La playa de la tierra abierta
La sociedad de la Almería del siglo XXI hace ya mucho que está aquí

Paseo Marítimo de Almería.
Cada día que pasa confío menos en mi memoria. O, al menos, en la exactitud de los recuerdos que hasta ahora guardaba con absoluta certeza de haber ocurrido dado que, en más de una ocasión, he podido comprobar cómo las que yo creía vivencias personales realmente eran relatos que había escuchado a posteriori y que mi mente había hecho suyos de alguna misteriosa manera.
El caso es que, ocurriera exactamente así o no, en mis recuerdos de la adolescencia está profundamente marcado el momento en el que comencé a sentir que mi familia había dejado atrás el fantasma de la pobreza. Concretamente, fue un lejano verano en un restaurante de la playa de Carboneras, cuando tras la amnistía política los exiliados pudieron regresar a su tierra, momento en el cual mis padres organizaron un macro encuentro en aquel restaurante, con baño de mar incluido, que mis progenitores sufragaron en su totalidad sin pestañear.
Hasta bien poco antes, la tradición familiar en relación a la playa había sido muy distinta y consistía básicamente en que, habitualmente el 18 de julio o el día de San Antonio, una horda de vegueros abandonaba la barriada de Gachas “Colorás” para invadir la playa de la Térmica. Siguiendo las tácticas de los jinetes de Gengis Khan, una avanzadilla compuesta básicamente por hombres jóvenes tomaba posesión del territorio conquistado a primeras horas de la mañana, plantando una serie de chamizos de cañas al que, más o menos a media mañana, se incorporaban mujeres, abuelos, hijos, primos, tíos, amigos de la familia y todo aquel que se hubiera quedado descolgado. Tras una jornada entera de estrecha convivencia, se levantaba el campamento para regresar en masa al barrio.
En este tiempo veraniego en el que, al caer la tarde, me gusta darme un solitario baño nocturno en la Térmica, en ocasiones rememoro con añoranza aquellas invasiones barbaras del espacio marítimo-terrestre que protagonizaba mi familia extensa. Es una imagen que me viene especialmente los fines de semana, cuando veo alegres grupos familiares latinoamericanos que disfrutan de un día de playa, conviviendo varias generaciones bajo un mismo toldo, como nosotros solíamos hacer bajo el chamizo de cañas. Y cada vez que a una familia magrebí en la que hombres y niños disfrutan del agua, mientras muchas mujeres cubiertas de arriba abajo miran desde la arena, no puedo dejar de pensar que pronto aparecerá algún osado u osada que, como mi padre en la playa de Carboneras con su prima Regina recién llegada de Benitagla, meta a aquellas mujeres en el agua del mar de una vez por todas.
A pesar de ello, al mirar a las nuevas familias almerienses en la playa, no puedo dejar de sentir cierta envidia cuando pienso que para poder juntar un par de horas a una familia extensa tradicional en verano, puede ser necesario combinar el horario de llegada de los vuelos de Dublín con el de salida de los de Bruselas, aparte de estar dispuesto a lidiar con las quejas por convocar en un chiringuito playero sin aire acondicionado o porque en la playa de Almería no haya camas balinesas.
Lo que sí me confirman mis breves baños de mar en la Térmica, es que la sociedad de la Almería del siglo XXI hace ya mucho que está aquí, queramos verlo o no. No tengo la menor duda de que se podría haber hecho mejor, pero la verdad desnuda es que ya no somos la sociedad monolítica que decretó Felipe II para esta tierra tras sofocar la rebelión de las Alpujarras. Ahora tenemos que gestionar la diversidad porque, en contra de lo que alguien preconizaba, cuando se cierran los invernaderos y almacenes, no creo que sea ya posible hacer desaparecer a decenas de miles de trabajadores y sus familias hasta la siguiente jornada laboral durante la que los volvamos a necesitar.
Sin duda alguna, el reto no es pequeño. Las experiencias de los países europeos que nos preceden en este tema han sido de todo menos exitosas. Y, para ser sinceros, hay mucho trabajo que hacer por todas partes. Incluso por el lado de los recién llegados, quizás es necesaria pedagogía para que interioricen en algunos casos que los españoles de hoy en día no tenemos nada que ver con el ajusticiamiento de Tupac Amaru II ni con el robo de la plata del Cerro del Potosí. En otros, quizás es necesario que entiendan de una vez por todas que aquí nos ha costado mucho llegar a un estado de derecho pleno, por lo que no es de recibo jugar a dos barajas rechazando en base a motivos religiosos o de costumbres derechos conquistados a costa del sufrimiento de muchas generaciones anteriores.
Sea como fuere, está claro que debemos entendernos. Y, en este sentido, aparte de alguna iniciativa pública que hay que aplaudir porque nunca es tarde si la dicha es buena, quiero saludar como una gran noticia la constitución de una Fundación Comunitaria para trabajar en la búsqueda de soluciones a los asentamientos. Que varias decenas de personas físicas y jurídicas, con una enorme pluralidad social e ideológica, se hayan juramentado para trabajar juntos con el objetivo de que Almería sea una sociedad de respeto para todos los que quieran convivir aquí, para mí es una gran noticia, que contribuye a desterrar el fantasma de que nuestro éxito económico se ha conseguido a costa de un déficit social.
Porque, si los lectores deciden darse un baño en la Térmica este verano, sin duda coincidirán conmigo en que no sabemos como será la sociedad almeriense del futuro, pero lo que si podemos tener claro ya es que será multicultural.