La Voz de Almeria

Tal como éramos

Septiembre, el mes de las papelerías

Comprar los lápices, los libros y las libretas era una pequeña ilusión que nos hacía más llevadera la vuelta al colegio

En los años 70 Almería estaba llena de papelerías. En la foto, la puerta de la librería-papelería Avenida, situada entre la Puerta de Purchena y el Paseo.

En los años 70 Almería estaba llena de papelerías. En la foto, la puerta de la librería-papelería Avenida, situada entre la Puerta de Purchena y el Paseo.

Eduardo de Vicente
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Septiembre nos devolvía el orden natural de la vida y nos organizaba los cajones después de la anarquía del verano. La libertad de las vacaciones se quedaba en un recuerdo con la llegada del mes de septiembre y el comienzo no solo de un nuevo curso, sino de una nueva etapa en tu vida. Nos contaban que los años oficiales comenzaban en enero, pero no tardábamos en descubrir que el gran cambio se producía siempre en septiembre, cuando inaugurábamos un nuevo curso, cuando realmente sentíamos que habíamos cambiado.

Septiembre nos traía un poso de tristeza difícil de superar; nos costaba trabajo digerir que después de dos meses de vacaciones podíamos volver a ser felices regresando a la rutina de las obligaciones. Pero no tardábamos en recuperarnos del golpe y una vez que asumíamos nuestro destino, procurábamos exprimir los momentos felices que tenía el final del verano. Aún podíamos volver a la playa los domingos y quedarnos a jugar en la calle hasta que oscureciera si al día siguiente no teníamos colegio.

El comienzo del curso traía debajo del brazo la ilusión de reencontrarnos con los amigos de clase que habíamos dejado atrás y disfrutar de ese ritual que se repetía cada mes de septiembre cuando íbamos a las papelerías en busca del material escolar. Comprar los lápices, la caja de rotuladores, las libretas y los libros nos hacía más llevadero el camino y nos regalaba momentos de felicidad, como aquellos instantes en los que íbamos forrando los libros para que nos duraran toda la vida.

Septiembre era el mes de las papelerías, que estaban esperando ese momento todos los años para triplicar sus ganancias y poder recuperarse después de esa travesía del desierto que suponía el verano.

Las papelerías eran tan emotivas como las tiendas de juguetes. Estaban cargadas de una atmósfera mágica: el olor de los libros nuevos se mezclaba con el perfume a madera de los lápices; la invitación a la aventura de aquellas bolas terrestres que nos ponían al alcance de la mano océanos y montañas; la belleza de las cajas de acuarelas, que traían en la tapa espléndidos paisajes; la majestuosidad de los estuches de madera de dos pisos, que en los ratos de aburrimiento en la escuela, los niños convertíamos en improvisados buques de guerra; la ilusión de poder tener una goma con olor a nata o uno de aquellos lápices que traían de reclamo la cabeza de goma del ratón Mickey o del pato Donald.

Miras atrás y ya todo es memoria. La mayoría de las viejas papelerías que formaron parte de nuestra infancia fueron sucumbiendo al paso del tiempo y hoy solo son un recuerdo. De algunas de ellas se mantienen todavía en pie los edificios, como es el caso de la papelería de Santo Domingo, que encima de la puerta aún mantiene el viejo letrero escrito a mano con el nombre del negocio. De su historia se sabe que ya estaba funcionando en 1945 y que durante décadas fue referencia de varias generaciones de niños y niñas del barrio y del colegio del Milagro.

Atrás, en la memoria, han quedado otros nombres históricos de papelerías: la Guía, en la calle Lope de Vega; la de Moreno, en la calle de Granada; la Avenida en Tenor Iribarne; y las que estaban situadas en el Paseo: la papelería España, Lacoste y la recordaba papelería Goya de doña Marina Granados, que ocupó el local de la antigua papelería Moya, en la esquina con la calle Concepción Arenal.

De los nombres antiguos una de los pocos negocios que han resistido ha sido la papelería Valero, que sigue abierta en la calle de Gravina. La fundaron los hermanos Valero Moreno en los años treinta y ha sabido conservar ese sabor a papelería de toda la vida que nos hace recordar aquellas tardes de la infancia cuando entrábamos en una papelería con la ilusión a flor de piel buscando el papel de los belenes, la tinta china, la caja de roturadores Carioca o los lápices Alpino con los que hicimos nuestros primeros dibujos.

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