Un Taconeo de Carboneras que vale más que Messi
Se llama Nicolás, como su padre, su abuelo y su bisabuelo; y ha botado un nuevo barco, en estos tiempo de desguaces, con cura, agua bendita y un manojo de romero

El párroco de Carboneras bautizando el Nuevo Nicolás Isabel, con el patrón enfrente con su hijo en brazos.
Se llama Nicolás, como su padre, como su abuelo, como su bisabuelo y como su primogénito de 16 años; quizá también como su nieto y como el hijo de su nieto, todo es esperar; se llama Nicolás y tiene 44 años, esa edad en la que uno no sabe si lo ha hecho ya todo o está todo por hacer. Este Nicolás es pescador, palangrero, jabegote de Carboneras y es como un león marino, como un Leónidas en las Termópilas de Cabo de Palos. Nicolás García, el Taconeo, ha culminado hace unos días la epopeya de botar un barco en una época en la que se han desguazado más de veinte en el mediterráneo andaluz en una década: ya nadie quiere ser pescador, aunque todos queremos comer pescado. Y si es barato mejor.
En Carboneras, su pueblo, el ‘pueblo’, el último armador que bautizó con una botella de vino blanco un palangrero, el Isla de San Andres, era un pipiolo y ahora peina más canas de las que quisiera. Gracias a Nicolás, el domingo pasado, bajo el sol carbonero y el cielo limpio de julio, el agua bendita volvió a ese Puerto que inauguró el Emérito hace ahora 35 años; allí, con un hisopo, la derramó el cura con una cazuelita, con su alzacuellos reglamentario y un manojo de romero en la mano, con un gesto de emoción, como si estuviera inaugurando una fábrica de coches, con el patrón enfrente sosteniendo en brazos a su hijito pequeño. El, Nicolás el Taconeo, quizá no sea consciente del todo, pero ese gesto de echarse adelante y encargar un nuevo barco tiene más heroicidad que la remontada de Messi; es un barco, un nuevo barco, y no es poco, para Carboneras y para la provincia: un grano hace granero; es un barco, un marrajero nuevo, que se llamará, que se llama ya, Nuevo Nicolás Isabel. Antes, la familia Taconea, empezando por el patriarca Nicolás García Ruiz, lobo de mar desde 1911, tuvo el Taconeo y después calafatearon el Serafín Quero, el Josán y Nicolás e Isabel y el García Rodríguez, barcos donde brillaban los bíceps de los marineros carboneros en la cubierta arriando las jarcias por esos mares de Dios para capturar el botín del atún y del pez espada.
Ha hecho un milagro este Nicolás, aún con el pelo juvenil como se ve en la imagen captada por la cámara de Gloria Fotógrafos, aunque él no lo sepa del todo: ha construido un barco de fibra, un barco palangrero, diseñado con el rotring de Antonio López, de Loha, un astillero que sobrevive en el último rincón del Puerto de Almería. Carboneras está de fiesta, debe estar de fiesta, casi como si fuera San Antonio Bendito. Mientras haya muchachos como Nicolás, el oficio no se pierde, el oficio más entrañable, más genuino de Carboneras, no se extingue. Mientras haya un solo carbonero como Nicolás el Taconeo, no morirá el palangre en ese Muelle milenario.
Pronto, en quince días, cuando termine con el papeleo que lo abrasa, Nicolás, con la tripulación, soltará las amarras del Nuevo Nicolás Isabel y pondrá rumbo a Cabo de Palos, a por el pez espada, después de más de un año en el dique seco, como los vikingos noruegos iban a por el bacalao; y después pondrá proa al Atlántico, cerca de la Isla e Madeira, mirando el horizonte, con la brisa marina salándole la cara y aferrándose al timón, al timón de un pescador carbonero, como hicieron antes su padre, su abuelo y su bisabuelo Taconeo.