Una miserable indignidad
Me cuesta trabajo creer hasta qué punto de indignidad se puede llegar en una contienda electoral cuando destacados personajes de la vida pública española son capaces de recurrir a acusaciones infundadas, calumniosas y rastreras en la creencia de que así lograrán un puñado de votos que de otra forma no conseguirían.
El ejercicio de la política debe requerir de cuantos compiten con posibilidades de ser representantes de una parte de la sociedad en las instituciones, de un mínimo de honestidad, de rigor intelectual, de sentido común y de respeto a la ciudadanía del que han carecido quienes se han atrevido a acusar de racista a Pedro Sánchez, candidato a la presidencia del Gobierno por el PSOE, por un gesto mecánico, natural y falto de cualquier tipo de intencionalidad, al frotarse ligeramente las manos tras habérselas estrechado a un niño negro.
Pedro Sánchez no es racista. Pedro Sánchez es el líder máximo del Partido Socialista y por eso es el candidato de un partido centenario, serio, comprometido con la defensa de los más débiles y excluidos de la sociedad y defensor a ultranza de la letra y el espíritu del artículo 14 de la Constitución. Artículo en el que los socialistas pusimos un empeño innegociable en que se convirtiera en el foco luminoso e indiscutible que alumbrara todo el texto constitucional.