Oficio de fe: En Almería hay 63.000 equilibristas sin red
Electricistas, zapateros, camioneros, cantantes, fotógrafos, mecánicos, gestores, fontaneros, taxistas, administradores de fincas, etcétera, etcétera

Un panadero de Almería metiendo barras en el horno.
En la provincia hay más de 63.000 almerienses que cada mañana despiertan antes que las calles, no porque el mundo los necesite antes, sino porque el tiempo para ellos es un animal hambriento. Viven un calendario sin festivos reales donde los domingos son una promesa frágil y las vacaciones un rumor lejano. Ser autónomo almeriense -o burgalés- es caminar sobre una cuerda floja tendida entre la ilusión y el miedo; la ilusión de elegir, de crear, de no depender de un jefe visible; el miedo a no llegar a fin de mes, a enfermar, a que un cliente desaparezca sin previo aviso. No hay red debajo, solo el orgullo de mantenerse en pie. La burocracia se convierte en un laberinto cotidiano, a veces se sienten más gestores que creadores y el éxito y el fracaso se celebran o se lloran en silencio. En cada proyecto hay una pequeña victoria, porque la libertad, aunque costosa, sabe distinta, negociando con el miedo y conviviendo con la incertidumbre. Detrás de cada factura hay una historia y el insomnio para el autónomo es una extensión del horario laboral.
El autónomo rellena papeles, casillas y porcentajes como quien reza. A veces siente que trabaja más para justificar que trabaja que para trabajar de verdad y hay una dignidad silenciosa en sacar adelante lo propio. No pide medallas, ni que le llamen emprendedor para maquillar la precariedad; pide algo más modesto: las reglas claras.
El autónomo almeriense no ficha, se encomienda; no tiene jefe, pero tiene muchos amos: el reloj, el banco, el trimestre, el recibo que llega sin saludar. Vive en esa frontera difusa donde el trabajo no empieza ni acaba, simplemente acompaña, como una sombra fiel. El autónomo almeriense es ese vecino que siempre está ‘liao’. Hay una épica silenciosa en su rutina, porque si no cree en lo que hace, quién va a creer. La administración lo mira con lupa, en un sistema que parece diseñado por alguien que jamás tuvo que elegir entre pagar impuestos o arreglar una furgoneta. El autónomo (casi) siempre cumple, porque sabe que incumplir sale más caro.
Y, sin embargo, ahí sigue: abriendo la persiana como quien enciende una vela, con esa dignidad antigua de ganarse el pan con lo propio. Al final del día apaga el ordenador con la sensación de no haber terminado nunca y de que mañana será otro lunes, aunque sea sábado.
En estos días de aguacero que se está pensando tanto en la revaloración de las pensiones de los jubilados, en el escudo social para los inquilinos, en ayudas para los agricultores o los pescadores para las empresas energéticas o de transportes; ahora que se ayuda con los bonos sociales, con los bonos culturales etcétera, etcétera, los autónomos almerienses siguen -como siempre- a la intemperie y sin red. Y Almería los necesita más que en otras provincias: Roquetas, Vícar y Níjar, viajan a la cabeza de Andalucía en número de autónomos, con un porcentaje que supera el 25% del total de afiliados a la Seguridad Social. Comerciantes, taxistas, hosteleros, vendedores ambulantes, fontaneros, electricistas, gestores, asesores, comunicadores, modistas, terapeutas, zapateros, fruteros, jardineros, camioneros, cantantes, fotógrafos, mecánicos, administradores de fincas y todos los equilibristas del RETA, son los que sostienen también sobre sus hombros esta provincia, que es algo más que playa e invernadero.