerrar el círculo. Pero sobre todo, seguir preguntándome quién soy, quiénes fueron ellas y qué lugar ocupamos los que bailamos desde la herida.

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