Hay cosas que cambian y sin embargo…
No ha llegado aún a Almería, aunque llegará, la moda de que empresas reputadas alquilen en Semana Santa un balcón que da a carrera oficial para invitar a sus clientes VIP o simplemente a los agraciados por alguna promoción publicitaria. En la casa, suelen incluir un catering de cierto nivel y contratan a un cantaor o cantaora que deleite a los asistentes con un par de saetas lanzadas a algunos de los pasos que circulan por allí. Sin duda, un síntoma inequívoco de que las cosas están cambiando. Hemos pasado de la necesidad vocacional expresiva como manifestación litúrgica colectiva a la comercialización sofisticada para minorías privilegiadas, pasando antes por el acercamiento a la profesionalización de los concursos de los 80, y la contratación directa de los cantaores por los ayuntamientos para que se cantara a pie de calle, para fingir espontaneidad pero exigiéndole un número de saetas en un tramo específico…
Todo forma parte de la evolución de los formatos de venta, que no del cante flamenco. La saeta sigue siendo por seguirillas o por carcelera, aunque hay quien defiende meter una letra en la melodía del martinete, pero eso no es una saeta. Antiguamente venía el cabrero o el vaquero a vender la leche que volcaba directamente desde un recipiente metálico al cazo de nuestras madres y ahora la leche la compramos empaquetada y tenemos que ir a por ella a las grandes superficies. Todo cambia… sin duda…
Pero hay cosas que permanecen inalterables, aunque cambien los tiempos y las personas. Y esta afirmación tiene su lado amable y también su lado oscuro. Dos ejemplos. Por un lado el grupo Salteños, 35 años funcionando sin altibajos, haciendo música hispanoamericana al máximo nivel, y siendo como formación, el grupo con mejor reputación y más solera de la provincia. Un grupo que durante 35 años se han preocupado solo y exclusivamente de hacer buena música, aunque nunca se han preocupado de venderse. Y ahí están, cerrando su quinto disco en el que siguen apostando por cuidar el más mínimo detalle, haciendo polifonía a cinco voces, e incorporando a sus interpretaciones instrumentos que aprenden a tocar de forma autodidacta porque nadie sabe tocarlos en Almería. Este es el lado amable.
Y por otro lado, la otra cara la tenemos en el tratamiento que dan a la cultura desde el Ayuntamiento de Almeria, que pese a cambiar las personas siguen los mismos procedimientos. Por ejemplo, la proporción de actividades de música clásica patrocinadas por el consistorio frente a las de flamenco es de 7 a 1, aproximadamente; y claro, grupos como Salteños andan a la cola de sus prioridades… Seguimos en la oscuridad… Así es difícil que la cultura popular sea popular.