El protagonismo de los humildes en una crónica histórica de Almería
El profesor Pedro Perales expone en su nuevo libro 64 soplos con los que resucita pasajes y personajes

El profesor Pedro Perales Larios y la portada del libro que acaba de publicar con dibujos de José Antonio Canteras.
Hay quien -con su pluma corrida- hace de un pueblo el centro del firmamento, porque si en una gota de agua está el universo entero, en un pueblo puede estar todo lo que un hombre necesita; Juan Rulfo lo hizo con Comala, Juan Benet con Región, Javier Marías con el Reino de Redonda; y Pedro Perales, el más grande muñidor de la vida y obra del vate Sotomayor, lo hace con Cuevas del Almanzora en un nuevo libro: “Huellas que se desvanecen, crónicas , recuerdos y semblanzas”, editado por Arráez. Un nuevo parto de palabras sobre el cañamazo de la Axarquía almeriense, en el que Perales se ha pertrechado hercúleamente con la colaboración de las ilustraciones del profesor de dibujo José Antonio Canteras y el prologo de Enrique Fernández Bolea, cronista de esa plateada ciudad.
Preside el pórtico de este compendio de saberes populares -algunos transmitidos como por una caracola de las que sonaban cuando se barruntaba la torrentera- el luso Saramago, que le sirve al artífice de esta obra seductora para invocar al imperio de la memoria y a la responsabilidad del ser humano por mantenerla viva frente al olvido que provocan los años y la épocas.
Se trata, lo realizado con su pulso y su ingenio por este autor, de un mester de juglaría sobre los meandros de la historia cuevana, de la pequeña historia cuevana o cuevense o rabota; se trata -lo que se trata- de 64 crónicas etnográficas a imagen y semejanza de Perales: sus obsesiones por el conocimiento de pasajes de su pueblo, por la adivinación completa de lo que apenas se mantiene en su memoria infantil, de lo que relata tras haber atrapado tanto relato de los mayores.
Es la pasión por Cuevas lo que flota en este epítome costumbrista, etnográfico, juglaresco. Y ahí está el creador para no esconder ese delirio por atraer lo que se ha casi perdido por el viento de los años; ahí está el protagonismo de los humildes de Cuevas, que, como su paisano Sotomayor elevó a Caballeros del Campo, él los asciende a hidalgos de sus calles y sus plazas. Está, en Perales, la nostalgia de las cosas que ya no existen, el idealismo del pasado, pero no por el pasado en sí, sino porque fue su tiempo: el tiempo en el que Pedro, hijo de sastre, profesor de literatura, fue infante que voló dragones, fue adolescente que persiguió amores imposibles.
Son estas Huellas que se desvanecen escritos dispersos, a veces aturullados y al tiempo resplandecientes porque el autor denota que los escribió disfrutando, como el que va echándose a la boca los granos de una fresca granada. Es, esta prosa historiada, como leña de distintos árboles que arden en un mismo ISBN. Recoge, este vademecum de anecdotas y singularidades cuevanas, costumbres vigentes aún como esos cascarones inmortales de los carnavales, el día de partir la Vieja; o desaparecidas, como la venta de la leche de cabra a domicilio, las lavanderas del Calvario, los templaores de facas, las encerrás a los viudos, la tétrica velica, las tertulias del Casino; resucita oficios desparecidos como el de los esparteros, los que hacían el yeso, los caleros, los bíblicos alfareros, los talabarteros o sastres de burros, los traperos o los vendedores ambulantes; retrata el halo misterioso de Almagrera, cuando lo era todo, la huella fantasmal de El Arteal, las ferias antiguas, la Judea del Joseico la Antina, el origen de los patanos y rabotes, la leyenda del garum de Villaricos, los chambis de los Castro, los antiguos trovadores como el tío Juan Rita y así un largo etcétera que conviene no perderse, sobre todo si se comparte la pasión por una tierra.