El baño de Fraga
Desgraciadamente para esta provincia, el suceso de las bombas de Palomares está siempre de actualidad. El ya célebre baño de Manuel Fraga junto al embajador de Estados Unidos, Angier Biddle, en aguas de la playa almeriense de Quitapellejos, cumplió ayer cincuenta años. Ya conocen el clima en que se desenvolvió esta horrible noticia. Plena guerra fría. En una soleada mañana del mes de enero dos aviones militares estadounidenses chocan en el aíre a la altura de Palomares. Los aviones transportan nada menos que cuatro bombas con cabeza nuclear.
No repetiré lo que tantas veces hemos comentado, pero a nadie más que a Estados Unidos interesaba que la noticia no ocupara las primeras páginas de la prensa internacional. España, en cambio, tenia otro interés y era no espantar el turismo de sol y playa, base entonces de nuestra economía junto a las remesas de dinero que enviaban los trabajadores del exilio. El ministro del ramo que era Fraga pensó minimizar el efecto desastroso del terrible suceso haciendo la pantomima del baño, rodeado de fotógrafos y guardias, con el fin de demostrarle al mundo que las aguas almerienses estaban más limpias que en el primer día de la creación. Pero no era verdad. Los periodistas del régimen visitaban la zona. Miraban la claridad del cielo azul sin una nube; se extasiaban con la belleza del mar que parecia un plato de duralex, luego iban a las escuelas para oir cantar a los niños , o tomarse una gambas garrucheras en cualquier bar, y se decian para sí: “¡Qué leche va haber a qui radioactividad!. Eso son mentiras de los enemigos de España” Y sin embargo, sí que la había.. A Madrid iban periódicamente grupos de vecinos a revisarse de posibles efectos del plutonio.
Han tenido que pasar cincuenta años. A finales de 2015 Estados Unidos ha mostrado su voluntad de un acuerdo poniendo por escrito su intención de trasladar a Nevada los residuos de Palomares.. veremos si es verdad. Todo aparece envuelto entre condicionantes y precavidas cláusulas pero algo es algo. Fraga no tenía razón. El mundo no era tan hermoso como daba a entender la propaganda franquista. Y el célebre “meyba” no pasa de ser una pieza más del museo de los horrores.