Pescadores en kayak, la libertad de remar en mar abierto al amanecer
Pescadores en kayak, la libertad de remar en mar abierto al amanecer
Cuando a Ariel, o el Mimi, o Pepo, hablan de sus kayaks de pesca, se les ilumina la mirada. En sus vidas, valen más que casi cualquier cosa, más incluso que el mismo acto de pescar. En su día los compraron, pero ya casi no recuerdan cuánto pagaron, pues para ellos representan algo que no tiene precio para sus almas: la libertad.
Remar en el mar, libres de todo, ver amanecer sobre las olas, pescar, también libremente. “En un barco te subes, navegas, luego llegas a puerto, te bajas, y ya está”, dice Ariel. “Aquí no, aquí te mojas, pasas frío, vas como sentado en el agua, tienes que remar... Es totalmente distinto, y por lo tanto, la alegría cuando pescas una pieza es distinta. Y eso es lo que nos gusta. Además de que hacemos ejercicio. A veces nos pegamos dos o tres horas remando, cuando pescamos al curri, que es navegando con una muestra detrás...”.
Los que nunca fallan
Ariel Peña es argentino, de Buenos Aires, pero llegó a Almería en el 2002, y ha hecho de esta su tierra. Y su mar. Allá pescaba, pues siempre le ha gustado, y aquí comenzó como tantos, con la caña en la orilla. Pero no se pescaba mucho, y decidió buscarse un barquito. “Pensaba en una zodiak, algo pequeño, pero vi a varias gentes con los kayak, y me dije: eso es lo mio. Barato, sin gastar en gasolina, seguros, ni nada...”.
Poco a poco fue conociendo al resto de la peña que se dedica a esto en Almería, y con el tiempo, aunque a veces se reúnen hasta veinte personas para salir, ha hecho un grupo fijo con Pepo, Mimi, José y Nicolás. “Hay gente que sólo sale en verano, otros cuando pueden por la familia... Pero estos son los que nunca fallan”, sonríe.
Sus kayaks, además, no son ‘normales’. “Son especiales, adaptados para la pesca”, explica. “Se compran así, tienen sus cañeros, sus tambuchos estancos para llevar cosas, una parte para el ancla, son más estables, auto vaciables, llevan también sus bañeras para poner cosas... Los de travesía son más finos, buscan ser más rápidos. Y también está lo de los precios, los hay desde 300 hasta 2.000 euros”.
La ayuda de la tecnología
Cuando salen a pescar, quedan bien temprano en algún lugar de la costa. “Lo mismo salimos del Zapillo que de Carboneras, donde esté permitido”, dice Ariel. “Nos gusta estar allí desde media hora antes de que amanezca, para preparar todo y salir cuando ya esté clarillo. Entonces remamos hasta el sitio al que queremos ir ese día. Siempre tenemos algunos sitios marcados”.
Porque también se ayudan de la tecnología. Tienen unas sondas que les enseñan el suelo, y GPS. A veces no se dedican sólo a pescar, sino a buscar sitios donde haya buena pesca, y piedras, y cuando enccuentran alguna zona en que les va bien, marcan el punto.
Salen hasta alrededor de una milla y media. No más, pues la ley no está clara, y también por seguridad. Ahora, en invierno, pescan con la técnica del fondeado, pero en verano usan el curri. Lo cierto es que casi siempre vuelven con buenas piezas. “Lo repartimos, le damos a la familia, a los vecinos... Pero cuando pillamos una pieza grande nos juntamos en la casa de alguno y nos lo comemos”, dice Ariel. Eso es lo más importante para ellos, los amigos, la libertad. Remar en mar abierto, vivir.