La Voz de Almeria

Opinión

Septiembre: una tregua en Almería

Aquí, pasado el verano, llega el invierno, como si no existiera la templanza otoñal

Aficionados en la línea de meta del observatorio de el Calar Alto donde terminó el jueves la duodécima etapa de la Vuelta a España 2026. 

Aficionados en la línea de meta del observatorio de el Calar Alto donde terminó el jueves la duodécima etapa de la Vuelta a España 2026. Marian León

Juan Antonio Cortés
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Septiembre. Que es verano y es otoño. Que ni es verano ni es otoño. Así se presenta este mes taciturno y de cambios que, como Gregorio Samsa, de pronto convierte nuestra mente vacacional, nuestros cuerpos acalorados, tan de Terreros o de La Fabriquilla, de tapas con suplemento y largas horas de Tik Tok, en una sospecha que se llevó el tiempo caprichoso: toda una metamorfosis. Pero es verano y se nota. Por ejemplo, en el mar.

 El otro día, una influencer se subía a bordo del barco del Cabo Dreams por donde las calas de Carboneras. Las aguas, a caballo entre el color cielo, el turquesa y el verde azulado, respiran la paz de las transiciones tal que aquella tregua vital de Martín Santomé. Es ahí cuando la mente procesa que se acabaron los días azules y todo empieza a ser de un gris rutina. Quizás, como Santomé, las mentes que se conforman con el tedio, que creen que, pasada la procesión de la Virgen del Mar, se acabó la fiesta, alcancen el cénit del amor y se ilusionen con romper el spleen de Baudelaire, tan almeriense él.

Aquí, pasado el verano, llega el invierno, como si no existiera la templanza otoñal, como si cada día no perdiera sus minutillos de luz con franca resignación: poquito a poco. Que eso es el otoño: una mudanza sin hacer ruido. Eso, una mudanza y no la Nochevieja. Que, para muchos, es el inicio del año y todo curso digno debe empezar ahora. Ahora, lo político. Ahora, las guarderías, los másteres. Hasta empieza el curso pluviométrico. Ahora, los gimnasios, la promesa renovada tras la feria, expectativa truncada antes de que llegue la Virgen del Pilar. Es el mes, que diría Eduardo de Vicente, de las papelerías. Huele a goma nueva y a bloc costoso, solo que ahora ya no se llevan las tapas ochenteras y todo es más cool. Y más caro.

Septiembre, el mes de los divorcios. Así lo dice la serie histórica y los datos del Consejo General del Poder Judicial sobre demandas de disolución matrimonial. Dicen que detrás están las ilusiones no satisfechas en verano, el estar más tiempo juntos, el estrés de no saber qué hacer con la toalla de la playa, las fricciones con los hijos. Vamos, la constatación de que hay cosas que funcionan con la distancia de la vida rutinaria; todo un disfraz que se rompe cuando, al acabar agosto, ese alguien se da cuenta de que no es que no quiera al otro: es que ni lo conoce. 

También lo dice la psicología: septiembre airea aquello que el verano no puede guardarse para sí mismo. Los móviles han acentuado el fenómeno: todos miran hacia la pantalla. Un dedo que se desliza buscando el último vídeo idiota: no hay entendimiento porque el lenguaje es cada vez menos verbal.

Todo arranca de tal modo que parece septiembre un diciembre anticipado con discusiones de cuñados. Y, en realidad, todo es un continuum. Es un revisionismo del tiempo en toda regla. Es un jaqueo del cerebro. Poner en orden la mente, olvidarnos del yo viejo, de eso que fuimos hasta el vino dulce de la feria y que, juramento al viento, nunca volveremos a ser. A esto le llaman algunos psicólogos asociar los hitos temporales a la necesidad de partir de cero. De cero otra vez. Saldar cuentas, contador nuevo. Por eso se llenan los gym en las dos primeras semanas. Le llaman motivación. Por eso y por los tres o cuatro kilos cogidos en el sesteo, tapeo, cachondeo.

Sin embargo, septiembre es un gran mes y es ya casi tan aceptado como julio para pasar las vacaciones. Es el mes de las parejas sin hijos, de las parejas con perros, y el mes de los que vacacionan sin miedo a la tarjeta de crédito. Es el mes de los caldos dulces, que eso son los mostos que salen de la uva soñadora. Días de pisás, de viejos parraleros, de viñedos alpujarreños, de primeros tragos. Días de huellas recuperadas. De senderos por los bosques adormecidos en el tórrido verano y despiertos ahora. De caminantes atados al sueño de la hoja seca que se caerá, de la castaña nueva que se asará, de la seta que saldrá del escondite, del Adviento navideño que llegará a su tiempo y no en el tiempo de los centros comerciales.

Septiembre. Mis queridos machos y sus bramidos. A la caza de la berrea. Bacares, Serón, Gérgal. En el silencio, entre pinos y carrascas, un venado llamará a la hembra en una tarde donde el amor se brama. Entre roncos y autoritarios gritos roncan su eco las montañas filabreñas. Las cornamentas de los venados se miden a ver quién se queda con la hermosa cierva. Este es mi territorio, mi guarida, parecen decir. En la foresta, por donde Las Menas de Serón, hay dos ciervos enamorados y unos cuantos mirones también en celo.

Septiembre. De carreteras por donde no pasa un alma. Del Calar Alto y sus ciclistas quijotescos. De danas que un día fueron gotas frías. De nuestras grandes romerías. Del Saliente, cuya cúpula y sus ábsides son una nueva especie de Capilla Sixtina contemporánea. Allí donde el genio de Olula, el gran Andrés García Ibáñez, ha desplegado su talento in aeternum. De Monteagud, el segundo sábado de septiembre, la romería más vieja y más romántica. Allá en las altas sierras, la Virgen del Cabeza, y en Uleila, la imagen del Santo Cristo de las Penas llorando porque la noria de siempre ya se ha jubilado. Y en Bacares, el Cristo del Bosque con sus más de 250 años de devoción. Claro que luego está Dalías… Y en Dalías la peregrinación de la Luz es una hipérbole de fe en sí misma.

Días de fe, de promesas hechas, de silencios rotos, de flechazos y hachazos, de dietas de dos semanas, de mancuernas y pilates, de lluvias que ahogan las ramblas mustias, de madrugones y siestas secuestradas, de aparcar en doble fila, de llantos en las escuelas, de catequesis, de columpios que renacen, de tarjetas de crédito para pagar la broma del volver. Septiembre: la tregua.

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